Manuel Calleja Salado, Sevilla, 1974, licenciado en Derecho y en Filosofía por la Universidad de Sevilla, es profesor en el IES Luis de Camoens de nuestra ciudad. Así mismo, es miembro del Consejo Sindical de CC.OO. de Ceuta, consejero del CES de la Ciudad Autónoma y militante del PSOE ceutí.

Como autor, ha desarrollado temas relacionados con el Derecho Constitucional y el pensamiento contemporáneo en diversas publicaciones especializadas. Desde noviembre de 2006, cuenta con una columna semanal titulada "Asimetrías Urbanas" en el diario El Faro de Ceuta.

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Asimetrías Urbanas
Ceuta, 31 de diciembre de 2007
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El precio de la libertad
Manuel Calleja

Dar la vida, sufrir violencia o ser objeto de amenazas, burlas o calumnias son la mejor prueba que se puede dar de la fuerza de unas convicciones. Éste es el mejor testimonio, la prueba sublime, que pueden tener unas convicciones.

Algo deben tener unas convicciones cuando una persona está dispuesta sufrir el ataque a su integridad o incluso a su vida por ellas. No en vano, el célebre apologeta cristiano Tertuliano (155-230) dijo, en referencia a los mártires cristianos: 'sanguis martyrum, semina christianorum'.

Los derechos y las libertades con los que estamos tan familiarizados y que, con razón, consideramos inherentes a nuestra naturaleza humana, no siempre estuvieron reconocidas o protegidas, más bien todo lo contrario, en la mayor parte de la historia humana y en la mayoría de los países de nuestro mundo contemporáneo, los derechos y las libertades son privilegios de unos pocos.

Las clases opresoras no renunciaron a sus privilegios y la extensión de los derechos y libertades a todos no fue una obra de benevolencia. Estas clases vieron como los procesos revolucionarios del siglo XVIII y XIX, continuados en el siglo XX, les arrebataron el poder en algunos países, mientras que en otros casos el peligro a esas revoluciones les hizo ir cediendo progresivamente para poder conservar algo de su pasado esplendor.

Que nadie piense que los opresores renuncian voluntariamente al poder. Los opresores oprimen, es decir, asesinan, torturan, arrasan, destrozan. Muchos han sido los caídos por causa de la libertad. Muchos silenciosos luchadores han sido asesinados o destrozados por defender los derechos y libertades que damos por hechas.

El teólogo protestante alemán, Dietrich Boenhoeffer, alcanzó uno de sus momentos más excelentes en un texto titulado 'La gracia cara'. Permitiéndome parafrasear a este mártir de la lucha por libertad en los oscurísimos tiempos de la Alemania nazi, me gustaría hablar de la 'libertad cara'. La libertad que tenemos la han pagado por nosotros a precio de sangre.

Los luchadores sufrieron y sufren torturas y vejaciones en celdas inmundas, han perecido y perecen en campos de concertación siberianos, han sido asesinados y son asesinados con un tiro en la nuca en América del Sur, han padecido actos terroristas, experimentado la perversa creatividad de las mentes infectadas por el mal. Todos ellos entregaron su vida por la libertad y el reconocimiento que le damos es el anonimato.

La libertad que disfrutamos fue cara, es cara y seguirá siendo cara. La libertad no está conseguida de una vez para siempre. La libertad que no se lucha, se pierde. Los héroes de hoy incomodaban en el pasado a los bienpensantes y a los moderados; los héroes del mañana son hoy unos radicales, unos exagerados o se dice de ellos que están fuera de la realidad.

El miedo y la violencia, la aniquilación incluso la destrucción de la memoria individual y colectiva son las armas de siempre y de hoy, aunque el avance científico y tecnológico ha provocado que el alcance y efectividad de las masacres de nuestros días tengan unas proporciones que, siglos atrás, era inimaginables.

La libertad conseguida debe ser empleada con el máximo respeto, dado su precio. No debemos ser indiferentes a los peligros que acechan a la libertad. No podemos consentir que se olvide a los luchadores, ni que se menosprecie su sacrificio. No es admisible que los que estaban silenciosos reivindiquen como propios a los mártires, domesticándolos hasta el punto de convertirlos en modelos de las clases ahora dominantes. Pero lo que debería producir arcadas son los intentos, unas veces tímidos y otras veces descaradamente manifiestos, de comprender, justificar y excusar a los verdugos.

Los verdugos son verdugos y ellos eligieron luchar contra la libertad. En cualquier momento cabe el arrepentimiento, pero nunca se debe convertir al asesino en asesinado, al torturador en torturado, ni refugiarse en consideraciones sociales, personales o interesadas para presentar los actos criminales de los opresores como inevitables, nimios, desafortunados o bienintencionados, según el caso.

Es medianoche en buena parte del mundo. La luz de la libertad ha de ser llevada, teniendo siempre presente que la libertad se cobra un precio muy alto. Ésa es una opción individual. Sí existe una exigencia común a todos: nos malgastemos una libertad ganada a precio de sangre.

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