Santiago Vicente Pecino es maestro de Educación Secundaria y Secretario del Colegio San Daniel de Ceuta llevando más de treinta años dedicado a la ensenanza.
Entre 1.983 y 1987 fue Concejal (de Medio Ambiente y de Sanidad) en el Ayuntamiento de Ceuta integrado como independiente en la lista del PSOE. Fue uno de los cuatro disidentes de este Grupo Municipal que firmó el voto de censura contra Francisco Fraiz, teniéndose que esperar a la resolución de los tribunales para que fuese sustituido por Aurelio Puya. A raíz de esta escisión del PSOE, fue uno de los fundadores del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) en el que continúa como militante de base, habiendo sido miembro de su Comisión Ejecutiva y candidato al Senado. Ha estado vinculado a diversas entidades y movimientos ciudadanos: 12 años como presidente de la A.V. Gral. Orgaz, Vicepresidente de la Asociación Coral, Presidente de AGRUCAR (Asociación de Agrupaciones Carnavalescas) y Hermano Mayor de la Cofradía de la Flagelación. Actualmente dirige y presenta el programa de radio, Tiempo de Pasión en COPE CEUTA y es columnista semanal, desde el año 2001, en El Faro de Ceuta con una sección titulada EL OBSERVATORIO DEL ESCUDERO que se publica los jueves y firma como SANCHO. |
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El Observatorio del Escudero
Ceuta, 14 de septiembre de 2007
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Aquellos maestros
SANCHO
El mundo educativo anda revuelto. A toda la problemática, lógica y normal, que tiene un principio de curso se le une la aplicación de una nueva Ley educativa. Otra más. No estaría mal que tanto PP como PSOE dejasen tranquilo al mundo de la enseñanza y no se empeñasen, cada vez que llegan al poder, en cambiar lo legislado anteriormente por el partido rival. Suena a pura utopía pero un país como España, que en temas educativos anda en el furgón de cola con respecto a otros de similar nivel de desarrollo, se merece de una vez por todas un pacto para la educación en el que se establezcan unas bases firmes que den al sistema educativo la necesaria estabilidad para poder hacer una labor seria, coherente y de futuro. Sobre todo porque una labor de este tipo, para tener un mínimo éxito, necesita de algo fundamental y que nunca tiene. Tiempo, mucho tiempo. La implantación de la asignatura de Educación para la Ciudadanía es usada por el PP como arma arrojadiza contra el gobierno. Resulta curioso, tirando a esperpéntico, que desde la caverna de la FAES se aliente a padres, educadores y colegios a oponerse a esta nueva materia mientras que don José María Aznar sigue con sus ‘bolos’ universitarios y, en el Instituto Tecnológico de Monterrey (México), va a impartir cursos en la Cátedra de Ciudadanía. Al menos descansaremos temporalmente de oír ese inglés tan particular que utilizaba en Georgetown, aunque ya me lo imagino dando clases con aquel peculiar acento que utilizó en el rancho de Bush. Buen momento este del comienzo de curso para insistir de nuevo en la importancia de la figura del maestro. El curso pasado se dieron casos de menosprecio e incluso agresiones a docentes que deberíamos erradicar sin ningún tipo de paliativos. Es una auténtica vergüenza que haya profesoras y profesores que cada mañana, día a día, se dirijan a sus colegios o institutos con un ánimo más propio de ir al matadero que de ir a un centro de enseñanza. El problema no está sólo en los alumnos, está en la propia sociedad que es la que no trata bien ni respeta al maestro. La escuela está dejando de ser el lugar donde deben formarse las generaciones futuras y el lugar donde, junto con los padres y el entorno familiar, se vaya labrando la personalidad de los que acuden a ella. Hoy en día son las propias autoridades educativas las que han convertido la figura del maestro en la de un funcionario que rellena papeles y más papeles y al que se le piden responsabilidades y resultados como si lo que sale de sus manos, en vez de niños, fuese cualquier producto manufacturado. Durante mi formación he recibido muchas clases de muchos docentes. Las que no olvido son las de mis dos maestros de la infancia, don José Solera Barco y don José Herrera, ni profesores, ni enseñantes, ni pedagogos. Maestros a secas. Hombres sencillos de los que emanaba una autoridad natural que les hacía ser respetados. Maestros que me enseñaron las cosas más importantes. Las que no vienen en los libros. El valor del esfuerzo, el respeto por los demás, la justicia, la libertad. No es cuestión de idealizarlos pero la sociedad, las familias y los gobiernos deben cambiar la percepción que tienen sobre esta bendita profesión.
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