Santiago Vicente Pecino es maestro de Educación Secundaria y Secretario del Colegio San Daniel de Ceuta llevando más de treinta años dedicado a la ensenanza.

Entre 1.983 y 1987 fue Concejal (de Medio Ambiente y de Sanidad) en el Ayuntamiento de Ceuta integrado como independiente en la lista del PSOE. Fue uno de los cuatro disidentes de este Grupo Municipal que firmó el voto de censura contra Francisco Fraiz, teniéndose que esperar a la resolución de los tribunales para que fuese sustituido por Aurelio Puya. A raíz de esta escisión del PSOE, fue uno de los fundadores del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) en el que continúa como militante de base, habiendo sido miembro de su Comisión Ejecutiva y candidato al Senado.

Ha estado vinculado a diversas entidades y movimientos ciudadanos: 12 años como presidente de la A.V. Gral. Orgaz, Vicepresidente de la Asociación Coral, Presidente de AGRUCAR (Asociación de Agrupaciones Carnavalescas) y Hermano Mayor de la Cofradía de la Flagelación.

Actualmente dirige y presenta el programa de radio, Tiempo de Pasión en COPE CEUTA y es columnista semanal, desde el año 2001, en El Faro de Ceuta con una sección titulada EL OBSERVATORIO DEL ESCUDERO que se publica los jueves y firma como SANCHO.

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El Observatorio del Escudero
Ceuta, 20 de junio de 2008
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Europa pone freno a la inmigración
SANCHO
 

Observaba días atrás el típico plano televisivo, mientras atronaba la Marsellesa, de las caras de los jugadores de la selección francesa de fútbol y enseguida se me vino a la mente el tremendo cambio experimentado en la población de Francia y que también afecta a diversos países europeos.

Casi nadie se sorprende ya al ver, por las calles de Madrid, Londres o París, a ciudadanos procedentes de las partes más diversas del mundo. El que esta población tenga, por lo general, un índice de natalidad más elevado ha servido de extraordinaria ayuda para corregir el progresivo envejecimiento de la población europea. También han contribuido al crecimiento económico de los últimos años pues cubrían y cubren los sectores de empleo menos demandados por la población europea de origen pero que son tan necesarios como los otros para el desarrollo de un país.

Ahora, con la amenaza de la preocupante crisis económica que nos acecha, parece que esa mano de obra tan barata empieza a no ser tan necesaria y la vieja Europa empieza a mostrar otra cara. Deja de ser amable, cosmopolita y acogedora para cerrar sus otrora brazos abiertos y poner freno a la inmigración.

Los hijos y nietos de aquellos irlandeses o italianos que marcharon a Estados Unidos, de los gallegos que se fueron a Sudamérica o de tantos y tantos europeos que rehicieron sus vidas gracias a la emigración, olvidan su pasado y aprueban normas para el retorno de los inmigrantes ilegales.

Esto sólo acaba de empezar y es difícil aventurar sobre su desenlace final. Dicen los parlamentarios europeos que han aprobado estas medidas que todo este proceso de expulsión, al fin y al cabo se trata de eso, se llevará a cabo con todo tipo de garantías jurídicas. Pero ¿qué ocurrirá con estas personas si sus países de origen no aceptan su repatriación?

Se me vienen a la mente la película ‘Hijos de los hombres'. La vi por pura casualidad. Está ambientada en el Reino Unido y en el año 2027.  Sus imágenes me impactaron y me parece que no voy a olvidarlas fácilmente. Muestran un mundo desquiciado, sacudido por las guerras, los atentados y el terrorismo, pero lo que más me impresionó fue el trato dado a los inmigrantes convertidos en un problema de tremenda magnitud. Manejados como animales, sin ningún tipo de derechos e internados en campos donde se hacinaban entre la miseria y la desesperación.

La normativa aprobada por la Unión Europea está plagada de preocupantes eufemismos. El documento se llama la ‘directiva del retorno'. Lo que va a ser una simple y llana expulsión se denomina como ‘alejamiento' y se pretende ilusamente que los afectados lo realicen de forma voluntaria. Eso sí, en caso de negarse, se contempla el que se les interne en ‘campos de detención'. Incluso se contempla el poder retener a los niños aunque por un tiempo ‘lo más breve posible'.

Todo esto está demasiado lejos de aquellos principios de la UE que promovían la igualdad, la libertad de movimientos o la protección de las minorías. Evidentemente no se le puede permitir la entrada a todo el que quiera pero no olvidemos que estamos hablando de personas. No pretendamos tratarles como las ‘sobras' de una sociedad cada vez más cruel e inhumana.

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