Santiago Vicente Pecino es maestro de Educación Secundaria y Secretario del Colegio San Daniel de Ceuta llevando más de treinta años dedicado a la ensenanza.

Entre 1.983 y 1987 fue Concejal (de Medio Ambiente y de Sanidad) en el Ayuntamiento de Ceuta integrado como independiente en la lista del PSOE. Fue uno de los cuatro disidentes de este Grupo Municipal que firmó el voto de censura contra Francisco Fraiz, teniéndose que esperar a la resolución de los tribunales para que fuese sustituido por Aurelio Puya. A raíz de esta escisión del PSOE, fue uno de los fundadores del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) en el que continúa como militante de base, habiendo sido miembro de su Comisión Ejecutiva y candidato al Senado.

Ha estado vinculado a diversas entidades y movimientos ciudadanos: 12 años como presidente de la A.V. Gral. Orgaz, Vicepresidente de la Asociación Coral, Presidente de AGRUCAR (Asociación de Agrupaciones Carnavalescas) y Hermano Mayor de la Cofradía de la Flagelación.

Actualmente dirige y presenta el programa de radio, Tiempo de Pasión en COPE CEUTA y es columnista semanal, desde el año 2001, en El Faro de Ceuta con una sección titulada EL OBSERVATORIO DEL ESCUDERO que se publica los jueves y firma como SANCHO.

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El Observatorio del Escudero
Ceuta, 27 de marzo de 2005
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Yo que nunca fui costalero
SANCHO
Yo que nunca fui costalero, que siempre tuve una muy especial añoranza de no haber podido sentir las emociones de gozo y sufrimiento que, según me cuentan, se experimentan bajo un paso, que sin haberlas vivido tengo el atrevimiento de imaginarlas, incluso diría el atrevimiento de envidiarlas. Sensaciones y vivencias entre las que deben predominar valores tan fundamentales como el compañerismo, la unión entre todos, la capacidad de aguante, en definitiva el tener corazón, mucho corazón.

Yo que nunca fui costalero y que siempre he sentido emociones muy particulares cuando, formando parte del cortejo de nazarenos, en el absoluto silencio del templo, en los instantes previos a la salida de mi Cofradía, escuchaba el rotundo y seco golpe del llamador, las emocionadas voces del capataz y del costalero que le responde bajo el paso y luego la "levantá", ese instante mágico en que nuestros Cristos y Vírgenes van "al cielo". Que siempre soñaba en que esa trabajadera también caía sobre mi cuello, que me sentía partícipe, desde el anonimato de mi túnica nazarena, de ese esfuerzo de las cuadrillas que iban a llevar a mi Cristo y a mi Virgen por las calles de mi tierra.

Yo que nunca fui costalero me atrevo a escribir este artículo porque tengo muy presentes (por eso se lo dedico a ellos) a mi hermano Paco y a mis hijos Dani y Santi. A Paco le acompañé, siguiéndole desde fuera, durante los años en que sacó al Cristo de la Humildad y Paciencia. Años en los que todavía quedaban en la cuadrilla unos cuantos de aquellos estudiantes adolescentes que lo sacaron por primera vez. Años donde la Virgen de las Penas todavía iba con ruedas. Años donde se daba la paradoja de que eran costaleros sin costal puesto que usaban almohadillas. Años en los que no se sabía lo que era "igualar" o en que los ensayos consistían en unas cuantas "levantás" un día o dos antes de la salida. Años que, vistos desde el presente, nos parecen llenos de momentos que hoy se considerarían como un auténtico disparate. Pero en definitiva, años con los mismos sentimientos, con las mismas vivencias, con las mismas emociones que deben vivirse hoy dentro de cualquier cuadrilla.

Gracias a mis hijos revivo aquellos momentos con similar inquietud, con la misma agitación, seguro que con mucho mayor desasosiego que, felizmente, se torna en la mayor de las satisfacciones cuando, cansados, algo doloridos, pero absolutamente contentos por el trabajo hecho, los abrazo tras la Estación de Penitencia.

Yo que nunca fui costalero pero escucho con atención y humildad a los que, sin engreimiento ni soberbia, intentan transmitir sus conocimientos sobre el mundo de la faja y el costal, siento sobre todo una muy especial preocupación por la salud de los que sitúan bajo las trabajaderas. Salud que de forma estúpida e inconsciente se pone en peligro por quienes convierten su ignorancia en la madre de su atrevimiento. Por eso les ruego encarecidamente que sean humildes, que siempre se está a tiempo de aprender, que rectificar es de sabios, que ningún lucimiento vale para nada si es a costa de la salud de cualquiera de sus costaleros.

Esta Semana Santa tan próxima no va ser completa. Se ha anunciado oficialmente por su Hermano Mayor que el palio de la Soledad no procesionará el Viernes Santo y, aunque ojalá Dios quiera que algún imprevisto haga que la situación cambie, me temo que va a ser una decisión absolutamente irreversible. Las explicaciones dadas no han sido convincentes, incluso muy poco acertadas. Aquí no caben escarmientos que valgan sino una reflexión mesurada que sirva para que ninguna Hermandad tenga que pasar por una situación similar.

Problemas como éste pueden no ser un caso puntual y estoy seguro que afectan a toda nuestra Semana Santa. El sentimiento de hermandad debe ir más allá de la propia de cada uno de nosotros. Es el momento de la reflexión pausada, del análisis de las causas y de las posibles soluciones entre las que hay que contemplar, de forma indefectible, que aquí no cabe recurrir a escarmiento alguno sino esmerarse en velar por elementos tan primordiales como la ropa de nuestros costaleros, en el cariño y la seriedad con que tratarlos, en el rigor que también es preciso, en definitiva de la preparación minuciosa de todas y cada una de nuestras cuadrillas.
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