Santiago Vicente Pecino es maestro de Educación Secundaria y Secretario del Colegio San Daniel de Ceuta llevando más de treinta años dedicado a la ensenanza.

Entre 1.983 y 1987 fue Concejal (de Medio Ambiente y de Sanidad) en el Ayuntamiento de Ceuta integrado como independiente en la lista del PSOE. Fue uno de los cuatro disidentes de este Grupo Municipal que firmó el voto de censura contra Francisco Fraiz, teniéndose que esperar a la resolución de los tribunales para que fuese sustituido por Aurelio Puya. A raíz de esta escisión del PSOE, fue uno de los fundadores del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) en el que continúa como militante de base, habiendo sido miembro de su Comisión Ejecutiva y candidato al Senado.

Ha estado vinculado a diversas entidades y movimientos ciudadanos: 12 años como presidente de la A.V. Gral. Orgaz, Vicepresidente de la Asociación Coral, Presidente de AGRUCAR (Asociación de Agrupaciones Carnavalescas) y Hermano Mayor de la Cofradía de la Flagelación.

Actualmente dirige y presenta el programa de radio, Tiempo de Pasión en COPE CEUTA y es columnista semanal, desde el año 2001, en El Faro de Ceuta con una sección titulada EL OBSERVATORIO DEL ESCUDERO que se publica los jueves y firma como SANCHO.

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El Observatorio del Escudero
Ceuta, 24 de marzo de 2006
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Otra guerra perdida
SANCHO

En muchas ocasiones, mientras escribo mi colaboración semanal, me pregunto sobre si mis planteamientos, a veces, resultan demasiado ingenuos. De todas formas, llevando a gala como llevo mi honestidad personal, sería incongruente el cambiarlos por este motivo. Así que prefiero mantenerlos aunque se tilden de cándidos o utópicos.

Creo que nadie, en ninguna guerra, debería proclamarse como vencedor. En las guerras siempre se pierde, seguramente un bando pierde muchísimo más que el otro pero al final todos acaban perdiendo. Las heridas, no sólo físicas sino también morales, que se abren durante una guerra tardan en curarse tanto que algunas creo que jamás cicatrizan.

Tres años de guerra en Iraq. Miles y miles de iraquíes muertos. Muchos de ellos durante los primeros bombardeos que contemplábamos, estúpidamente cómplices, sentados de forma cómoda frente a nuestros televisores. Además soportando el engreimiento de los responsables del Pentágono que se jactaban de que aquello era la operación militar más impresionante que jamás se había conocido.

No sólo han muerto iraquíes. También han muerto soldados norteamericanos, cuyas imágenes son vetadas a la opinión pública de los EE.UU, han muerto soldados británicos, españoles, italianos, australianos… Se derribaron de forma grotesca las estatuas del dictador Saddam y ahora su tiranía se ha visto sustituida por violentos enfrentamientos entre facciones religiosas, secularmente enfrentadas, de compatriotas que matan a compatriotas y no respetan ni el símbolo de algo tan sagrado como son sus mezquitas.

En una guerra supuestamente organizada para quitarle de las manos al dictador iraquí sus armas de destrucción masiva, resulta que son las tropas estadounidenses quienes las utilizan en Falluja. Cuando se invadió Iraq bajo el pretexto de llevar la democracia a este país, resulta que lo han convertido en un polvorín donde suníes y chíies se enfrentan en una salvaje e inhumana contienda de tipo religioso.

Estos motivos y otros se invocaron, antes de iniciar la guerra, por Bush, Blair y Aznar cuando la tristemente famosa foto de las Azores. Ellos, aunque sólo sea moralmente, también son perdedores en esta guerra. Por supuesto más la han perdido los iraquíes que ya no lo podrán contar. Iraquíes muertos por las tropas invasoras, por los terroristas de su propio país, por los venidos de fuera o por la violencia sectaria desatada.

En Iraq quedan doscientos mil soldados aliados que están más pendientes de su propia seguridad personal que de intentar mantener el orden en un país que se les ha ido de las manos. El final de este conflicto se presenta ahora mismo como casi un imposible.

Además la precipitada decisión de invadir Iraq, sin fundamento jurídico, ha traído consigo que Irán, su país vecino, tenga un gobierno mucho más radical y anti occidental, que en Palestina triunfen los terroristas de Hamas en unas elecciones democráticas y que los fundamentalistas islámicos ganen terreno día a día en los países musulmanes. Un panorama que sólo puede infundir pesimismo.

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