Santiago Vicente Pecino es maestro de Educación Secundaria y Secretario del Colegio San Daniel de Ceuta llevando más de treinta años dedicado a la ensenanza.

Entre 1.983 y 1987 fue Concejal (de Medio Ambiente y de Sanidad) en el Ayuntamiento de Ceuta integrado como independiente en la lista del PSOE. Fue uno de los cuatro disidentes de este Grupo Municipal que firmó el voto de censura contra Francisco Fraiz, teniéndose que esperar a la resolución de los tribunales para que fuese sustituido por Aurelio Puya. A raíz de esta escisión del PSOE, fue uno de los fundadores del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) en el que continúa como militante de base, habiendo sido miembro de su Comisión Ejecutiva y candidato al Senado.

Ha estado vinculado a diversas entidades y movimientos ciudadanos: 12 años como presidente de la A.V. Gral. Orgaz, Vicepresidente de la Asociación Coral, Presidente de AGRUCAR (Asociación de Agrupaciones Carnavalescas) y Hermano Mayor de la Cofradía de la Flagelación.

Actualmente dirige y presenta el programa de radio, Tiempo de Pasión en COPE CEUTA y es columnista semanal, desde el año 2001, en El Faro de Ceuta con una sección titulada EL OBSERVATORIO DEL ESCUDERO que se publica los jueves y firma como SANCHO.

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El Observatorio del Escudero
Ceuta, 29 de junio de 2007
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Gracias por volver maestro
SANCHO

El pasado 17 de junio José Tomás Román Martín, el maestro José Tomás, volvió a los ruedos tras su larga ausencia de cinco años. Lo hizo en la plaza Monumental de Barcelona. Tuvo el doble gesto de enfundarse nuevamente el traje de luces y reivindicar la Fiesta en una ciudad en la que es denostada por los estamentos públicos desde hace unos cuantos años.

Su reaparición suscitó odios y pasiones. Afortunadamente estas últimas se impusieron de forma abrumadora. Frente a los cerca de cinco mil manifestantes antitaurinos, diecinueve mil personas fueron testigos emocionados de ver como el maestro, de purísima y oro, volvía a mostrarnos su toreo de corte majestuoso, magistral y profundo. Toreo, como el color del vestido que llevaba, purísimo.

José Tomás es un torero diferente. Es único en su especie, íntimo y sobrio. En un país dominado por las estupideces de la prensa rosa y en el que muchos toreros, por desgracia, son más conocidos por su vida que por su toreo, el maestro se mantiene apartado de todo eso. Es un torero totalmente atípico. Nunca entra en la capilla de la plaza antes de la corrida, no monta altares, no lleva una medalla de la Virgen. Toreó en las Ventas, estando el Rey en el palco, y no le brindó ninguno de sus toros.

En cierta ocasión le preguntaron al maestro Esplá ¿qué es el valor? y éste respondió ‘el valor es el sitio donde se pone José Tomás’. Contundente, definitivo. El pasado sábado, en el sexto día después de Barcelona, en la tercera corrida de la segunda era tomista, tuve ocasión de comprobarlo junto a mi hijo, en la plaza de toros de Algeciras.

De verde y oro, el color de la esperanza, su quietud, su reposo, su majestuosidad, nos llenaron de sensaciones difíciles de narrar y que será casi imposible que se nos borren de la memoria. En chicuelinas, manoletinas, gaoneras, al natural, con el capote, con la muleta, da igual. Se impuso de tal manera que suscitó el acuerdo común de todos los que le vimos.

La tarde se presentaba difícil debido al molesto viento de levante. La poca clase de su primer toro no le permitió el lucimiento aunque pisó los increíbles terrenos que siempre pisa. El maestro siempre aplicó, a pesar de los constantes cabezazos del toro, su templanza y su elegancia. Salió el quinto, cuajado y colorado, que el maestro se llevó a los medios envuelto en la suavidad de seda de su capote. Allí le instrumentó unas chicuelinas que fueron dignas de cualquier tratado de tauromaquia.

Llegó el momento de torear con la muleta y José Tomás puso todo lo que le faltaba al toro. Citando de frente, ofreciendo el pecho, presentando la muleta plana y llevando al toro, con su personal e inigualable escorzo, largo, muy largo. Ya ninguno nos acordábamos del levante, quizás porque se pasaba el toro tan cerca de la taleguilla que allí no cabía ni una chispa de aire.

Una trinchera de lujo nos hizo gritar hasta quedarnos roncos. Luego siguió con las exquisiteces de su mano izquierda, ligando los pases constantemente y con la mayor y más absoluta naturalidad. Un cambio de manos por la espalda hizo que ya no pudiéramos gritar, quizás sólo gemir, porque no nos quedaba voz. Pinchó al toro y nos quedamos helados. Con el fuego de unas manoletinas nos prendió de nuevo el corazón. La estocada supuso la apoteosis y el delirio.

De noche, ya en Ceuta, contemplaba absorto los rescoldos de la hoguera de San Juan. El fuego me hacía rememorar el estallido de sensaciones vivido horas antes. José Tomás lo había hecho posible. Gracias por volver, maestro.

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