Santiago Vicente Pecino es maestro de Educación Secundaria y Secretario del Colegio San Daniel de Ceuta llevando más de treinta años dedicado a la ensenanza.
Entre 1.983 y 1987 fue Concejal (de Medio Ambiente y de Sanidad) en el Ayuntamiento de Ceuta integrado como independiente en la lista del PSOE. Fue uno de los cuatro disidentes de este Grupo Municipal que firmó el voto de censura contra Francisco Fraiz, teniéndose que esperar a la resolución de los tribunales para que fuese sustituido por Aurelio Puya. A raíz de esta escisión del PSOE, fue uno de los fundadores del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) en el que continúa como militante de base, habiendo sido miembro de su Comisión Ejecutiva y candidato al Senado. Ha estado vinculado a diversas entidades y movimientos ciudadanos: 12 años como presidente de la A.V. Gral. Orgaz, Vicepresidente de la Asociación Coral, Presidente de AGRUCAR (Asociación de Agrupaciones Carnavalescas) y Hermano Mayor de la Cofradía de la Flagelación. Actualmente dirige y presenta el programa de radio, Tiempo de Pasión en COPE CEUTA y es columnista semanal, desde el año 2001, en El Faro de Ceuta con una sección titulada EL OBSERVATORIO DEL ESCUDERO que se publica los jueves y firma como SANCHO. |
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El Observatorio del Escudero
Ceuta, 4 de abril de 2008
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La Olimpiada en entredicho
SANCHO
La palabra boicot ha surgido de nuevo como una amenaza al movimiento olímpico, amenaza que tiene muy poca pinta de hacerse efectiva. El olimpismo ya pasó por muy malos momentos con motivo de los Juegos de Moscú 1980 y Los Ángeles 1984 y no parece que experiencias similares puedan volver a repetirse. Aquellos dos boicots fueron producto del enfrentamiento que mantenían por entonces la URSS y los EEUU. A la Olimpiada celebrada en Moscú no acudieron unos 50 países que siguieron las directrices que marcaron los norteamericanos. A la celebrada en Los Ángeles sólo faltaron 14 países (los aliados más estrechos de los rusos), pero que habían obtenido el 58% de las medallas en los Juegos de 1976. Esta cifra demuestra que, en cuanto a calidad de los deportistas, este boicot fue bastante más significativo. El caso es que todo parece augurar que la Olimpiada de Pekín se celebrará con cierta normalidad. Algún gesto simbólico, alguna declaración para quedar bien y poco más. No parece que haya ningún país de cierto peso dispuesto a enfrentarse al gigante chino. Por otro lado, de todos aquellos valores promulgados por el Barón Pierre de Coubertin ya queda más bien poco. Banderas, himnos, juramentos y demás son simples zarandajas si se las compara con los derechos de transmisión de los juegos, la publicidad y demás actividades que mueven cantidades de dinero absolutamente mareantes. Es bastante evidente que en China no se respetan los derechos humanos. No se respetan ahora y menos aún se respetaban cuando, en el año 2001, se le concedió a Pekín la organización de los Juegos. Como excusa para esta controvertida decisión, y gracias a la repugnante hipocresía que rige este mundo, se ha argumentado que este acontecimiento contribuiría a la apertura y a la democratización de este país. El auténtico motivo de agasajar a China con una oportunidad como ésta, en la que podrá lucirse ante el mundo, no es otro que la codicia y el miedo con que la miran los países occidentales. Su inmenso mercado, su espectacular crecimiento, su potencial económico y militar influyen y todavía influirán mucho más en la economía mundial. Eso hace que ningún país se atreva a darle la espalda. El último episodio de lo poco que importan los derechos humanos al gobierno chino ha sido la represión de la protesta iniciada por los monjes del Tíbet. Su verdadero alcance no se conoce porque la censura y represión informativa son brutales. Los monjes tibetanos son sólo un capítulo más del libro de los horrores que se escribe en China. Es el país con mayor número de ejecuciones del mundo, su apoyo a dictaduras como la sudanesa o birmana resulta estremecedor, la libertad de expresión y la disidencia son aplastadas de forma inmisericorde y los abusos contra los obreros que levantan esta farsa olímpica se reiteran día a día. Probablemente no nos acordaremos de nada de esto cuando, como no, con una coca cola en la mano, veamos la final de los 100 m o vibremos con la selección de baloncesto. Las sonrisas de los chinos, el impresionante colorido, la idílica prosperidad que se nos mostrará no deberían hacernos olvidar que detrás de todo eso hay una amarga realidad de abusos, sangre, tortura y lágrimas.
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