Santiago Vicente Pecino es maestro de Educación Secundaria y Secretario del Colegio San Daniel de Ceuta llevando más de treinta años dedicado a la ensenanza.

Entre 1.983 y 1987 fue Concejal (de Medio Ambiente y de Sanidad) en el Ayuntamiento de Ceuta integrado como independiente en la lista del PSOE. Fue uno de los cuatro disidentes de este Grupo Municipal que firmó el voto de censura contra Francisco Fraiz, teniéndose que esperar a la resolución de los tribunales para que fuese sustituido por Aurelio Puya. A raíz de esta escisión del PSOE, fue uno de los fundadores del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) en el que continúa como militante de base, habiendo sido miembro de su Comisión Ejecutiva y candidato al Senado.

Ha estado vinculado a diversas entidades y movimientos ciudadanos: 12 años como presidente de la A.V. Gral. Orgaz, Vicepresidente de la Asociación Coral, Presidente de AGRUCAR (Asociación de Agrupaciones Carnavalescas) y Hermano Mayor de la Cofradía de la Flagelación.

Actualmente dirige y presenta el programa de radio, Tiempo de Pasión en COPE CEUTA y es columnista semanal, desde el año 2001, en El Faro de Ceuta con una sección titulada EL OBSERVATORIO DEL ESCUDERO que se publica los jueves y firma como SANCHO.

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El Observatorio del Escudero
Ceuta, 4 de marzo de 2005
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A buenas horas
SANCHO
Que el Muy Honorable Presidente de la Generalitat catalana, don Pasqual Maragall, pronunciase en su Parlamento la frase (dirigida a Artur Mas líder de CiU) "ustedes tienen un problema y este problema se llama tres por ciento", ha desencadenado un tremendo revuelo en los medios de comunicación tanto catalanes como, no podía ser menos, del resto de lo que se da por llamar de forma ampulosa Estado español.

Todo este escándalo, toda esta conmoción, todo este maremagno de dimes y diretes no es más que un auténtico ejercicio de fariseísmo político en el que se muestran encantadísimos de participar los distintos medios de comunicación dispuestos, una vez más, a enfrentarse en un capítulo más de su ya larga historia de la llamada "guerra mediática" que, para entenderlo de forma más esclarecedora, no es ni más menos que la de que los intereses empresariales de una estén por encima de los intereses de sus rivales.

Como si la actividad política y las reacciones que provoca en prensa, radio y televisión fuesen más bien propias de otra galaxia, a muy pocos ciudadanos de a pie apenas les debe ya quedar capacidad de asombro frente a los escándalos y frente a la corrupción. Para fortuna de los sinvergüenzas que, en pro de sus intereses personales, andan medrando en el mundo de la política, hay ya mucha gente que incluso dan por buenas las prácticas corruptas si por lo menos así pueden conseguirse mejoras en educación, sanidad, infraestructuras, etc.

El caso de las acusaciones vertidas en el Parlamento catalán resulta demasiado sorprendente (sobre todo por el marco en el que ha tenido lugar) y no se debería proclamar tan a la ligera la supuesta torpeza de Pasqual Maragall cuando las realizó. Por muchas explicaciones que se han querido dar "a posteriori" como la cínica explicación del ministro Montilla (cordobés de nacimiento y furibundo catalanista de adopción) diciendo que las palabras de su Presidente no aludían directamente a nadie, o las extrañas mezclas que hace el señor Maragall entre el souflé y la vaselina, en resumen toda una estrategia del despiste que ya ha conseguido el maquiavélico resultado de que ya no parece que el problema esté en el drama de los vecinos del Carmel, sino que la atención se centre sobre el asunto del tres por ciento.

La acusación ya está lanzada y el cristal roto no tiene reparación posible. Lo lamentable es que este tipo de acusaciones no se hagan de la forma lógica que sería con pruebas y frente a un tribunal de justicia. Parece meridianamente claro que una postura de este tipo parece no interesar a casi nadie y que todos están muy interesados en tapar las vergüenzas propias y puede que incluso hasta las ajenas.

Hay políticos, supongo que demasiados, que son capaces de no pararse frente a nada, de que ni el más primordial de los principios éticos parece frenarles en la búsqueda de sus objetivos cueste lo que cueste. En este caso se ha sido capaz de pasar, sin solución de continuidad, del drama de unos barceloneses (la gran mayoría de adopción) a los que se les caen las casas, al destape del eterno problema de la corrupción y financiación de los partidos políticos. No contentos con ello se pone en solfa la negociación de un futuro Estatuto que se pretendía elaborar antes del verano y para el que resulta imprescindible el concurso de CiU (los ofendidos por lo del tres por ciento).

En resumen, un auténtico galimatías del que los vecinos del Carmel seguirán siendo los únicos y verdaderos perjudicados.
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