Santiago Vicente Pecino es maestro de Educación Secundaria y Secretario del Colegio San Daniel de Ceuta llevando más de treinta años dedicado a la ensenanza.
Entre 1.983 y 1987 fue Concejal (de Medio Ambiente y de Sanidad) en el Ayuntamiento de Ceuta integrado como independiente en la lista del PSOE. Fue uno de los cuatro disidentes de este Grupo Municipal que firmó el voto de censura contra Francisco Fraiz, teniéndose que esperar a la resolución de los tribunales para que fuese sustituido por Aurelio Puya. A raíz de esta escisión del PSOE, fue uno de los fundadores del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) en el que continúa como militante de base, habiendo sido miembro de su Comisión Ejecutiva y candidato al Senado. Ha estado vinculado a diversas entidades y movimientos ciudadanos: 12 años como presidente de la A.V. Gral. Orgaz, Vicepresidente de la Asociación Coral, Presidente de AGRUCAR (Asociación de Agrupaciones Carnavalescas) y Hermano Mayor de la Cofradía de la Flagelación. Actualmente dirige y presenta el programa de radio, Tiempo de Pasión en COPE CEUTA y es columnista semanal, desde el año 2001, en El Faro de Ceuta con una sección titulada EL OBSERVATORIO DEL ESCUDERO que se publica los jueves y firma como SANCHO. |
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El Observatorio del Escudero
Ceuta, 27 de enero de 2006
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Canallas y con móvil
SANCHO
Algunos avances tecnológicos cada vez influyen de forma más negativa en nuestra vida cotidiana. No será cuestión de ponerse en plan ‘carpetovetónico’ pues resultan más que evidentes los grandes beneficios que se derivan de un uso racional de la informática, telefonía móvil, Internet, etc.
El caso es que, desgraciadamente y casi siempre, los usos negativos de la tecnología destacan por encima de los positivos. Las perversidades han existido, existen y existirán pero la repercusión mediática que tienen actualmente hacen que su impacto en la sociedad sea muy preocupante. Surgen por doquier las animaladas que, gracias al teléfono móvil, se difunden con una celeridad pasmosa. El tipo de acciones con las que se humilla y se hiere la dignidad física y moral de otras personas puede que casi sea lo de menos. Aquella tristemente famosa de la ‘colleja’ a un mendigo. La de otros jóvenes que maltrataban a un compañero de Instituto y lo grababan con sus móviles. La más reciente de dos jóvenes, detenidos en Barcelona, que pegaban, vejaban o insultaban a los transeúntes de forma aleatoria. Las víctimas de este último caso, un señor que leía plácidamente sentado en un banco o una joven que salía de un bar, ni siquiera los denunciaron. Menos mal que una persona anotó la matrícula del vehículo en que huían, tras sus cobardes acciones, estos dos canallas. No tenían antecedentes penales y grababan sus salvajadas, según confesión propia, ‘para divertirse’. Perfil muy parecido al de otros jóvenes que, no hace demasiado tiempo, superaron con su pretendida diversión un límite bastante más peligroso. En un cajero automático insultaron a una indigente, la rociaron con gasolina y murió presa de las llamas. En este caso la tecnología sirvió para, gracias a la cámara de seguridad, identificar a los tipos capaces de semejante maldad. Barbaridades de este tipo no sólo se difunden a través del móvil. Internet también es una vía muy usada para transmitir acciones de este tipo cometidas por tipos que muestran la parte más ruin del ser humano. Además son algo tan cotidiano que se está cayendo en el tremendo error de que la vileza y la crueldad se trivialicen y no se les dé la importancia debida. Enseguida se busca en la situación de muchos institutos o colegios el origen de todo esto. Los profesores responden automáticamente que no tienen forma de poder controlar a menores cuyos derechos se miran con lupa. Se acude a la familia y resulta que estos engendros, autores de tanta maldad, se crían en familias aparentemente normales pero con padres que poco o nada quieren saber de las andanzas de sus hijos. Da miedo pensar que se estén perdiendo los valores que dan sentido a una civilización pero, si el mal puede convertirse en una diversión, mal camino llevamos. Todos tenemos que concienciarnos un poco más y cada uno desde nuestra parcela, por insignificante que nos parezca, intentar poner freno a todo esto. Por fortuna la mayoría de los jóvenes no son así. Hay gente buena que lucha día a día, que trabaja, que estudia, que tiene sensibilidad, que es solidaria, y que también se divierte pero de forma sana. Ellos son la esperanza.
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