Manuel Calleja Salado, Sevilla, 1974, licenciado en Derecho y en Filosofía por la Universidad de Sevilla, es profesor en el IES Luis de Camoens de nuestra ciudad. Así mismo, es miembro del Consejo Sindical de CC.OO. de Ceuta, consejero del CES de la Ciudad Autónoma y militante del PSOE ceutí.

Como autor, ha desarrollado temas relacionados con el Derecho Constitucional y el pensamiento contemporáneo en diversas publicaciones especializadas. Desde noviembre de 2006, cuenta con una columna semanal titulada "Asimetrías Urbanas" en el diario El Faro de Ceuta.

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Asimetrías Urbanas
Ceuta, 22 de octubre de 2008
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Nobel para la teoría keynesiana
Manuel Calleja

El economista norteamericano Paul Krugman ha sido galardona hace poco con el Premio Nobel de Economía. Krugman es considerado como uno de los economistas más relevantes de la recuperación de la herencia keynesiana y uno de los críticos más consistentes de la ortodoxia neoliberal actualmente imperante.

Quizás uno de los grandes méritos de Krugman haya sido no obedecer a la "ley del péndulo" y no considerar que el conocimiento y la experiencia deberían retrotraerse a la situación anterior al Neoliberalismo. Incorpora críticamente aspectos fundamentales del pensamiento neoliberal como la eficiencia del mercado (para él existente pero relativa) o la importancia de las políticas monetaristas (aunque no cae en el absolutismo de los neoliberales).

En medio del fracaso de buena parte de las políticas neoliberales, la voz de Krugman ha recibido el reconocimiento que se debe a la sensatez y al conocimiento técnico y empírico de la realidad económica.

En especial se ha reivindicado el papel del Estado como límite. Como límite a la ineficiencia relativa de los mercados, como regulador de las prácticas distorsionadoras en el mercado por actuaciones colusivas y como creador de condiciones de mejora de la situación económica, han sido centros de atención del reciente Nobel y durante muchos años han representado verdaderas herejías para los teóricos económicos neoliberales.

Los mercados son eficientes en determinadas circunstancias, pero estas circunstancias ni son universales ni son fácilmente determinables. Los actores en el mercado siempre tenderán a garantizarse una mejor posición no solamente por la adecuación de lo que ofrecen a la demanda, sino también a través del empleo de todo tipo de técnicas restrictivas. Los actores que gocen de una mejor situación intentarán terminar con todos sus competidores, presentes o futuros.

Pero también es posible que las empresas, especialmente si son pocas, optarán por cooperar en vez de competir entre ellas. Los beneficios que la eventual competencia hubieran podido reportar se consiguen mediante la subida de precios a los consumidores, que no tienen ninguna opción real de elección. Es aquí donde la intervención estatal se hace necesaria.

El mito de la eficiencia de los mercados en competencia perfecta no es más que la transposición de un modelo ideal al mundo real. El mundo real siempre es más complejo que cualquier modelo ideal y está sometido a vaivenes poco predecibles y muy irracionales desde la perspectiva de la "racionalidad" económica.

En estos días, más que nunca, se han estado viendo las fallas del mercado y cómo una desregulación excesiva puede llenar al desastre a las más importantes economías mundiales. No hay que volver cincuenta años atrás, pues hay pasos que se han dado que son interesantes y que han aportado salubridad a la economía, pero sí hay que devolver al Estado muchas funciones que le han sido quitadas en aras de una utopía irrealizable.

El mercado no es el mal en sí mismo. El Estado tampoco lo es. Es posible que ambos lo sean si no están unidos y van por separado. Vuelve el tiempo de la Socialdemocracia.

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