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Asociación Cultural Septem Nostra
Ceuta, 17 de marzo de 2007
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La planificación territorial de Ceuta
Septem Nostra
El desarrollo ordenado de la región constituye la tarea de la planificación territorial. Para unos la planificación implica la coordinación de las actividades humanas en el tiempo y el espacio sobre la base de hechos conocidos respecto al lugar, al trabajo y a la gente. Implica la modificación y la nueva ubicación de varios elementos en el ambiente total con el fin de aprovechar sus servicios en beneficio de la comunidad, y requiere asimismo la construcción de estructuras apropiadas (viviendas, infraestructuras y dotaciones básicas, espacios libres,…) para fomentar las actividades de la comunidad y ayudar a llevar a cabo, en forma ordenada y oportuna, todas sus funciones. Para otros, un plan es un pretexto para evitar las realidades de la vida y las responsabilidades de la acción. Para ellos un plan es un proyecto puramente ficticio, una serie de proposiciones expresadas gráficamente sobre el papel, que sirven como sustituto de la realidad. En contraste, la planificación auténtica no es una tentativa arbitraria para desplazar la realidad, sino para comprenderla; se apodera de todos los elementos necesarios que establecen la armonía entre los propósitos humanos y los hechos geográficos.
Según el Prof. Manuel Saravia Madrigal, hay planes útiles, inútiles, perversos o estúpidos. En sus palabras, los planes “son tantos y tan diversos como los distintos grupos que los formulan, proponen, redactan o hacen uso de ellos…El planeamiento, como cualquier instrumento, vale o no vale según el uso que se le dé”. En principio, dentro de los planes que podemos calificar de útiles se incluirían los planes generales de ordenación urbana al ser el instrumento que mejor resume las aspiraciones básicas de la práctica urbanística, entendida ésta como la intervención pública en la ordenación de la ciudad, a fin de alcanzar su uso eficiente y equitativo de ella. Nuestro vigente Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) podría considerarse, cuando fue aprobado en el año 1992, una plan útil con unos objetivos claros y necesarios: eliminación de la infravivienda, protección del patrimonio edificado, potenciación del desarrollo comercial e industrial, lograr viviendas dignas para todos los ciudadanos, reequipamiento de la ciudad, organización del crecimiento y la defensa de los grandes espacios abiertos mediante protecciones de tipo ecológico, de litoral, etc., habida cuenta de la escasez de espacio libre. Unos propósitos que se traducían en una determinada clasificación del suelo, una normativa específica y un programa de actuación en el que se contemplaba la dotación de equipamientos interiores y exteriores; el desarrollo de sistemas generales de infraestructuras, transportes, comunicaciones espacios libres; y la implementación de acciones de planeamiento (planes parciales, especiales, estudios de detalle, etc… ). El equipo encargado de la revisión del vigente PGOU ha concluido en su análisis que el nivel de cumplimiento de su contenido ha sido bajo (aprox. el 35 %). Se ha avanzado en los sistemas generales relacionados con la red viaria, en contraste con los relativos a servicios urbanos esenciales como el saneamiento o la gestión de los residuos urbanos. Por el contrario, no se ha hecho absolutamente nada en el apartado de dotación de parques urbanos y la ordenación de los espacios naturales de interés. El escaso desarrollo de las actuaciones contempladas en el PGOU contrasta con el elevado número de modificaciones puntuales e intervenciones no previstas, ya sea mediante planes especiales o estudios de detalle, que han sido interpretados por los redactores del futuro PGOU como indicadores de “problemas de gestión”. Con los datos aportados cabría preguntarse qué sentido tiene hacer el esfuerzo de redactar un PGOU, con las dificultades técnicas que entraña y los elevados costos económicos que generan, para burlar su contenido mediante su raquítica puesta en marcha y la permanente improvisación con actuaciones urbanísticas inicialmente no previstas tan aberrantes como la modificación de la edificabilidad en el Sarchal para la construcción de esas torres premiadas o la construcción de un hotel en la cala del Desnarigado. Una forma legal de corrupción urbanística que no ha conseguido alcanzar ninguno de los objetivos del PGOU, sino más bien acrecentar los problemas detectados en el año 1992. Después de quince años de PGOU tenemos más infraviviendas que nunca y repartidas por toda la ciudad: reina el caos urbanísticos; la situación económica es de crisis permanente; la demanda de viviendas sigue creciendo y cada día resulta más inasequible; el crecimiento urbano sigue un modelo ilimitado, sin considerar la carga de sistema; el patrimonio arquitectónico ha mermado considerablemente debido a la presión urbanística en el centro de la ciudad; y no se ha hecho nada en la defensa de nuestros recursos naturales y patrimoniales desde el punto de vista urbanístico. En definitiva, un plan urbanístico a priori útil que en manos de quienes han tenido la responsabilidad de su ejecución y seguimiento se ha convertido en una herramienta inútil, cuando no perversa o estúpida. La colección de planes que ha seguido este proceso de degeneración, por inanición o deformación, es amplísimo. En el recuerdo, en un cajón o simplemente extraviados, han quedado planes de los que ya nadie se acuerda, ni siquiera quienes fueron sus promotores. Un listado que incluye el Plan Estratégico de Ceuta, el Plan Estratégico de Desarrollo Turístico o buena parte del Plan de Infraestructuras. Todo en nuestra ciudad está bajo la ley de la improvisación, la propaganda y el rédito político inmediato. Así nos va.
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