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Asociación Cultural Septem Nostra
Ceuta, 17 de diciembre de 2005
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Los actores de las intervenciones en el patrimonio cultural
Septem Nostra
El título de este artículo poco tiene que ver con la idea a la que solemos asociar el término actor. No vamos a tratar ninguna obra teatral vinculada con el patrimonio cultural, aunque bien es cierto que el teatro también forma parte de nuestro acerbo patrimonial. Nuestra intención es simplemente hacer una serie de reflexiones en torno a los distintos profesionales que habitualmente intervienen en la conservación y restauración de los bienes culturales. Todos los documentos internacionales relacionados con la tutela del patrimonio cultural insisten en la necesidad de constituir equipos multidisciplinares para las actuaciones de restauración en elementos de valor cultural. En la teoría todos coinciden en esta idea, pero la realidad es muy distinta: las intervenciones sobre el patrimonio cultural, sobre todo el arquitectónico, están monopolizadas por los arquitectos. La prepotencia y soberbia que distingue a muchos arquitectos, rodeados de una aureola de divinidad que adquieren en las escuelas superiores de arquitectura, son la peor receta que puede aplicarse a un monumento necesitado de cuidados. No queremos con esto desmerecer el trabajo de los arquitectos, profesión que goza de un merecido reconocimiento social, sino denunciar la práctica demasiado habitual de los arquitectos de despreciar los conocimientos de otros profesionales, caso de los arqueólogos o historiadores, a la hora de planificar las actuaciones de restauración arquitectónica. Un desprecio a los otros actores del patrimonio que tiene todavía menos justificación, cuando se da la circunstancia que el arquitecto al que le encargan una obra de restauración no tiene una formación específica sobre los criterios y técnicas de intervención patrimonial, algo que sucede con demasiada frecuencia en nuestro país, circunstancia a la que no es ajena la propia Ceuta. Para que nadie pueda pensar que existe una animadversión personal contra los arquitectos, vamos a hacernos eco de los comentarios que han hecho algunos reputados arquitectos restauradores sobre la cuestión que estamos analizando. El Prof. Antonio Fernández Alba, catedrático de Proyectos de la Escuela de Arquitectura de Madrid, ha manifestado que “los mayores destrozos vienen por dejar en mano del arquitecto la solución de todos los problemas, siendo en muchos casos un auténtico ignorante. Conoce su materia, pero hay otros temas que desconoce por completo. A este respecto, la llegada del historiador ha resuelto muchos problemas, aunque obstaculiza el proceso de un buen diseño”. Ampliando esta idea, el Prof. Antonio Mas-Guindal Lafarga, que ostentó el cargo de Subdirector General de Monumentos del Ministerio de Cultura, no ha tenido el más mínimo reparo en entonar un mea culpa contra su propio colectivo que se considera con el dominio de la restauración. Desde su experiencia docente relata que “la propia enseñanza de la arquitectura se sigue dando como el arquitecto haciendo el papel de director de una gran orquesta que acaba creyéndoselo, pero cuanto termina su formación aparece en un medio social en donde faltan los músicos, en muchos casos hasta la partitura, o no se la sabe. El problema de la impericia es el peor de todos. A ningún escritor, por afamado que fuera, se le ocurriría añadir unos versos al Quijote. Sin embargo, los arquitectos actuamos impunemente en los edificios. Criticamos brutalmente a nuestras generaciones anteriores, los ponemos de ineptos para abajo con una facilidad enorme. Pero somos los últimos, por lo que tenemos una ventaja sobre los anteriores”. En su opinión, los arquitectos restauradores “somos testigos, compañeros de viaje del monumento en una pequeña parte de sus historia, por eso nuestras huellas tienen que ser sumamente respetuosas. El arquitecto al lado del edificio tiene que ser un compañero de viaje, un médico de cabecera. Las actuaciones de mantenimiento son de escasa cuantía económica. Lo peor que puede haber es un arquitecto con mucho presupuesto”. Las reflexiones que he reproducido de los arquitectos Antonio Fernández Alba y Antonio Mas-Guindal Lafarga, provienen de la conferencia que ambos ofrecieron dentro de ciclo de conferencias sobre la sobreexplotación del patrimonio cultural organizadas por la asociación Hispania Nostra, que se pueden ver a través de la página web de esta entidad. En el debate que siguió a la conferencia titulada “la sobreexplotación en la rehabilitación y uso de los monumentos”, se abrió un turno de debate del que queremos extraer la reflexión de uno de los asistentes: “Cuando un arquitecto interviene en un edificio y se plantea quedar un poco más alto que el arquitecto que ha hecho ese edificio, ese arquitecto no sirve. Cuando en un edificio se interviene y lo que se hace de nuevo se ve más que lo que es histórico, esa intervención no es buena. Cuando un cambio de uso hace olvidar por completo el uso original, ese cambio de uso no es bueno...Es un error creer que un arquitecto por el hecho de ser arquitecto puede intervenir en el patrimonio; es el mismo error que pensar que el médico por el simple hecho de ser médico, se empeñe en que puede ser dentista”. Desde nuestro punto de vista, lo expresado por este anónimo participante, desconocido al menos para nosotros, describe con absoluta claridad los errores más comunes de los arquitectos cuando se enfrentan a la restauración de un inmueble histórico. Siguiendo el símil de la medicina, los médicos cuentan con un protocolo de actuación que comienza con el estudio y diagnóstico del paciente, igualmente necesario cuando, en vez de tratar con personas, debemos intervenir en un bien cultural. Este diagnóstico tiene que ser redactado por técnicos especializados, acompañado del estudio de un historiador, encargado de hacer el particular historial “clínico” del edificio a restaurar. Una vez diagnosticado los males que afectan al inmueble es el momento de la actuación propiamente dicha, bajo la supervisión del particular equipo de “cirugía” (arqueólogos, restauradores, arquitectos, etc…). El resultado de la intervención no puede ser otro que la rehabilitación del edificio respetando su fisonomía interna y externa. No hacerlo sería tanto como que un paciente operado de apendicitis despertarse de la anestesia habiéndole extirpado un pulmón y encima le hubieran efectuado una operación de cirugía estética sin requerirla. Y es que jugar a ser arquitecto restaurador sin serlo es tan peligroso como dejar a un médico de cabecera practicar una operación de neurocirugía. A modo de ejemplo, y llevando los razonamiento antes expuestos al caso de Ceuta, no parece razonable que un inmueble del valor arquitectónico del fuerte de Piniés, localizado en la famosa Curva de la Viuda, le quitaran su “piel” (el revoco exterior) para dejarlo desde entonces a merced de los agentes metereológicos o que a nuestros queridos baños árabes le hayan implantado unas sombrillas cristalinas sobre unos extraños “forúnculos” que le han surgido en su cubierta. Por no hablar de la extirpación de todos los “órganos” al conocido Ángulo de San Pablo para colocar en su interior una composición arquitectónica abstracta. Otros inmuebles con diagnósticos críticos, situación que sufre el fuerte de Aranguren, afectado por una falla geológica, esperan resignados a que la administración se acuerde de ellos antes de que entren en fase terminal.
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