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Asociación Cultural Septem Nostra
Ceuta, 31 de julio de 2004
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¿Dónde están las estatuas de los Jardines de San Sebastián?
Septem Nostra
El 19 de julio de 1892, bajo los auspicios del Alcalde de la ciudad Don Ricardo Cerni González, salían para Ceuta a bordo del vapor "Armonia" y procedentes de los talleres Nicoli de Carrara (Italia) las seis estatuas destinadas al adorno de los Jardines de San Sebastián. Las estatuas representaban al Trabajo, Las Artes, África, la Industria, el Comercio y la Navegación.Durante muchos años las estatuas estuvieron situadas en los Jardines de San Sebastián, sobre la batería del mismo nombre. Sin embargo, a comienzos de julio de 1995, tras sufrir un acto vandálico, dos de las estatuas fueron retiradas y trasladadas primero al Parque de Bomberos y posteriormente al Museo Municipal. La Comisión Provincial de Patrimonio Cultural decidió su traslado a Madrid para su restauración, a la vez que los servicios jurídicos de la Ciudad presentaban una denuncia en el juzgado para identificar y sancionar a los causantes de este atentado contra el patrimonio.A los pocos días de producirse los actos vandálicos que afectaron a las estatuas de los jardines de San Sebastián, una técnica del Instituto de Conservación y Restauración de Bienes Culturales (ICRBC) del Ministerio de Cultura se desplazó a Ceuta para evaluar los daños y realizar un estudio previo para proceder a su restauración. La restauradora de ICRBC redactó un informe en el que proponía proceder a un tratamiento general de limpieza que eliminase la suciedad acumulada con el paso de los años, además de realizar un proceso de desalación y ensamblaje de las piezas que se rompieron tras haber sido tiradas de sus pedestales.Nueve meses después de decidirse su traslado a Madrid para llevar a cabo la restauración de las dos esculturas que habían sufrido daños materiales, éstas seguían en Ceuta. La posibilidad de enviarlas a los laboratorios del ICRBC fue desechada, proponiendo el Ministerio de Cultura que dos especialistas se trasladaran hasta nuestra ciudad para el tratamiento de las estatuas. No obstante, el Ministerio de Cultura indicó que la Ciudad debía correr con los gastos al no estar declaradas las esculturas como Bienes de Interés Cultural. Unos gastos que el año 1996 superaban los cuatro millones de pesetas.A principios de 1997, los medios de comunicación volvieron a retomar el asunto de las dos esculturas que faltaban de los jardines de San Sebastián, las que representaban a África y el Comercio. La respuesta dada por las autoridades culturales fue que no se había podido proceder a su restauración por falta de presupuesto. Por este motivo, la Asamblea solicitó la ayuda de la iniciativa privada para poder llevar a cabo el proceso de restauración.La Consejería de Educación y Cultura, remitió un escrito a cuarenta y cinco empresas y bancos de la ciudad pidiéndoles una colaboración de cien mil pesetas para hacer frente a los cuatro millones de pesetas que costaba realizar el proyecto. La respuesta de la sector privado fue decepcionante, tan sólo tres empresas expresaron su intención de colaborar para restaurar las estatuas dañadas. Ante esta fría respuesta, la Consejería propuso incluso realizar un suscripción popular o esperar a la elaboración de los presupuestos del siguiente año. Esta última opción fue por la que se decidieron los responsables de la Consejería de Educación y Cultura, ante la sospecha de sufrir un sonado fracaso si se intentaba recurrir a una suscripción popular.Tenemos que esperar al mes de marzo de 1999 para volver a tener noticias de las estatuas de los jardines de San Sebastián. En esos días trascendió a los medios de comunicación la noticia de traslado a Granada de las esculturas para su restauración por una empresa especializada. Un proceso que duró dos meses y tras el cual las esculturas volvieron a la ciudad. Una vez de nuevo en Ceuta, la Consejería de Educación y Cultura decidió que las esculturas no se expusiesen en su tradicional ubicación y que quedasen expuestas en un espacio habilitado en el Museo del Revellín de San Ignacio. Desde entonces, y han pasado cinco años, las esculturas no han vuelto a ser exhibidas, permaneciendo en una nave del museo cerrada al público.Son muchas las lecciones que podemos extraer de la larga historia que acompaña a la restauración de las esculturas de los jardines de San Sebastián, aunque a lo mejor esta denominación deberíamos de cambiarla por la de las esculturas de los pasillos del Museo del Revellín. Una de las primeras conclusiones que extraemos es la falta de infraestructuras, personal y previsión presupuestaria de la que adolece la ciudad para afrontar los gastos que supone mantener y conservar nuestro rico y numeroso patrimonio cultural. De otra manera no se puede entender que fuesen necesarios cuatro años para afrontar la restauración de unas esculturas cuyas presupuesto ascendía a cuatro millones de pesetas. Una cantidad ridícula si la comparamos con los amplios presupuestos que la ciudad dedica a otros menesteres (publicidad, gastos de representación, festejos, etc?).Otra de las conclusiones a la que hemos llegado es la total ausencia de criterios claros en cuanto a la conservación de nuestros bienes culturales. No parece demasiado lógico que después de cuatro años de esfuerzos para conseguir restaurar estas estatuas, a los que se sumaron varias empresas privadas que aportaron dinero para su restauración, los ceutíes no podamos disfrutar de la contemplación de estas bellas obras de arte, que formaban parte de nuestro paisaje urbano.Nuestras autoridades deberían retomar con urgencia la reubicación de las esculturas esculpidas por los hermanos Nicoli a finales del siglo XIX, eso sí, tomando todas las medidas que se consideren necesarias para garantizar su conservación y evitar que sean objeto de actos vandálicos. Desconocemos si existen argumentos técnicos que desaconsejen su exposición a la intemperie. Si este fuese el caso se podrían realizar copias y las originales exponerlas adecuadamente en las dependencias museísticas o en cualquier otro lugar cubierto que ofrezca suficientes garantías. Lo que desde luego no consideramos razonable es que sigan ocultas al público.
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