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Asociación Cultural Septem Nostra
Ceuta, 4 de febrero de 2006
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Miedo a opinar
Septem Nostra
Recientes acontecimientos vividos en nuestra ciudad nos han llevado a reflexionar sobre la apatía y la indiferencia que demuestra la mayor parte de los ceutíes ante asuntos que hubieran requerido una decidida implicación ciudadana. No queremos desaprovechar la apertura de este diálogo abierto sin analizar los mecanismos de control que ha ido desarrollando el poder para controlar la opinión y la actitud de los ciudadanos, sirviéndose, principalmente, de los medios de comunicación. La reacción de los ciudadanos ante la opinión que emana de los medios de comunicación, controlados por los intereses de los políticos y del capital, conviene analizarla pues su manifestación más evidente es la autocensura y el miedo. La profesora burgalesa Bernal Santa Olalla, conocida “activista” de la defensa del patrimonio cultural, ha manifestado, en un reciente artículo publicado en el Boletín de la Asociación Ben Baso que “estamos en un momento en que los medios de comunicación actúan sobre los ciudadanos imponiendo una propensión hacia el conformismo mayoritario, hacia la apatía y la indiferencia ante los asuntos públicos”. No queremos con esto lanzar una crítica generalizada contra quienes ejercen el periodismo. La mayoría de los periodistas son las primeras victimas de la manipulación informativa, aunque hay también quienes no tienen la más mínima ética profesional para poner su firma o voz al servicio del mejor postor, juegan en sus informaciones con la ambigüedad o les cuesta desprenderse de sus prejuicios personales cuando su objetivo debería ser transmitir una información veraz e independiente.
Los ciudadanos nos asomamos todas las mañanas a las portadas de los medios de comunicación ansiosos de conocer las opiniones y noticias que atañen a nuestra ciudad. Mediante la lectura del contenido de los periódicos, lo que escuchamos en la radio o vemos en la televisión se crea un clima de opinión sobre ciertos asuntos que no suelen coincidir con la opinión de algunos ciudadanos. Este sector llamémoslo “crítico”, no necesariamente integrado por las mismas personas o colectivos, se mantiene en silencio por miedo o hipocresía. Sus comentarios los reservan para círculos más íntimos o personales en los que se sienten a salvo del precio que les espera a quienes se atreven a romper el pacto de silencio: descrédito profesional, ataques al prestigio personal, pérdida de la fama y, en definitiva, miedo al aislamiento social. Como comentaba Georges Clemenceau, manejar el silencio es más difícil que manejar la palabra. Y en Ceuta, como en el resto de la sociedad occidental, los detentadores del poder se han hecho expertos en provocar la autocensura, el silencio y el miedo, con el único fin de mantener su supremacía y alcanzar sus objetivos. Como bien ha indicado la profesora Bernal Santa Olalla, “el temor y el clima de opinión de miedo extiende sus efectos no sólo entre los ciudadanos sino también entre los poderes públicos, el poder empresarial, la iglesia, la clase política, los llamados intelectuales e incluso entre los periodistas...Y este clima de mutuo temor generalizado que todos manifiestan ante la opinión pública es el factor responsable del poder que se le atribuye. Ésta es la verdadera fuerza de los ciudadanos”. En este contexto de miedo generalizado a la opinión pública se entienden los ataques y represalias que en determinados momentos recibimos como colectivo ciudadano por nuestra posición crítica y comprometida ante aquellas actuaciones que constituyen un atentado contra el patrimonio cultural y natural de Ceuta. Las críticas responden a una clara estrategia de desmotivar a los “disidentes” y al mismo tiempo hacer ver al resto de los ciudadanos las consecuencias de mantener posturas contrarias a los intereses de algunas instituciones, grupos políticos o sectores económicos. El mecanismo más socorrido consiste, como ya hemos indicado, en crear dudas sobre la honestidad, la integridad personal y los verdaderos intereses de las personas dispuestas a dar la cara por algo en lo que realmente creen, tanto como para arriesgarse a ser públicamente vilipendiados. Cuando no conviene que los ciudadanos tomen una opinión real de determinadas cuestiones de especial relevancia es cuando se pone en marcha el ventilador de las infamias, las calumnias y las descalificaciones personales. Son en estos momentos cuando se precisa de los medios de comunicación una información veraz, contrastada e independiente para aclarar la realidad y disolver la espesa niebla que rodea a los ciudadanos ansiosos de adoptar una postura personal. Sin embargo, algunos medios de comunicación, queremos pensar que de modo inconsciente, ayudados por opiniones nada inocentes, han pretendido convertir errores en virtudes y a las personas que han denunciado este tipo de actuaciones en los responsables de sus consecuencias, dejando a los verdaderos causantes de estos dislates libres de cualquier responsabilidad. Los ciudadanos de Ceuta, con nuestra apatía y falta de implicación, somos los principales responsables del estado actual de nuestra ciudad. Vivimos cómodamente instalados en la defensa de nuestra pequeña esfera personal, ignorando todo lo que sucede a nuestro alrededor. No obstante, no todos tenemos el mismo grado de responsabilidad en lo que sucede en nuestra ciudad. Quienes por su formación o capacidad intelectual podrían hacer cambiar las cosas se conforman con guardar un silencio cómplice, tal y como ha denunciado Samarago en su crítica a la falta de compromiso generalizado de los intelectuales. Sin este silencio el poder no podría operar con la libertad que lo hace actualmente. Para nuestra desgracia, algunas personas o instituciones no se conforman con su silencio y cobardía, sino que se implican activamente en todo lo contrario de lo que se debería esperar de ellos. No sólo callan, además critican y combaten a quienes no tenemos miedo a hacerlo. Su crítica, reflejo de su falta de valentía, no la hacen abiertamente. Se sirven de la propagación del rumor y la mentira o de algunos ingenuos a los que calientan para utilizarlos como arriates en contra nuestra. Sienten miedo, mucho miedo de perder su cuota de influencia; de que se descubra su falta de iniciativa; de verse forzados a tomar postura, aunque sólo sea ante su circulo personal; de encontrar obstáculos en su ascensos profesionales o de librarse de posibles competidores. Para ello no dudan un instante en entregarse a los brazos de la clase dirigente facilitando todo tipo de informes con los que salir airosos de situaciones comprometidas a los que se pueden ver sometidos por el ejercicio de la acción pública. A cambio reciben promociones personales o profesionales, además de ganarse el favor de los grupos de poder. Aquellos que nos acusan de beneficiarnos de nuestra palabra harían bien en estudiar los réditos que obtienen los que se sirven del silencio. Vivimos en una ciudad pequeña, por lo que todos nos conocemos, aunque sea de referencia. Queramos o no sabemos la trayectoria personal de muchos de nuestros vecinos. En un ambiente social tan limitado no es extraño que surjan rencillas personales, fundamentadas muchas veces en la envidia. La manera de afrontar las discrepancias personales son variadas, dependiendo de la educación recibida y de los valores personales de los implicados. Hay quienes nos educamos en la idea de que la mejor manera de afrontar un problema con otra persona era cara a cara, con las cartas sobre la mesa. Otros, por el contrario, han hecho de la difamación y la promulgación del rumor su tarjeta de visita. Claro que para lo primero hay que tener suficiente valentía y la conciencia tranquila, circunstancias de las que no todos pueden presumir.
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