Manuel Calleja Salado, Sevilla, 1974, licenciado en Derecho y en Filosofía por la Universidad de Sevilla, es profesor en el IES Luis de Camoens de nuestra ciudad. Así mismo, es miembro del Consejo Sindical de CC.OO. de Ceuta, consejero del CES de la Ciudad Autónoma y militante del PSOE ceutí.
Como autor, ha desarrollado temas relacionados con el Derecho Constitucional y el pensamiento contemporáneo en diversas publicaciones especializadas. Desde noviembre de 2006, cuenta con una columna semanal titulada "Asimetrías Urbanas" en el diario El Faro de Ceuta. |
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Asimetrías Urbanas
Ceuta, 9 de enero de 2008
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No tener nada que ocultar
Manuel Calleja
El asunto de las cámaras ha vuelto a nuestra escena política local como las golondrinas retornaban en el poema de Bécquer. El gobierno del Partido Popular sigue sin aclararse sobre la finalidad de las cámaras, sus características técnicas y los sistemas de control de este sistema. Me parece que la Ciudad había mantenido que la única finalidad de estas cámaras era un mejor control del tráfico, pero son los mismos responsables del gobierno local los que se contradicen al decir que las cámaras aportarán seguridad a los ciudadanos. Por principio no estoy en contra de la instalación de cámaras, ni para el tráfico ni para la vigilancia de los espacios públicos, empleándose en la prevención y la persecución de actos ilícitos. Considero que son un instrumento más si se emplean correctamente y de ello es de lo que se está tratando. El uso correcto de estos medios de vigilancia ha sido objeto de un amplio debate durante años, los años anteriores a que su precio y su calidad fueran los adecuados para una instalación masiva. Fruto de esos debates se ha promulgado una legislación que permite la videovigilancia con una serie de garantías, para que ésta no se desvíe a fines que no son los que la justifican. Los que se sienten incómodos por estas restricciones o los que no se aclaran sobre el verdadero uso de las cámaras aducen argumentos pocos serios con apariencia de solemnidad y de fortaleza contra la inseguridad. Dijo la inefable consejera de Medio Ambiente que "quien no hace nada malo, no tiene que temer", lo cual generó un espléndido artículo de Leonardo Campoamor, que yo ahora me propongo completar. La intimidad no es algo de hacer cosas buenas o cosas malas, porque si seguimos el razonamiento de la consejera, todos aquellos que gustamos de la intimidad como derecho fundamental en una democracia realmente somos potenciales delincuentes, personajes sombríos que hacemos cosas malas y que argüimos en pro de la intimidad para que se encubran nuestras oscuras intenciones. Es posible no cometer ningún delito, ni hacer nada reprobable en el plano moral, y a la vez querer que se salvaguarde la propia intimidad. Creo que a pocos nos apetecería tener cámaras dentro de nuestra casa y que los demás pudieran ver qué hacemos o dejamos de hacer en nuestra casa, el pijama horroroso que nos colocamos para estar cómodos en casa o lo que hacemos mientras estamos hablando por teléfono. En la vía pública la intimidad pierde intensidad, pero no desaparece por completo. Y lo repito, no porque hagamos algo malo, sino porque nadie tiene que saber qué hacemos o qué no y mucho menos estar en condiciones de seguirnos. Para evitar estos riesgos el ordenamiento jurídico establece una serie de prevenciones y garantías para que las cámaras de videovigilancia no se transformen en lo que no deben ser. Todos, incluso la señora Bel, realizamos infinidad de acciones, normales y corrientes, que no nos gustarían que nadie viera. Defender el derecho fundamental a la intimidad no es amparar al delincuente. Todo tiene su lugar y su forma y una democracia se juega lo sustancial en las formas. Finalmente quiero aportar una idea. Si las cámaras son realmente para el tráfico, el gobierno de la Ciudad podría hacer accesible su visionado a través de una página web, para que todos los conductores de la Ciudad sepan dónde el tráfico es más denso y dónde se transita con fluidez. Así el Partido Popular nos mostraría que no tiene nada que ocultar.
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