Manuel Calleja Salado, Sevilla, 1974, licenciado en Derecho y en Filosofía por la Universidad de Sevilla, es profesor en el IES Luis de Camoens de nuestra ciudad. Así mismo, es miembro del Consejo Sindical de CC.OO. de Ceuta, consejero del CES de la Ciudad Autónoma y militante del PSOE ceutí.

Como autor, ha desarrollado temas relacionados con el Derecho Constitucional y el pensamiento contemporáneo en diversas publicaciones especializadas. Desde noviembre de 2006, cuenta con una columna semanal titulada "Asimetrías Urbanas" en el diario El Faro de Ceuta.

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Asimetrías Urbanas
Ceuta, 7 de agosto de 2008
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La tranquilidad de los tiranos
Manuel Calleja

La democracia es un sistema de gobierno bastante incómodo para el que ejerce algún tipo de autoridad, porque siempre está sometido al escrutinio público, a la crítica y a que sus actuaciones sean revisadas y puestas en cuestión.

Hay un buen grupo de gobernantes, elegidos por procedimientos democráticos, que si bien no se encuentran bien siendo el centro de la atención pública, se resignan como algo que va "de suyo" con el hecho de haber ganado unas elecciones; otros intentan crear una maquinaria de propaganda y desinformación, como hace Juan Vivas, para que no se oiga ninguna crítica y que toda objeción se transforme milagrosamente en una loa sin fin al "padre de todos los ceutíes".

Finalmente nos encontramos a aquellos que se han impuesto o se han hecho con el poder, al nivel que sea, de una forma nada democrática. Se han impuesto por la fuerza o han sido impuestos. Estos son a los que más le aterroriza cualquier forma de diálogo, de charla de confrontación de ideas, llegando incluso a sentir pavor por el simple hecho de que algunos se encuentren y hablen.

Los tiranos quieren tranquilidad, que no se diga ni se escuche nada, que haya un silencio absoluto que ampare sus maniobras y sus tropelías. Como no tienen ningún respaldo popular que sustente su ejercicio del poder, lo hacen sobre la idea de que con ellos llego la paz y la concordia, aunque las hayan conseguido gracias al amordazamiento y a la amenaza y no convenciendo con argumentos.

La intranquilidad pone en cuestión el mandato no democrático del tirano, porque no refleja otra cosa que su propia incapacidad para mantener un cierto sosiego a pesar de disponer de todos los medios. Los tiranos no quieren que se hable de política, sino de temas intrascendentes y que simplemente se mantenga la boca callada para ellos decir que han logrado la paz social, una paz que normalmente ellos colaboraron a romper.

La paz social deseada por los tiranos es odiosa. Es una paz falsa, que persigue dos cosas: la autojustificación y la impunidad suficiente para operar sin el menor obstáculo. El tirano quiere tener el recurso para defenderse cínicamente sosteniendo que nadie se opuso en su debido momento a sus decisiones, que nadie alzó la voz contra sus determinaciones, pero no se hizo por imposibilidad o por miedo.

Hay tiranos y el mundo está lleno de ellos. Pero también hay tiranillos que campean a sus anchas por cualquier sitio. No hay que consentirles la tranquilidad y la paz a tiranos y muchos menos a los tiranillos. Hay que plantarles cara y recalcarles que sus "poderes" no proceden de las urnas sino de designaciones nada democráticas. Tampoco hay que reírles las gracias a la cohorte de vividores, pelotas y chaqueteros que suele rodea al tirano o al tiranillo: son aún menos dignos de consideración de su jefe.

La esperanza de los que amamos la libertad será el bastión inexpugnable con el que no podrán nunca. No en vano dice el Libro de los Proverbios que "cuando los injustos gobiernan, aumentan los crímenes; pero los justos verán su caída". Yo también llamo a la rebeldía, pero a una rebeldía que no sea escondite de intereses personales.

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