Manuel Calleja Salado, Sevilla, 1974, licenciado en Derecho y en Filosofía por la Universidad de Sevilla, es profesor en el IES Luis de Camoens de nuestra ciudad. Así mismo, es miembro del Consejo Sindical de CC.OO. de Ceuta, consejero del CES de la Ciudad Autónoma y militante del PSOE ceutí.
Como autor, ha desarrollado temas relacionados con el Derecho Constitucional y el pensamiento contemporáneo en diversas publicaciones especializadas. Desde noviembre de 2006, cuenta con una columna semanal titulada "Asimetrías Urbanas" en el diario El Faro de Ceuta. |
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Asimetrías Urbanas
Ceuta, 31 de octubre de 2007
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Cumbre fracasada
Manuel Calleja
La Guerra Fría produjo una innovación en el mundo diplomático: el fenómeno de las cumbres. Sin una periodicidad determinada, los líderes de los dos bloques (el Presidente de los Estados Unidos y el Premier de la Unión Soviética) en el que por aquel entonces se dividía el mundo, se reunían una zona neutral para discutir sobre los puntos de fricción entre las dos superpotencias. Esta forma de reunión diplomática ha hecho furor y ha llegado a institucionalizarse en algunas organizaciones internacionales, como la Unión Europea, que le ha dado naturaleza propia a la reunión de su Consejo bajo la composición de jefes de Estado y de Gobierno. Esto tiene su explicación por la analogía dentro la esfera de las relaciones internacionales, pero pronto el fenómeno de la "cumbre" se ha desparramado hasta llegar a organizarse cumbres entre los personajes menos relevantes de la vida política. Uno de esos casos de desparrame lo hemos visto en las últimas semanas y ha tenido a nuestro Presidente, Juan Vivas, como uno de los protagonistas. El otro componente de la cumbre era el inefable Imbroda, Presidente melillense y senador (para que no le falte de nada). La reunión entre los dos presidentes de las Ciudades Autónomas fue anunciado como si fuera a significar un antes y un después de la existencia histórica de Ceuta y Melilla. Comenzaron las llamadas, las reuniones, los grupos de contactos, los grupos de trabajo y los primeros borradores (de agenda, de declaración), así como el descubrimiento de que hay que tener una serie de puntos a tratar. Los respectivos gabinetes de prensa bombardearon a los pacientes medios de comunicación con comunicados con la única finalidad de que a los ciudadanos le importara el trascendental evento, más allá de lo que estas cosas interesan: nada. El optimismo por esta cumbrecita era directamente proporcional a la vana importancia real que iba a tener para los ceutíes y los melillenses. Llegó el momento cumbre y los velos se cayeron. Imbroda y Vivas dejaron meridianamente claro que lo único que pretendían con la cacareada y costosa cumbrecita era un acto de publicidad electoral para el Partido Popular. Para que el acto tuviera sustancia para los populares, había que plantear reivindicaciones en toda regla contra el Gobierno socialista y como no las encontraban, desde Melilla salió la idea de rechazar el generoso convenio que el ministro Caldera había ofrecido a ambas ciudades autónomas. Imbroda hizo uno de sus habituales desplantes al Gobierno de España, porque para él España es solamente algo que le interesa cuando salta a ritmo o cuando le proporciona una remuneración por estar calentando un asiento en una de las cámaras legislativas. Vivas optó por la vía de aceptar el convenio con el Gobierno de España no porque el cuerpo no le pidiera hacer lo mismo que Imbroda, sino porque a estas alturas de año la caja de la Ciudad Autónoma está en un estado que el único deseo de sus responsables es llegar a final de año pagando a los trabajadores municipales. Ambos Presidentes, Vivas e Imbroda, deben dejarse de puestas en escenas de cumbrecitas, para enaltecer sus ya henchidos egos, y dedicarse a gestionar mejor sus respectivas ciudades, para que generen riqueza y empleo por ellas mismas y que no tengan de esperar que el Gobierno de España, independientemente de su signo, socorra continuamente lo que ellos despilfarran en actos fallidos como éste, que es solamente una muestra de la absoluta inoperancia de los gobernantes autonómicos que padecemos.
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