Santiago Vicente Pecino es maestro de Educación Secundaria y Secretario del Colegio San Daniel de Ceuta llevando más de treinta años dedicado a la ensenanza.

Entre 1.983 y 1987 fue Concejal (de Medio Ambiente y de Sanidad) en el Ayuntamiento de Ceuta integrado como independiente en la lista del PSOE. Fue uno de los cuatro disidentes de este Grupo Municipal que firmó el voto de censura contra Francisco Fraiz, teniéndose que esperar a la resolución de los tribunales para que fuese sustituido por Aurelio Puya. A raíz de esta escisión del PSOE, fue uno de los fundadores del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) en el que continúa como militante de base, habiendo sido miembro de su Comisión Ejecutiva y candidato al Senado.

Ha estado vinculado a diversas entidades y movimientos ciudadanos: 12 años como presidente de la A.V. Gral. Orgaz, Vicepresidente de la Asociación Coral, Presidente de AGRUCAR (Asociación de Agrupaciones Carnavalescas) y Hermano Mayor de la Cofradía de la Flagelación.

Actualmente dirige y presenta el programa de radio, Tiempo de Pasión en COPE CEUTA y es columnista semanal, desde el año 2001, en El Faro de Ceuta con una sección titulada EL OBSERVATORIO DEL ESCUDERO que se publica los jueves y firma como SANCHO.

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El Observatorio del Escudero
Ceuta, 30 de diciembre de 2005
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200 millones, mucho más que una cifra
SANCHO
Vivimos en un mundo en el que las cifras, en cierta medida, nos marcan día a día nuestra existencia. Todo, absolutamente todo, nos viene reflejado en datos numéricos, en porcentajes, en inútiles estadísticas que siempre muestran una realidad que en nada se parece a la que vivimos. Tiene tal calado este bombardeo numérico que se dificulta sobremanera la normal apreciación de los acontecimientos de cada día.

Cuando los números contabilizan datos referidos a personas, a vidas humanas, ya se llega a momentos de confusión tales que terminan primero por abatirnos y luego, lo que es muchísimo peor, por insensibilizarnos. Hace muy pocos días se conmemoró el aniversario del tsunami que arrasó el sudeste asiático y escuchábamos un trágico balance de víctimas, ya olvidado, casi sin inmutarnos. En cuanto a las cifras de muertos en accidentes de tráfico nos fijamos más en su alza y en su baja que en su verdadero drama. El número de mujeres que sufren la llamada violencia doméstica a menudo cae en el olvido. El imparable goteo de las víctimas en la guerra de Iraq da la impresión que no tendrá fin. En resumen, cifras y cifras que parece pasan frente a nuestras conciencias sin repercusión alguna.

A pesar de esto, no me resisto a citar una cantidad más de esta terrible sarta. Hay en el mundo unos doscientos millones de hombres y mujeres que viven fuera del país que les vio nacer. La gran mayoría tuvieron que dejar su tierra para buscar algo tan elemental como un lugar donde poder seguir viviendo. Ni más ni menos.

Este impresionante movimiento migratorio se ha duplicado en los últimos quince años. Hubo una época que una parte importante del mismo tenía como causa la situación política del país de origen. Claro ejemplo de ello fue el éxodo de los latinoamericanos que tuvieron que huir del terror de las diversas dictaduras del cono sur. También fueron muchos los que tuvieron que emigrar por enfrentamientos raciales o religiosos fruto del disparatado proceso de descolonización de África. Un simple vistazo al mapa de este continente, con esas fronteras trazadas con escuadra y cartabón, nos da idea del dislate cometido por quienes las trazaron.

Hoy en día la emigración crece a pasos agigantados y la principal razón es la tremenda desigual económica entre los países de procedencia y los de destino. No hay distancias, no hay fronteras, no hay vallas, no hay ejércitos que puedan frenar la desesperación provocada por el hambre. Claro ejemplo lo tenemos en Ceuta o en Melilla con el arriesgadísimo viaje desde el África subsahariana hasta nuestras ciudades.

La solución a este drama no pasa ni por la integración, ni por la acogida. La solución, que ahora mismo parece absolutamente utópica, está en buscar un cierto equilibrio en el reparto de la riqueza del mundo. Los países subdesarrollados cuentan con el 80% del total de la población mundial pero sólo tienen a su alcance el 20% del total de los recursos del planeta. Mientras que se dé esta diferencia tan brutal, cualquier atisbo de solución parece imposible.

Desde nuestra cómoda postura, con razones más que fundadas, se le echa la culpa a la corrupción, a la desorganización administrativa, al retraso tecnológico de los países más desfavorecidos y los países del primer mundo toman diversas iniciativas para atenuar las desigualdades. Ahora bien, cuidándose muy mucho de seguir teniendo bajo el control de las multinacionales, que se llevan los beneficios, todas las riquezas y recursos que genera el tercer mundo y así, no hay manera.

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