Santiago Vicente Pecino es maestro de Educación Secundaria y Secretario del Colegio San Daniel de Ceuta llevando más de treinta años dedicado a la ensenanza.

Entre 1.983 y 1987 fue Concejal (de Medio Ambiente y de Sanidad) en el Ayuntamiento de Ceuta integrado como independiente en la lista del PSOE. Fue uno de los cuatro disidentes de este Grupo Municipal que firmó el voto de censura contra Francisco Fraiz, teniéndose que esperar a la resolución de los tribunales para que fuese sustituido por Aurelio Puya. A raíz de esta escisión del PSOE, fue uno de los fundadores del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) en el que continúa como militante de base, habiendo sido miembro de su Comisión Ejecutiva y candidato al Senado.

Ha estado vinculado a diversas entidades y movimientos ciudadanos: 12 años como presidente de la A.V. Gral. Orgaz, Vicepresidente de la Asociación Coral, Presidente de AGRUCAR (Asociación de Agrupaciones Carnavalescas) y Hermano Mayor de la Cofradía de la Flagelación.

Actualmente dirige y presenta el programa de radio, Tiempo de Pasión en COPE CEUTA y es columnista semanal, desde el año 2001, en El Faro de Ceuta con una sección titulada EL OBSERVATORIO DEL ESCUDERO que se publica los jueves y firma como SANCHO.

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El Observatorio del Escudero
Ceuta, 17 de marzo de 2006
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Se imponen los provocadores
SANCHO

De tanto y tanto hablar de la crispación parece que ésta ya se ha instalado entre nosotros de forma permanente. Los agitadores, verdaderos profesionales de la provocación, sí que tienen la crispación plenamente instalada en sus retorcidos cerebros e incluso consiguen que sus mensajes, cargados de mentiras, puedan parecer hasta verdaderos.

Estos instigadores se propagan por todas partes como el peor de los virus. Se pueden encontrar en los barrios, en las empresas, en el periodismo, en los centros educativos, en la política, en los centros religiosos, en el deporte. Los peores de todos son los que no se ven venir, los lobos disfrazados de corderos.

A base de escuchar tantas mentiras, cayendo con facilidad en las trampas que nos tienden, creyéndonos tantos rumores sin fundamento, acabamos convencidos de que estamos crispados porque así nos lo han repetido una y mil veces. No porque verdaderamente lo estemos, sino porque nos tragamos todo lo que nos ponen por delante quienes dominan de forma totalitaria en la opinión de las gentes sencillas.

Nos comportamos como un estúpido rebaño guiado por los agitadores. Ya Homero, en la Ilíada, decía que la estupidez se apodera de los hombres cuando más le apetece. Pudiendo acceder a la gran cantidad de información contrastada que se nos ofrece, nos perdemos entre tantas y tantas opiniones de tertulianos de toda laya, de debates sin fundamento alguno y acabamos por no saber lo que pasa. La inteligencia, las ideas, incluso las pasiones, están pasando por sus horas más bajas. No hacemos uso de nuestra libertad personal y nos sumimos en gregarismos sin sentido.

No se respeta el derecho a disentir, no se tolera la libertad de pensamiento del contrario y se pone en entredicho uno de los valores básicos de todo sistema democrático como es el de la libertad de expresión. Se proclama la libertad a los cuatro vientos y se insiste en que resulta primordial, pero se  nos olvida casi siempre que para que ésta sea posible es fundamental el respeto hacia la libertad de los demás.

En nombre de la libertad se han cometido auténticas atrocidades. Para luchar contra los totalitarismos no resulta de recibo que las democracias hayan cometido actos igualmente dañinos y reprobables. Por ejemplo, ¿Cómo puede haber quien se atreve todavía a afirmar que las bombas atómicas, que terminaron con la II Guerra Mundial, se utilizaron para evitar males mayores?

Se hace muy necesario un llamamiento al uso razonado de la crítica personal. A contrastar de forma objetiva los hechos y no aceptarlos tal y como nos los presentan intencionadas campañas electoralistas o malévolas campañas mediáticas.

No debemos caer tan fácilmente en la crispación porque unos cuantos políticos o periodistas muestren sus diferencias, enfrentándose de un modo totalmente visceral, sin ningún tipo de sentido común y guiados única y exclusivamente por sus intereses. Hagamos uso de la más importante de las libertades, la personal, y no caigamos en confrontaciones que sólo pueden llevarnos al precipicio.

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