Manuel Calleja Salado, Sevilla, 1974, licenciado en Derecho y en Filosofía por la Universidad de Sevilla, es profesor en el IES Luis de Camoens de nuestra ciudad. Así mismo, es miembro del Consejo Sindical de CC.OO. de Ceuta, consejero del CES de la Ciudad Autónoma y militante del PSOE ceutí.
Como autor, ha desarrollado temas relacionados con el Derecho Constitucional y el pensamiento contemporáneo en diversas publicaciones especializadas. Desde noviembre de 2006, cuenta con una columna semanal titulada "Asimetrías Urbanas" en el diario El Faro de Ceuta. |
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Asimetrías Urbanas
Ceuta, 18 de diciembre de 2008
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Utopía y distopía
Manuel Calleja
El final del siglo XX y el inicio del siglo XXI han sido denominados como la "Postmodernidad". Francis Lyotard fue el primero de los autores en formular la "época postmoderna" como aquélla en la que no tienen validez los metarrelatos, que son las explicaciones que dan sentido a toda la realidad. Si no hay metarrelatos tampoco hay utopías, pues la utopía es un metarrelato. Paradójicamente la postmodernidad ha generado una utopía, pero que funciona sobre la base de microrrelatos, es decir, de explicaciones que le dan sentido sólo a una parte de la realidad. Así ha nacido la "casi-utopía de la nueva era" (new age) que se caracteriza por la huida del mundo y de la sociedad y por la conformación del espacio utópico en el seno de la intimidad, con determinados elementos degradados de las tradiciones orientales. La utopía new age no lucha por transformar la sociedad, sino que construye muros de protección que no ataquen el proyecto de intimidad. Es una utopía fragmentada para un mundo fragmentado. Si con la utopía se pretende alcanzar una sociedad ideal y perfecta, la "distopía" es la negación absoluta de esa sociedad, pero que se ha llegado a ella por el deseo de llevar a la práctica un ideal utópico. Casi todos los pensamientos utópicos acaban proponiendo sistemas políticos autoritarios, según el estudio del Badillo O'Farrell. La práctica de la idea utópica requiere claridad de pensamiento y de acción, lo cual provoca el nacimiento de una ortodoxia y de una fuerte jerarquía que evite cualquier desviación del proyecto que se quiere llevar a cabo. Si al intento de llevar a la práctica un ideal utópico añadimos un proceso revolucionario, vemos como la utopía requiere eliminar a los oponentes y conservarse de las inercias anteriores, lo cual ha tenido por consecuencia la transformación de las utopías en dictaduras, que se sitúan sobre las personas, pues la materialización del ideal es más importante que el individuo. A esto podemos llamarlo "el precio de la utopía". También se ha llamado "distopía" a aquellas utopías cuyos ideales son, desde sus fundamentos, moralmente inaceptables. El Nacionalsocialismo alemán o el Fascismo italiano ciertamente tenía un ideal que llevar a la realidad, pero este ideal, la supremacía de la raza aria, no podemos aceptarlo en cuanto tal, y mucho menos podemos asumir los medios que pretendía utilizar y efectivamente utilizó para llevarlo a cabo. La historia del pensamiento utópico nos muestra sus problemas, pero a la vez tenemos que decir que la utopía ha servido como catalizador de los movimientos sociales que pretenden eliminar los desequilibrios y las injusticias en la sociedad. Los crímenes que las utopías hayan podido perpetrar no justifican los crímenes de los sistemas contra los que lucharon. Si no tenemos ningún ideal al que dirigirnos como sociedad y como personas, la sociedad se estancará y se le dejará el campo abierto a todas las injusticias, ya que no habrá modelo de sociedad con el que comparar a la sociedad presente. Recordemos por un momento el concepto de Kant de la verdad como ideal regulativo, que era aquella noción de verdad que consideraba que ésta no era alcanzable pero que todo conocimiento se dirigía a ella. Franz Hinkelammert propone comprender la utopía como ideal regulativo, esto es, un concepto que no es alcanzable, pero que nos orienta a alcanzar una sociedad más justa.
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