Santiago Vicente Pecino es maestro de Educación Secundaria y Secretario del Colegio San Daniel de Ceuta llevando más de treinta años dedicado a la ensenanza.

Entre 1.983 y 1987 fue Concejal (de Medio Ambiente y de Sanidad) en el Ayuntamiento de Ceuta integrado como independiente en la lista del PSOE. Fue uno de los cuatro disidentes de este Grupo Municipal que firmó el voto de censura contra Francisco Fraiz, teniéndose que esperar a la resolución de los tribunales para que fuese sustituido por Aurelio Puya. A raíz de esta escisión del PSOE, fue uno de los fundadores del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) en el que continúa como militante de base, habiendo sido miembro de su Comisión Ejecutiva y candidato al Senado.

Ha estado vinculado a diversas entidades y movimientos ciudadanos: 12 años como presidente de la A.V. Gral. Orgaz, Vicepresidente de la Asociación Coral, Presidente de AGRUCAR (Asociación de Agrupaciones Carnavalescas) y Hermano Mayor de la Cofradía de la Flagelación.

Actualmente dirige y presenta el programa de radio, Tiempo de Pasión en COPE CEUTA y es columnista semanal, desde el año 2001, en El Faro de Ceuta con una sección titulada EL OBSERVATORIO DEL ESCUDERO que se publica los jueves y firma como SANCHO.

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El Observatorio del Escudero
Ceuta, 25 de mayo de 2001
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Pena de muerte
SANCHO

Leo en estos días, así como escucho y veo, abundantes noticias sobre que el español Joaquín José Martínez y sus padres han vuelto a ganar otra etapa de la complicada y muy costosa (económicamente) carrera para que se revise su condena a muerte por un tribunal estadounidense.

Hasta en el caso de que fuera culpable del crimen por el que se le acusa, entiendo que la tortura sufrida en 'el corredor de la muerte' es pena suficiente para redimir el doble asesinato que pudiese haber cometido.

Ni que decir tiene que si el crimen hubiese sido cometido por cualquier desharrapado (si encima negro con más motivo), ya estaría más que 'frito' víctima de ese anacrónico artefacto denominado silla eléctrica, heredero directo de otras aberraciones como el garrote vil o la guillotina que en sí mismos, independientemente de su grado de crueldad, no son más que el reflejo de la barbarie del ser humano que los utiliza. No me refiero, evidentemente, a la de los verdugos que con frialdad de funcionarios ejecutan la tarea, sino a los que inspiran y alentan esta tortura, amparados en una sociedad cobarde y represiva que, en la mayoría de los casos, hace bastante poco por impedirla.

Desgraciadamente, todavía quedan muchos por caer ajusticiados, curiosa forma de utilizar la palabra 'justicia' para definir todo lo contrario, que no es más que el odio, la iniquidad, la maldad y la injusticia. Se me hace difícil poder imaginar una fórmula que permitiese acabar con este método de eliminar seres humanos amparada en una parafernalia judicial falsa que, al fin y el cabo, es el triste remedo de aquellos vaqueros al mando del sheriff que colgaban al cuatrero en el primer árbol que encontraban.

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