Manuel Calleja Salado, Sevilla, 1974, licenciado en Derecho y en Filosofía por la Universidad de Sevilla, es profesor en el IES Luis de Camoens de nuestra ciudad. Así mismo, es miembro del Consejo Sindical de CC.OO. de Ceuta, consejero del CES de la Ciudad Autónoma y militante del PSOE ceutí.
Como autor, ha desarrollado temas relacionados con el Derecho Constitucional y el pensamiento contemporáneo en diversas publicaciones especializadas. Desde noviembre de 2006, cuenta con una columna semanal titulada "Asimetrías Urbanas" en el diario El Faro de Ceuta. |
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Asimetrías Urbanas
Ceuta, 8 de octubre de 2008
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Carisma y realidad
Manuel Calleja
La pasada semana decía que para ser bueno hay que hacer cosas buenas y que para hacer eficaz para que trabajar de una forma eficaz. Los adjetivos abstractos son vacíos, carecen de "referente" en la terminología de la Filosofía del Lenguaje, si no existen hechos y objetos. Lo aplicaba a la bondad que todos atribuyen al Presidente Vivas, una bondad construida sobre besos, abrazos, doscientos metros de peatonalización en un montón de años de mandato y una campaña de propaganda que cuesta unos buenos millones de euros. Un aura de santidad que no encuentra ninguna justificación fáctica. El pasado jueves, Manuel de la Torre, desde su columna se hacía eco de mis palabras e insistía acertadamente en que la construcción del mito de Juan Vivas, con grandes réditos electorales, tenía el grave inconveniente de que él mismo se lo llegue a creer. Hace ya casi un siglo que Max Weber, al definir las diferentes fuentes de la legitimidad política, nos hablaba de la legitimidad carismática. La legitimidad carismática se fundamenta en cualidades extraordinarias que se le atribuyen a una persona y que generan una adhesión espontánea y emocional. La legitimidad carismática es "per se" irracional. Se haya edificado de la forma que sea, el éxito político de Juan Vivas reside en una legitimación carismática que tiene la ventaja de estar refrendada por las urnas. Pero una cosa no quita la otra. El problema es que cada día el Presidente de la Ciudad se conforma más con su carisma y pretende menos hacer algo. Lo malo de la legitimación carismática es que permite al gobernante desconectar de la realidad. Le basta con que el grupo de idólatras de sí mantengan el nivel de loas con una intensidad suficiente para continuar con la adhesión irracional, que en el fondo es lo único que importa. Yo personalmente prefiero no darle a nadie mi adhesión emocional y examinar las cosas con toda la racionalidad y objetividad de la que sea capaz. Sé que debo ser rarito por eso y que lo mejor, más útil y práctico es cantar las alabanzas de los mesías que nos llegan. Pero por ahora prefiero abstenerme de eso. No puedo extrañarme que raro sea aquel que no le gusta y que no apoya a quien va en camino de contratar a su asesor número cien y que además tiene que gastarse una burrada de dinero en empresas externas consultorio porque, por lo visto, sus asesores sólo saben de cobrar la nómina, ya que de asesorar no tienen ni idea. No puedo evitar quedarme atónito cuando lo anormal es pensar que un Presupuesto de casi cincuenta mil millones de pesetas no se puede fundir en verano y andarse con modificaciones presupuestarias para conseguir pagarles a los trabajadores municipales. Me quedo atónico cuando es extraordinario escandalizarse por el despilfarro de 8.000 euros por parte de un consejero en su nuevo despacho. Nada de esto debería llamar mi atención, porque en la legitimidad carismática, los hechos no valen, las realidad son las emociones. Únicamente importa la convicción de que hemos encontrado, y habita entre nosotros, a un ser humano que sólo lo es en apariencia, porque su naturaleza es superior a la nuestra. Uno pensando que estaba en una democracia (legitimidad racional) y realmente en lo que está viviendo es en un movimiento de exaltación emocional. Menuda decepción.
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