Santiago Vicente Pecino es maestro de Educación Secundaria y Secretario del Colegio San Daniel de Ceuta llevando más de treinta años dedicado a la ensenanza.

Entre 1.983 y 1987 fue Concejal (de Medio Ambiente y de Sanidad) en el Ayuntamiento de Ceuta integrado como independiente en la lista del PSOE. Fue uno de los cuatro disidentes de este Grupo Municipal que firmó el voto de censura contra Francisco Fraiz, teniéndose que esperar a la resolución de los tribunales para que fuese sustituido por Aurelio Puya. A raíz de esta escisión del PSOE, fue uno de los fundadores del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) en el que continúa como militante de base, habiendo sido miembro de su Comisión Ejecutiva y candidato al Senado.

Ha estado vinculado a diversas entidades y movimientos ciudadanos: 12 años como presidente de la A.V. Gral. Orgaz, Vicepresidente de la Asociación Coral, Presidente de AGRUCAR (Asociación de Agrupaciones Carnavalescas) y Hermano Mayor de la Cofradía de la Flagelación.

Actualmente dirige y presenta el programa de radio, Tiempo de Pasión en COPE CEUTA y es columnista semanal, desde el año 2001, en El Faro de Ceuta con una sección titulada EL OBSERVATORIO DEL ESCUDERO que se publica los jueves y firma como SANCHO.

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El Observatorio del Escudero
Ceuta, 15 de diciembre de 2006
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Ni arrepentido ni condenado
SANCHO

Se han podido seguir en estos días, casi hasta la saturación, las noticias relativas a la enfermedad, muerte y sepelio del dictador chileno Augusto José Ramón Pinochet Ugarte. No he utilizado el término ex dictador porque entiendo que este individuo no perdió nunca esta infame condición. Evidentemente no la ejercía pero creo que la ha tenido, incluso podría decirse que ha hecho ostentación de ella, hasta la tumba.

Ha muerto, por supuesto, sin arrepentirse y, desgraciadamente, somos muchos, muchísimos, los que nos hemos quedado con las ganas de verle condenado por un tribunal de justicia. Oportunidad que, por cierto, él no dio a sus víctimas. Mario Benedetti, el poeta uruguayo, ha expresado perfectamente la situación con una contundente frase: ‘la muerte le ganó a la justicia’.

Las imágenes de su cadáver, con uniforme de gala, expuesto a la veneración de sus fieles, me han retrotraído a noviembre de 1975, pues la escenografía era bastante similar, cuando miles de personas pasaban por delante de Franco muerto. Afortunadamente para muchos chilenos, en su país hay un gobierno democrático y también se ha podido expresar libremente la repulsa por el recuerdo de tan funesto personaje y de su tan opresiva dictadura. En la España de entonces eso era todavía imposible.

Hay dos ejemplos bastante esclarecedores de esos contrastes frente a la muerte del dictador. Por una parte, y sobradamente más conocido, el de su nieto Augusto Pinochet. Felizmente destituido como capitán del ejército chileno por hacer un panegírico, al parecer sin autorización de sus superiores, en el funeral de su abuelo. El otro caso, totalmente opuesto y con mucha menos relevancia mediática, también ha sido protagonizado por el nieto de un general. Francisco Cuadrado, nieto del general Carlos Prats, escupió sobre el cristal que cubría el ataúd de Pinochet. Este general fue también comandante en jefe de Chile pero permaneció fiel al presidente Salvador Allende. Eso le costó la vida pues fue asesinado en 1.974, junto a su esposa, en Buenos Aires. No tuvo ningún tipo de honores militares porque Pinochet, entonces en el poder, no lo permitió. Nada de extrañar pues había sido él quien ordenó su asesinato.

A nadie debe resultarle agradable recibir insultos. Cuando el otro día un chileno, fanático pinochetista, fuera de sí y con cara de loco, gritaba en el micrófono de la corresponsal de TVE ‘españoles hijos de puta’, me sentí hasta bien. Gracias al juez español Baltasar Garzón, se produjo la histórica detención del dictador en Londres en octubre de 1.998 pues lo había procesado por secuestros, homicidios y torturas. Diversas argucias legales y la anuencia de los gobiernos de Blair y Aznar le permitieron escapar a Chile. Allí, a modo de penoso colofón, también fue procesado por fraude al fisco, o sea por ladrón, tras el descubrimiento de diversas cuentas secretas en las que acumulaba una fortuna superior a los 27 millones de dólares.

Con la muerte de Pinochet los chilenos entierran un triste pasado que a los descendientes de las víctimas costará, si es que pueden, olvidar. La democracia parece plenamente asentada en Chile y no se atisba que puedan repetirse experiencias de un, para él y otros como él, salvador de la patria. No sólo asesino y torturador, también amasador, gracias al pillaje, de una inmensa fortuna y que no me merece el más mínimo de los respetos.

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