Santiago Vicente Pecino es maestro de Educación Secundaria y Secretario del Colegio San Daniel de Ceuta llevando más de treinta años dedicado a la ensenanza.
Entre 1.983 y 1987 fue Concejal (de Medio Ambiente y de Sanidad) en el Ayuntamiento de Ceuta integrado como independiente en la lista del PSOE. Fue uno de los cuatro disidentes de este Grupo Municipal que firmó el voto de censura contra Francisco Fraiz, teniéndose que esperar a la resolución de los tribunales para que fuese sustituido por Aurelio Puya. A raíz de esta escisión del PSOE, fue uno de los fundadores del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) en el que continúa como militante de base, habiendo sido miembro de su Comisión Ejecutiva y candidato al Senado. Ha estado vinculado a diversas entidades y movimientos ciudadanos: 12 años como presidente de la A.V. Gral. Orgaz, Vicepresidente de la Asociación Coral, Presidente de AGRUCAR (Asociación de Agrupaciones Carnavalescas) y Hermano Mayor de la Cofradía de la Flagelación. Actualmente dirige y presenta el programa de radio, Tiempo de Pasión en COPE CEUTA y es columnista semanal, desde el año 2001, en El Faro de Ceuta con una sección titulada EL OBSERVATORIO DEL ESCUDERO que se publica los jueves y firma como SANCHO. |
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El Observatorio del Escudero
Ceuta, 30 de mayo de 2008
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Taurino de sofá
SANCHO
Mis primeros recuerdos de una corrida de toros van indefectiblemente unidos a las imágenes en blanco y negro que emitía un televisor Iberia. Tardes calurosas, en la fresca penumbra del comedor (entonces no se llamaba salón), en las que comenzaba a aficionarme, de la mano de mi padre, a la fiesta de los toros. Era, don José Vicente de Castro, seguidor incondicional de Santiago Martín ‘El Viti'. Podría serlo porque el maestro era, al igual que mi abuelo, natural de Vitigudino. No creo que esa fuera la razón fundamental de su afición por el torero salmantino, sino más bien la seriedad, el empaque, la solemnidad y el hieratismo de su forma de torear. Sobre todo porque eran características que cuadraban perfectamente con la forma de ser y con los principios que regían la vida de mi progenitor. Con el paso de los años, que no son precisamente pocos, fui consolidando aquella incipiente afición. No pude desarrollarla como me hubiera gustado, es decir, acudiendo a presenciar corridas de toros en directo. Por eso me autonombro como taurino de sofá (y de tele por supuesto). Mis únicas experiencias en plazas de toro se resumen a dos. La primera un 15 de Agosto en la Maestranza, tampoco es para quejarse, con Antonio Bienvenida, Curro y Paula. La segunda, el año pasado en Algeciras, con César Rincón, José Tomás y el Cid. Este año espero repetir en el mismo lugar y de nuevo para estremecerme con la dramática quietud del torero de Galapagar. Esta pasión por el arte de Cúchares no suele ser demasiado bien entendida. Incluso a más de uno le sorprende que la comparta con otras ideas que, a simple vista, parecen bastante opuestas. Yo no creo que sea así y no tengo el menor reparo en declararme ecologista y taurino cien por cien. Igual es que tengo una mijita de esquizofrenia. Esta afición tiene una dualidad que subyuga. Momentos para la euforia, para el recuerdo inolvidable y momentos para la irritación, para el más deprimente de los espectáculos. Últimamente me estoy llevando bastante de esto último. La Feria de San Isidro, que sigo por Canal Plus con su enorme calidad de imágenes (en cuanto a comentarios ya la cosa no va tan bien), está resultando total y absolutamente decepcionante, a no ser que la enmienden los toros de Palha y los Albaserrada de los separados Victorino y Adolfo Martín. Proliferan aquí y allá taurófobos y abolicionistas. No hay por qué temerles, ellos no acabarán con la fiesta. Aunque parezca una paradoja, con ella acabarán los propios taurinos. Ganaderos que, gracias a la genética y otros avances, crían un toro cada vez más de mentira. Toreros que, ante un micrófono, se quejan amargamente en el callejón, qué falsos, mientras sus apoderados les buscan las corridas más bonancibles y menos encastadas. Empresarios que, evidentemente, sólo buscan las mejores ganancias cueste lo que cueste. ¿Y el público? El público a pagar. Eso sí, hasta que se canse. Qué deprimente espectáculo el de los tendidos de las Ventas. Alcohol, buenas viandas, famoseo, negocios y a figurar. ¿Y la fiesta? La fiesta de capa caída. El último reducto, el de los verdaderos aficionados, se diluye poco a poco entre una amorfa masa que, cuando se aburra de su capricho, dará a la fiesta su puntilla definitiva.
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