Santiago Vicente Pecino es maestro de Educación Secundaria y Secretario del Colegio San Daniel de Ceuta llevando más de treinta años dedicado a la ensenanza.
Entre 1.983 y 1987 fue Concejal (de Medio Ambiente y de Sanidad) en el Ayuntamiento de Ceuta integrado como independiente en la lista del PSOE. Fue uno de los cuatro disidentes de este Grupo Municipal que firmó el voto de censura contra Francisco Fraiz, teniéndose que esperar a la resolución de los tribunales para que fuese sustituido por Aurelio Puya. A raíz de esta escisión del PSOE, fue uno de los fundadores del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) en el que continúa como militante de base, habiendo sido miembro de su Comisión Ejecutiva y candidato al Senado. Ha estado vinculado a diversas entidades y movimientos ciudadanos: 12 años como presidente de la A.V. Gral. Orgaz, Vicepresidente de la Asociación Coral, Presidente de AGRUCAR (Asociación de Agrupaciones Carnavalescas) y Hermano Mayor de la Cofradía de la Flagelación. Actualmente dirige y presenta el programa de radio, Tiempo de Pasión en COPE CEUTA y es columnista semanal, desde el año 2001, en El Faro de Ceuta con una sección titulada EL OBSERVATORIO DEL ESCUDERO que se publica los jueves y firma como SANCHO. |
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El Observatorio del Escudero
Ceuta, 22 de febrero de 2002
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Hipocresía
SANCHO
Con frecuencia, quizás con demasiada, nos encontramos en infinidad de ocasiones ante problemas importantes para la sociedad que, lejos de afrontarse con rigor y seriedad, se disfrazan y camuflan bajo la capa de la hipocresía. Sería prolijo el enumerarlos por lo que voy a detenerme de forma especial en dos de ellos sobre los que, en estos días, corren abundantes ríos de tinta en la prensa escrita y destacan como temas estrella en abundantes tertulias. El primero de ellos surgió ya hace días, por lo que está bastante tratado, pero su trascendencia va a mantenerlo como tema de actualidad durante más tiempo. Es el tan traído y llevado “botellón”. Como premisa, nadie podría negar la grave repercusión que tiene para jóvenes y adolescentes el consumo excesivo de alcohol y, por supuesto, que resultan evidentes las molestas consecuencias para el vecindario que conllevan estas multitudinarias reuniones. Pero enseguida aparece la tendencia que se tiene por ocultar la realidad bajo una capa de hipocresía. Por lo visto, nuestros dirigentes políticos que estiman oportuno el imponernos esta especie de “ley seca” viven una realidad diferente o, al menos, farisea. Ahora va a resultar que en nuestra sociedad no se encuentra instaurada de forma clara y fehaciente en todos los niveles “la cultura del alcohol”. En los principales acontecimientos de nuestra vida: nacimientos, primer sueldo, bodas, hasta en algunos entierros, siempre aparece como referente la celebración tomando una o unas copas. Sería farisaico negar que no hay acto social, político, incluso algunos académicos, que no acaben con la consabida “copa de vino español”. Todos los triunfos en las competiciones del mundo del motor, los ascensos u otros títulos deportivos se festejan con abundante descorche y derroche de cava. El ser un experto o entendido en los diferentes tipos de vinos resulta, para muchos, prueba evidente de buena posición social. En fin, que los ejemplos serían múltiples y bastante ilustrativos. Pues contra esta profusión de referencias alcohólicas por doquier, se pretende hacer llegar a jóvenes y adolescentes este falso mensaje de que, aunque la incitación al consumo de alcohol sea omnipresente, mira chaval, tú no tomes copas en la vía pública con tus colegas porque resulta molesto y escandaloso. Vamos, que no se pretende atacar la verdadera raíz de este grave problema, sino el eliminarlo de nuestras calles. Este encubrimiento hipócrita y engañoso de los problemas vuelve a aparecer con renovados bríos en el tema de la prostitución. Eso sí, por lo visto sólo con la callejera. La otra, la que ocupa páginas y páginas en los principales periódicos y, por lo tanto, incrementa de forma considerable la cuenta publicitaria de éstos, ésa no, ésa parece como si estuviese regulada y no ofreciese problema alguno. Aquí lo grave parece que no es la explotación de mujeres, mayormente inmigrantes, sino discutir de forma hipócrita si el más viejo oficio del mundo puede considerarse un trabajo o no. Ayer veíamos en televisión como las prostitutas se manifestaban entre Montera y Gran Vía. ¡Qué deprimente espectáculo!, no el de estas pobres mujeres, sino el de los respetables ciudadanos y ciudadanas que observaban cargados de morbo desde las aceras. Quizás algún cliente pretendía comprobar si la persona que satisface sus instintos más bajos participaba o no en la manifestación, incluso puede que hiciera esta comprobación del brazo de su amada esposa. Qué carga tan grande de doblez, falsedad y fingimiento debemos soportar permanentemente ante los que lejos de afrontar con seriedad y rigor los problemas de la sociedad, actúan llenos de fariseísmo e hipocresía.
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