Asociación Cultural Septem Nostra
Ceuta, 24 de enero de 2005
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Pérdidas irreparables de nuestro patrimonio
Septem Nostra
Varios han sido los artículos sobre los desmanes que sufre nuestra ciudad como consecuencia de una serie de intervenciones desafortunadas que afectan a nuestro patrimonio arquitectónico. Las razones que explican este hecho seguro que serán complejas y variadas, y en ningún caso repondrán los bienes patrimoniales perdidos, pero puede que nos ayuden a ver las cosas con mayor claridad.

Hace podo tuvimos la oportunidad de desplazarnos a Melilla para desarrollar parte de nuestro proyecto de estudio, conservación y divulgación sobre el coral anaranjado, que ha tenido excelentes resultados. Una sensación de placer y bienestar te embarga al pasear por numerosas calles de Melilla y observar los magníficos edificios, principalmente modernistas, que han conservado. En especial, alegra el ánimo observar como, en estos momentos, hay un buen número de edificios en proceso de rehabilitación. Incluso algunos de los nuevos edificios guardan la estética modernista en algunas calles. Salvando las grandes diferencias que existen en el patrimonio de ambas ciudades, entendemos que, solo un comportamiento del conjunto de su sociedad, diametralmente distinto en Melilla, ha salvado de la especulación a buena parte de su arquitectura urbana. La realidad de Ceuta es tan distinta que desanima, ya que es prácticamente imposible observar un edificio en rehabilitación, aunque sea solo su fachada. En Ceuta, todos permitimos que se derriben los edificios y se sustituyan por cualquier "cosa de hormigón".

Al invocar a las razones aludidas en la primera parte del artículo, podemos esgrimir razones filosóficas (los ídolos de F. Bacon podrían ayudar a entender un buen número de prejuicios en relación con el ser humano y su sociedad) muy relacionadas con la propia naturaleza humana. Podríamos también argumentar la connivencia de poderes fácticos para ofrecer una explicación más mundana y cercana y también podríamos argumentar la falta de escrúpulos de ciertos profesionales que hacen lo que sea por dinero y por dejar su huella, aunque sea infame, en la memoria de los hombres. También podríamos recurrir a culpar a la administración y al equipo de gobierno de todo, que es algo muy socorrido desde las tribunas de opinión. Sin embargo, no nos engañemos, la administración y los gobiernos son un fiel reflejo de la sociedad que tenemos, así que la culpa es de todos y de cada uno de nosotros que no participamos más en las cuestiones que nos interesan a todos. Los grandes cambios sociales (los que importan) se producen lentamente y en muchos casos dejan muchas vidas en el camino. Los pequeños cambios (a escala mucho más modesta) dependen de la voluntad de las gentes que habitan un lugar y una época determinada. Para conseguir estos pequeños cambios, es necesario que hayan personas dispuestas a asumir pequeños riesgos sociales (que algunos no te saluden por la calle, críticas en la prensa) y económicos (reducción de ciertos ingresos). Además, es bueno que sepan, aquellos que cometen los desmanes contra la sociedad, que sus acciones no serán gratuitas y que, de una forma u otra, sus atentados contra el patrimonio en general también les pasará factura en forma de manifestación popular, artículos de prensa, recogidas de firmas, pérdida de credibilidad?. A la administración hay que exigirle que cumpla con sus obligaciones, y recordarle que tanto los funcionarios como el equipo de gobierno viven gracias a los impuestos que pagamos todos. No pueden descatalogar edificios de la noche a la mañana, debido a intereses espurios o al especulador de turno. Tienen la obligación de revisar el plan de ordenación urbana y establecer las normas para la rehabilitación arquitectónica, buscando el consenso multidisciplinar y social. Esto obstaculiza las operaciones de los especuladores y beneficia a los buenos profesionales de la arquitectura y del patrimonio. A los profesionales de la arquitectura decirles que invocar el criterio estético subjetivo no es válido para justificar cualquier mamarrachada que se quiera hacer. A los partidos políticos y a los gobiernos de turno es bueno recordarles que tienen que promover una democracia más participativa, pero eso solo se consigue con presión desde la sociedad civil. Determinados proyectos como los Jardines de San Sebastián, el mirador de Isabel II o el Puente de Cristo, que cambian el paisaje y los valores identitarios de la ciudad, tienen que contar con el consenso ciudadano y estar apoyados en planes que contemplen su conservación y como dice L. G. Álvarez, combinar estilos y técnicas. Deben satisfacer a todos y no solo a una minoría de especuladores amparados por la bulimia del negocio fácil, no debemos permitir que los responsables políticos y los técnicos de la administración se escabullan por la puerta de atrás. Por cierto, señor Álvarez, a pesar de que creemos que hemos actuado suficientemente en estos asuntos, asumimos, por supuesto, las críticas y procuraremos mejorar en nuestras actuaciones en pro del estudio, la defensa y la difusión de nuestro patrimonio. Compartimos su reacción ante las tropelías cometidas, sin embargo, creemos que cuestionar nuestro compromiso de servicio al patrimonio de nuestra ciudad, es simplemente absurdo y no beneficia. Dada la escasa participación de nuestra gente en estos asuntos, mejor mantenernos comunicados, unidos y coordinados en la crítica, píenselo.
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