Santiago Vicente Pecino es maestro de Educación Secundaria y Secretario del Colegio San Daniel de Ceuta llevando más de treinta años dedicado a la ensenanza.
Entre 1.983 y 1987 fue Concejal (de Medio Ambiente y de Sanidad) en el Ayuntamiento de Ceuta integrado como independiente en la lista del PSOE. Fue uno de los cuatro disidentes de este Grupo Municipal que firmó el voto de censura contra Francisco Fraiz, teniéndose que esperar a la resolución de los tribunales para que fuese sustituido por Aurelio Puya. A raíz de esta escisión del PSOE, fue uno de los fundadores del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) en el que continúa como militante de base, habiendo sido miembro de su Comisión Ejecutiva y candidato al Senado. Ha estado vinculado a diversas entidades y movimientos ciudadanos: 12 años como presidente de la A.V. Gral. Orgaz, Vicepresidente de la Asociación Coral, Presidente de AGRUCAR (Asociación de Agrupaciones Carnavalescas) y Hermano Mayor de la Cofradía de la Flagelación. Actualmente dirige y presenta el programa de radio, Tiempo de Pasión en COPE CEUTA y es columnista semanal, desde el año 2001, en El Faro de Ceuta con una sección titulada EL OBSERVATORIO DEL ESCUDERO que se publica los jueves y firma como SANCHO. |
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El Observatorio del Escudero
Ceuta, 18 de noviembre de 2005
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Difícil equilibrio entre libertad y seguridad
SANCHO
El terrorismo internacional, principalmente el que se denomina como obra de Al Qaeda, ha conseguido, gracias a sus brutales acciones sangrientas e indiscriminadas, uno de sus principales objetivos como es el de sembrar el terror y está en camino de lograr que se ponga en duda, si es que no lo ha logrado ya, el sistema de libertades de las principales democracias de Occidente. Resulta muy complicado para las Fuerzas de Seguridad de estos países el poder mantener equilibrada la inestable balanza entre la seguridad y las libertades públicas de los ciudadanos. Es mucho más cómodo para las fuerzas policiales el incrementar con todos sus medios las medidas de seguridad (cosa que entenderán la gran mayoría de sus conciudadanos) aunque para ello se tenga que entrar en conflicto con las libertades básicas. Evidentemente los gobiernos tienen la obligación de protegernos frente a la amenaza del terrorismo, pero si por este motivo se miente a la opinión pública o incluso se mata a un inocente (como ocurrió en el Metro de Londres) se entra en un terreno muy peligroso. En primer lugar porque así se cuestionan los principios más básicos y fundamentales de un sistema democrático y en segundo lugar porque se entra en un peligroso juego que es el que precisamente buscan los terroristas. Son muy diversas las formas con que los gobiernos occidentales han afrontado el problema. El presidente Bush declaró nada más y nada menos que la guerra contra el terrorismo tras el 11-S. Se tomaron espectaculares medidas de seguridad y se detuvieron, con mayor o menor legalidad, a cientos de personas. No contento con ello se sacó de la manga lo de la ‘guerra preventiva’ y se embarcó en la guerra de Iraq para lo que convenció a diversos países aliados que se mostraron más bien como sus súbditos. Se derrocó al dictador de Sadam Hussein pero su país sigue sumido en el más absoluto caos. La mentira de la búsqueda de las armas de destrucción masiva se ha convertido en un auténtico sarcasmo tras revelarse en la televisión pública italiana que fueron los norteamericanos quienes sí que las utilizaron. Además el terrorismo siguió golpeando con la misma dureza no sólo en capitales occidentales como Madrid o Londres, sino en zonas turísticas de Asia frecuentadas por turistas europeos e incluso recientemente en un país árabe como Jordania. El primer ministro británico Tony Blair ha intentado convencer a su Parlamento de que apruebe una ley que otorgue excepcionales medidas de detención a la policía. Su fracaso ha sido estrepitoso pues incluso le han votado en contra cuarenta diputados de su propio partido. Se pretendía que la policía pudiera mantener detenidos a los sospechosos durante noventa días y sin necesidad de pruebas. No se puede admitir, en una democracia como la inglesa, semejante atentado contra principios básicos como la presunción de inocencia o la asistencia de un letrado a los detenidos. El terrorismo es una amenaza demasiado grande. Ni el recorte de las libertades, ni siquiera el empleo masivo y brutal de la fuerza han sido capaces de pararlo. Habrá que buscarle soluciones en sus propias raíces, en sus orígenes, en los motivos que impulsan a seres humanos a cometer tremendas atrocidades.
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