Santiago Vicente Pecino es maestro de Educación Secundaria y Secretario del Colegio San Daniel de Ceuta llevando más de treinta años dedicado a la ensenanza.
Entre 1.983 y 1987 fue Concejal (de Medio Ambiente y de Sanidad) en el Ayuntamiento de Ceuta integrado como independiente en la lista del PSOE. Fue uno de los cuatro disidentes de este Grupo Municipal que firmó el voto de censura contra Francisco Fraiz, teniéndose que esperar a la resolución de los tribunales para que fuese sustituido por Aurelio Puya. A raíz de esta escisión del PSOE, fue uno de los fundadores del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) en el que continúa como militante de base, habiendo sido miembro de su Comisión Ejecutiva y candidato al Senado. Ha estado vinculado a diversas entidades y movimientos ciudadanos: 12 años como presidente de la A.V. Gral. Orgaz, Vicepresidente de la Asociación Coral, Presidente de AGRUCAR (Asociación de Agrupaciones Carnavalescas) y Hermano Mayor de la Cofradía de la Flagelación. Actualmente dirige y presenta el programa de radio, Tiempo de Pasión en COPE CEUTA y es columnista semanal, desde el año 2001, en El Faro de Ceuta con una sección titulada EL OBSERVATORIO DEL ESCUDERO que se publica los jueves y firma como SANCHO. |
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El Observatorio del Escudero
Ceuta, 21 de julio de 2006
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La Ley del Talión
SANCHO
La aplicación de la justicia en su sentido más primario data de tiempos inmemoriales. Ya el Código de Hammurabi, creado en el 1.692 a.C., recogía aquello del ojo por ojo y diente por diente. Posteriormente apareció en la Biblia, donde figura en varios de sus Libros, y también está fielmente reflejada en el Corán. Aquel atávico sentido de la justicia, que era plenamente válido para las sociedades primitivas, no puede ser invocado cuando se trata del permanente conflicto entre árabes e israelíes. Sólo hay que echar mano del terrible desfase entre el número de víctimas de uno y otro bando. Resulta dramático comprobar como, en amplios sectores de la opinión pública europea y estadounidense, se condenan de forma tan tibia, o incluso no se condenan, los 60 años de atrocidades cometidas contra el pueblo palestino. Invocar nombres como los de Gaza, Qibya, Sabra y Chatila, Yenín, resulta ya hasta cansino cuando frente a tanto horror se hacen oídos sordos. Parece inconcebible que una tragedia de esta magnitud, como la que ahora se repite en el Líbano, pueda ser calificada como ‘una mierda que hay que parar’. Claro que estas palabras son pronunciadas por un personaje como George W. Bush, el hijo del padre, quien suele pronunciar disparates de este calibre, según un afamado psiquiatra norteamericano, por la confusión entre lo real e imaginado que perdura en su mente debida a la adicción al alcohol que tuvo entre los 20 y 40 años de edad. No se puede caer en el tremendo error de disculpar a Israel por su respuesta frente a los sangrientos atentados o secuestros de soldados realizados por Hamás e Hezbollah. La terrible reacción del gobierno israelí frente al terrorismo palestino no es propia de un país civilizado. Con este tipo de actitudes es fácil que en muchas mentes aparezcan palabras como genocidio o nazismo. Israel se encuentra en una posición muy difícil porque esta guerra, no declarada, que ha puesto en marcha no va contra un estado concreto. No están en guerra contra el Líbano sino contra movimientos terroristas con grandes apoyos de países árabes vecinos. Hezbollah tiene que importar esa enorme cantidad de misiles lanzados en estos días de alguna parte, seguramente de Irán, y se corre el grave peligro de que el conflicto se amplíe por toda esa zona. Parece que tantas heridas acumuladas entre palestinos e israelíes no pueden ser cicatrizadas con pactos o acuerdos entre gobiernos. Se atisba como una posible solución la intervención de una fuerza internacional, seria y efectiva, que pudiese detener tanta violencia que crece día a día. Tras el fiasco de la intervención en Iraq esta opción tampoco parece que sea la más recomendable. Bush está claramente del lado de Israel pero, con veinte mil soldados inútilmente destacados en aquel país, se encuentra ahora mismo sin capacidad de reacción. Puede que Israel logre una victoria militar pero nunca obtendrá una victoria política. Sólo conseguirá que aumente más y más la corriente de odio frente a ellos. Los propios israelíes, los libaneses, los palestinos viven inmersos en una desgracia que parece se hace permanente. Incluso podría ampliarse a sirios e iraníes. Ahora mismo se imponen tanto odio y tanta sinrazón que no parece pueda abrirse resquicio alguno para ningún tipo de diálogo.
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