Ruiz de Castro es el pseudómimo habitual del autor, escritor ceutí especialmente interesado en todos los temas relacionados con su tierra de nacimiento por la que profesa singular veneración.

Apasionado por la historia y por la literatura relacionada con el mar dedica parte importante de su tiempo a esta afición. Siendo Ceuta su principal interés, también tratará cualquier tema nacional e internacional de actualidad, siempre bajo su punto particular punto de vista.

DE PENOL A PENOL es un término que refleja, quizás, el momento culmen del enfrentamiento entre dos navíos aunque desde esta columna no se busca confrontación alguna sino la defensa de unas ideas con todo el ardor y con todo el corazón del que uno es capaz.







De penol a penol
Ceuta, 28 de diciembre de 2005
 BLOGS
El riesgo de ir al cine
Ruiz de Castro

Recuerdo que, de pequeño, ir al cine era un auténtico reto.

Todavía me estoy viendo a las puertas del ‘África’ e incluso del ‘Cervantes’, cargándonos de chucherías (la famosa bolsa de gusanitos era la estrella), apelotonándonos junto a la taquilla y mirando de reojo a las niñas en aquella época en donde no hacía falta quitarle el sonido al móvil (pues no había) y que con lo que te daba tu padre tenías para las entradas y te sobraba dinero para gastos extras durante el resto de la semana.

La prueba de fuego era cruzar la puerta y entrar en la sala, ese lugar que olía raro, con suelos con objetos no identificados, sillones destrozados que no te atrevías casi a tocar, aroma de Ketama por doquier y las leyendas urbanas que incluso hablaban de ratas que pululaban a sus anchas como Pedro por su casa.

La pantalla, a la que sólo le faltaban remiendos de punto de cruz, ofrecía una imagen de dudosa calidad, acompañada de un sonido que a veces parecía producir eco y que, a día de hoy, casi da nostalgia recordar por lo añejo de la situación.

Ver una peli en tales circunstancias, aguantando todo tipo de incomodidades, podía darnos el rango, como mínimo, de cinéfilos, ya que había que tener muchas ganas de soportar la condición en la que se encontraban unas instalaciones que, y pido disculpas (tampoco muchas), no eran óptimas.

Sin embargo, el tiempo sigue su curso, y uno cree que esas son cosas del pasado, que el siglo XXI ha de significar algo, y que si sueltas más de quinientas pelas de las de antes por barba, al menos queda garantizado que disfrutarás de un espectáculo con una comodidad acorde con lo que pagas.  

Pero va a ser que no.

El otro día me llevé una desagradable sorpresa yendo con unos amigos a ver uno de estos últimos estrenos navideños, con ganas de darle poco al coco y simplemente pasar un rato de diversión.

Se puede entender que la película sea mala, que las palomitas sepan a plástico o que el vecino de butaca haya esperado todo el santo día hasta ese preciso momento para mantener una intrascendental conversación vía móvil.

Todo eso vale.

Lo que no me convence tanto es que, para mi sorpresa, me encuentre con que la imagen está desenfocada y descuadrada, que el sonido sea de pena (me volví loco pues había diálogos que me veía en la obligación de intuir) y que, lo más importante, ninguno de los encargados fuera consciente del desastre que se estaba montando.

¿Para esa porquería vaciar el bolsillo? Señores, hay que intentar mantener las formas, que después pasa lo que pasa y nos quejamos de la piratería y sus consecuencias.

Es sólo un consejo.

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