Manuel Calleja Salado, Sevilla, 1974, licenciado en Derecho y en Filosofía por la Universidad de Sevilla, es profesor en el IES Luis de Camoens de nuestra ciudad. Así mismo, es miembro del Consejo Sindical de CC.OO. de Ceuta, consejero del CES de la Ciudad Autónoma y militante del PSOE ceutí.
Como autor, ha desarrollado temas relacionados con el Derecho Constitucional y el pensamiento contemporáneo en diversas publicaciones especializadas. Desde noviembre de 2006, cuenta con una columna semanal titulada "Asimetrías Urbanas" en el diario El Faro de Ceuta. |
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Asimetrías Urbanas
Ceuta, 3 de marzo de 2010
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Reforma sanitaria
Manuel Calleja
Las democracias, tal y como las entendemos actualmente, nacen en el mundo anglosajón. Los Estados Unidos de América, junto al Reino Unido, han sido los modelos en los que los de más estados occidentales se han mirado cuando han querido dejar una historia autoritaria y han fundado regímenes democráticos. El Presidente Barack Obama lleva, desde el inicio de su mandato, intentando aprobar una reforma de la sanidad en los Estados Unidos con el objetivo de que los cincuenta millones de norteamericanos que carecen de asistencia médica puedan tenerla. El sistema elegido por los demócratas no es rupturista, sino que pretende ser complementario al ya existente. No se establece un servicio universal de sanidad gestionado por un agencia pública, como sí tienen los jubilados estadounidense, sino que se marcan una serie de pautas que obligan al aseguramiento de los trabajadores y la contratación de seguros por estos. Junto a ello la reforma sanitaria, que los demócratas norteamericanos propugnan, contiene una amplia legislación para asegurar la competencia entre las diversas compañías aseguradoras, las cuales vienen acordando precios en muchas zonas del país o están operando en un régimen parecido al monopolio en otras regiones. La respuesta de los republicanos no ha podido ser más vergonzosa. Los presuntos defensores del libre mercado que hay en este partido se han olvidado de que no existe un libre mercado de seguros y han agitado los más tenebrosos fantasmas sobre el control estatal de la libertad individual. Los conservadores simplemente se han conformado con esperar las contribuciones de las aseguradoras a sus campañas y a las fundaciones conservadoras para extender los "valores tradicionales", aunque sea a costa de la salud de millones de personas. Durante meses han utilizado con generosidad todo el arsenal de argucias parlamentarias que las normas del Senado de los Estados Unidos permiten. En una obsesión por proteger a la minoría los dos partidos han creado una mayoría de 60 senadores, muy difícil de conseguir, que es la única que puede levantar los vetos "de hecho" que unas minorías muy escuetas son capaces de imponer en los comités y en el pleno. La pérdida, por pura torpeza del Partido Demócrata, de la mayoría de sesenta senadores en la elección especial para cubrir el escaño de Ted Kennedy ha llenado de estupor y de horror al partido del Presidente. Muchos pensaban que era la muerte de la reforma sanitaria, que quedaría al capricho de treinta y un senadores. Los estrategas de la Casa Blanca han lanzado al Presidente a una serie de debates con congresistas y senadores republicanos. En Estados Unidos el Presidente sólo da discursos en el Congreso y nunca debate, por lo que es extraordinario ver al Presidente debatiendo cara a cara con legisladores que no están habituados y que terminaron tan perjudicados que se han avenido a posibilitar la reforma sanitaria. La reforma sanitaria sin duda será aprobada. Ahora lo que se está jugando es el nivel de descafeinado de la ley. Lo que sí está claro es que, en el futuro, los estudiantes de Ciencias Políticas tendrán que fijar sus ojos en las múltiples estrategias y variables, que se están reuniendo en este tema capital, y que están poniendo al máximo rendimiento a cada uno de los muchísimos actores del sistema político de los Estados Unidos.
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