Manuel Calleja Salado, Sevilla, 1974, licenciado en Derecho y en Filosofía por la Universidad de Sevilla, es profesor en el IES Luis de Camoens de nuestra ciudad. Así mismo, es miembro del Consejo Sindical de CC.OO. de Ceuta, consejero del CES de la Ciudad Autónoma y militante del PSOE ceutí.

Como autor, ha desarrollado temas relacionados con el Derecho Constitucional y el pensamiento contemporáneo en diversas publicaciones especializadas. Desde noviembre de 2006, cuenta con una columna semanal titulada "Asimetrías Urbanas" en el diario El Faro de Ceuta.

@ email








Asimetrías Urbanas
Ceuta, 10 de octubre de 2007
 BLOGS
La sucesión de Vladimir Putin
Manuel Calleja

La Constitución de la Federación Rusa establece que el Presidente sólo puede optar a una sola reelección, esto es, que como máximo sólo puede tener dos mandatos consecutivos. Esto sitúa al actual inquilino del Kremlin en una situación peculiar, porque estando en la cumbre de la popularidad y del poder político se ve forzado por la norma suprema a dejar su cargo.

Una de las primeras prohibiciones de reelección la encontramos en la “Lex Cornelia de magistratibus”, que obligaba a esperar un periodo amplio de tiempo para poder a optar a una magistratura, una vez terminado el año para el que fue elegido un ciudadano. Este intervalo, que para el consulado era de diez años, lo que pretendía era desactivar en la práctica la posibilidad de crear una tiranía de hecho por medio de reelecciones más o menos seguidas.

En la política moderna la limitación de mandatos empieza en los Estados Unidos y entra por vía de costumbre, establecida por George Washington al decidir no optar a su tercer mandato. Todos sus sucesores hasta Franklin D. Roosevelt observaron esta costumbre y fue el Vicepresidente de Roosevelt, Harry S. Truman, una vez en la Presidencia, quién tuvo la iniciativa de una enmienda constitucional que elevase a norma escrita lo que sólo había sido costumbre, ya que esa laguna había permitido a su predecesor ser investido Presidente cuatro veces.

La prohibición de renovación de mandatos tiene especial sentido en los regímenes presidencialistas en los que una sola persona encarna todo el poder ejecutivo, el cual además está dotado de poderes especiales. Se intenta con esta prohibición lo que es un cargo electivo no se transforme en una especie de dictadura encubierta, dada la seguridad que las reelecciones continuas garantizan, gracias a la formación de redes clientelares y de las más diversas patologías que produce la acumulación temporal de mucho poder.

Alexis de Tocqueville acierta cuando dice que lo que más sentido le da a las instituciones políticas es que haya correspondencia entre éstas y la sociedad para la que se crean. El proceso de democratización de una sociedad tan lamentablemente acostumbrada al autoritarismo como la sociedad rusa es complejo y la tentación de volver a las tendencias autocráticas es una tentación constante.

Putin ha sido el pescador que ha sabido echar sus redes y sacar ganancias en las revueltas aguas de la transición política rusa. Sus éxitos, aunque grandes, no han llegado ni a la mayoría de la población ni a tocar las causas profundas de la constante crisis de Rusia. El principal problema es la ausencia de una sociedad civil, que no depende directamente para su supervivencia económica de los presupuestos estatales y que, ante todo, desee la estabilidad y la libertad como marco para el desarrollo de sus vidas.

Putin ha caído en la tentación del autoritarismo personalista. No me refiero a la legítima aspiración de reforzar la autoridad del gobierno, sino a una forma de ejercer el gobierno basada únicamente en su persona y en la influencia que su equipo de asesores y consejeros pueda ejercer en todos los vértices de la sociedad rusa.

Putin ha reforzado su persona pero ha debilitado tanto a las instituciones como a la sociedad rusa. La virtud que se podría haber encontrado en su anuncio de no reformar la Constitución para posibilitar su tercera elección, se transforma en pura apariencia e hipocresía cuando se anuncia que el todavía Presidente tiene la intención de presentarse a las elecciones legislativas y así optar al cargo de Primer Ministro, mientras que alguien designado por él desempeña la Presidencia, al menos nominalmente.

Si esta estrategia se consuma presenciaremos el advenimiento de uno de los peores males que puede darse en una organización política: la autosucesión. La autosucesión, por muy correcta que sea en el plano formal, es un atentado contra la estructura institucional, porque desplaza el centro político del cargo que constitucionalmente lo debe ostentar, el Presidente, hacia un cargo subordinado, el Primer Ministro.

Para que la autosucesión sea efectiva es necesaria la presencia de un “hombre de paja”, es decir, de alguien que asuma la Presidencia pero que antes de firmar cualquier documento llame al “hombre fuerte” para pedir su aprobación. Esto haría que el sistema ruso, que desea occidentalizarse lo más posible, acabaría pareciéndose al régimen chino en el que un hombre, sin ningún cargo político, era el que dirigía el país desde su domicilio particular.

El reforzamiento de la democracia en Rusia debería pasar por la observancia de las prescripciones constitucionales en su plenitud y no únicamente desde una perspectiva absolutamente formalista y leguleya. La democracia rusa recibiría un espaldarazo definitivo si Putin se retirase de verdad y no solamente se mudase de despacho, moviendo los hilos de un indigno personaje y un gobierno lastimero. Putin afianzaría la democracia rusa y, además, mostraría tanto dignidad personal como confianza en el pueblo ruso para dirigirse por sí mismo, que es en lo fundamental la clave de una democracia.

El autor del weblog es el único responsable de su contenido ya que este website no interviene en forma alguna en su redacción.