Santiago Vicente Pecino es maestro de Educación Secundaria y Secretario del Colegio San Daniel de Ceuta llevando más de treinta años dedicado a la ensenanza.

Entre 1.983 y 1987 fue Concejal (de Medio Ambiente y de Sanidad) en el Ayuntamiento de Ceuta integrado como independiente en la lista del PSOE. Fue uno de los cuatro disidentes de este Grupo Municipal que firmó el voto de censura contra Francisco Fraiz, teniéndose que esperar a la resolución de los tribunales para que fuese sustituido por Aurelio Puya. A raíz de esta escisión del PSOE, fue uno de los fundadores del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) en el que continúa como militante de base, habiendo sido miembro de su Comisión Ejecutiva y candidato al Senado.

Ha estado vinculado a diversas entidades y movimientos ciudadanos: 12 años como presidente de la A.V. Gral. Orgaz, Vicepresidente de la Asociación Coral, Presidente de AGRUCAR (Asociación de Agrupaciones Carnavalescas) y Hermano Mayor de la Cofradía de la Flagelación.

Actualmente dirige y presenta el programa de radio, Tiempo de Pasión en COPE CEUTA y es columnista semanal, desde el año 2001, en El Faro de Ceuta con una sección titulada EL OBSERVATORIO DEL ESCUDERO que se publica los jueves y firma como SANCHO.

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El Observatorio del Escudero
Ceuta, 24 de mayo de 2002
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Gibraltar español
SANCHO

En estos días de tantos dimes y diretes sobre la soberanía compartida de Gibraltar entre España y el Reino Unido, me ha venido con perfecta nitidez a la memoria una de las muchas genialidades que tuvo a lo largo de su carrera el cineasta Manolo Summers. Este onubense que, por desgracia, ya no está entre nosotros fue, sino precursor, uno de los primeros en conseguir sacar provecho de la cámara oculta. Aquellas inolvidables escenas de “Todo el mundo es bueno” enmascaraban, bajo la capa del humor, una ácida crítica del comportamiento humano y, por ende, social y político. Eso sí, con un mensaje final, entre agrio y optimista, del predominio de la bondad de la gente por encima de todo.

Me dejaron un recuerdo imborrable las escenas rodadas en la Línea de la Concepción, justo al lado de la verja, con el Peñón de Gibraltar como fondo, en las que actores uniformados, de aspecto severo, paraban a sencillos ciudadanos para que, mirando al Peñón y de la forma más marcial posible, gritasen a pleno pulmón aquello de ¡Gibraltar Español! Incluso se obligaba a algunos, armados de palos o escobas, a que realizasen algunos ejercicios de instrucción típicos de la mili.

Aquellas esperpénticas escenas, supongo tenían la intención de criticar la reivindicación  del gobierno español de la época cargada más de patrioterismo que de sentido común. Como es habitual, la historia tiende a repetirse y, de forma cíclica, se va retomando el tema gibraltareño. No quisiera pensar que la diplomacia española retoma este asunto con el fin de distraer nuestra atención sobre otros temas peliagudos que el gobierno tenga entre manos. En épocas predemocráticas esto era práctica habitual pero no creo que estas actitudes se repitan ahora.

Se ha organizado en estos días la mini cumbre Aznar-Blair, vendida por la diplomacia española, como casi la del acuerdo definitivo para que, al día siguiente de la misma, nuestro presidente del gobierno nos diga que son conscientes de las dificultades pero que el diálogo es positivo y continúa. El acuerdo, que parecía definitivo, se aplaza para que se reúnan dentro de mes y medio los ministros de Exteriores Piqué y Straw, que llevan unos seis meses de negociaciones efectivas. Éstas han culminado en un acuerdo al que le queda el nada insignificante detalle de si se quiere asumir o no el riesgo de cerrarlo. De los tres puntos clave en litigio hay dos casi cerrados, uno el estatuto de soberanía y otro el futuro de la base militar. El tercero en discordia y más conflictivo es la capacidad de los gibraltareños para condicionar la validez del compromiso alcanzado por España y el Reino Unido.

El optimismo de Piqué en el mes de abril y las posteriores declaraciones de Aznar en su habitual tono, cargado de antipatía, añadieron dificultades y encresparon a los que conocemos como “llanitos”. Pocas referencias tengo de estos casi vecinos, pero bien poco de agrado he visto en ellos. Hace varios veranos compartí hotel con un numeroso grupo de gibraltareños y me mostraron todo lo negativo de lo español y de inglés que llevan dentro. Escándalos en la piscina, alcohol a diestro y siniestro, malos modos por todas partes, horteradas sin número... vamos, que me dejaron bastante mal recuerdo. De otro lado escuchar al ministro principal Caruana o a su opositor Bossano, con ese español tan del sur que, con el ingrediente británico, conforman esa mezcla tan chocante, resulta bastante curioso.

Desde luego que lo del rizar el rizo se convierte en una dura pugna. Llega a extremos tales esta contienda que hasta aparece el honorable Jordi Pujol para poner sobre la mesa una soberanía compartida para Cataluña cuya situación data, junto a la de Gibraltar, del Tratado de Utrech de 1.713. Aunque, listo como es, reconoce como bastante buena la situación de autonomía de la que actualmente goza.

Como colofón y cuando casi nadie se pone de acuerdo con los gibraltareños, nos llega el Alcalde de los Barrios y firma un importante acuerdo con Peter Caruana para el desarrollo común de las dos localidades. ¿Ven como no era tan difícil?

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