Manuel Calleja Salado, Sevilla, 1974, licenciado en Derecho y en Filosofía por la Universidad de Sevilla, es profesor en el IES Luis de Camoens de nuestra ciudad. Así mismo, es miembro del Consejo Sindical de CC.OO. de Ceuta, consejero del CES de la Ciudad Autónoma y militante del PSOE ceutí.
Como autor, ha desarrollado temas relacionados con el Derecho Constitucional y el pensamiento contemporáneo en diversas publicaciones especializadas. Desde noviembre de 2006, cuenta con una columna semanal titulada "Asimetrías Urbanas" en el diario El Faro de Ceuta. |
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Asimetrías Urbanas
Ceuta, 17 de octubre de 2007
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Cuanto peor, mejor
Manuel Calleja
Mao Tse Tung ha sido uno de los protagonistas de la Historia del siglo XX. Es adorado oficialmente en China, como muestran las imágenes del Congreso del Partido Comunista en curso, mientras que oficiosamente todos los delegados se sienten aliviados al visitar el mausoleo en el que reposan los restos del fundador de la Republica Popular y comprobar que efectivamente no va a levantarse de su tumba. La mayoría de las personas que tenemos algunos conocimientos de Historia contemporánea poco sabemos de Mao, si exceptuamos la “larga marcha” y la “revolución cultural”. El panorama bibliográfico español sobre China, enormemente pobre, se ha enriquecido durante el presente año con varias biografías de Mao y otras obras de análisis político centradas en el panorama de una China con un régimen dictatorial anquilosado pero que se incorpora vertiginosamente a la sociedad capitalista internacional La lectura de estas obras arrojan nueva luz sobre el periodo en el que Mao se hizo con el control del Partido Comunista Chino (PCCh) para gobernar, tras una terrible guerra civil, la nación más poblada del mundo y durante mucho tiempo la más pobre. La guerra civil fue crudelísima, como todo conflicto entre facciones de un mismo pueblo, pero lo que más sorprenden no es la forma en la que Mao se hizo con el poder político en China, sino los medios que empleó para tomar el control de su partido, ya que los dirigentes y militantes comunistas lo tenían como un ser inmoral, vago y esencialmente peligroso, como todo ser vago e inmoral. La bajísima consideración que Mao tenía entre sus filas le cerraba toda posibilidad de ascenso político entre los comunistas, de forma que para subir en la férrea jerarquía del partido sólo podía esperar que los que se encontraban sobre ella se volatizaran. En eso empleó sus días. Durante las operaciones militares de la guerra contra los japoneses, así como en los primeros escenarios bélicos del conflicto civil, en ningún instante dudó en debilitar a sus adversarios en el Partido, dando incluso ventaja militar a los nacionalistas. Su criterio era “cuanto peor, mejor”, y lo peor incluía tanto la vida de sus camaradas como la propia existencia del PCCh. Delató a las unidades comunistas al mando de sus oponentes, con la finalidad de eliminar a todo aquel que no le apoyase. Desarrollaba todo tipo de maniobras para liquidar por su mano o por la de los nacionalistas a todo el que pensase que él era el inmoral y vago que realmente era. Siempre se cuidó de monopolizar el contacto con Moscú (que financiaba a los chinos), llegando a robar los transmisores radiofónicos, prohibiendo a sus compañeros viajar a la URSS o torturando a todo el que tuviera un contacto allí. Incluso después de infinitas traiciones a los militantes del PCCh, que acabaron muertos, no tenía la seguridad de poder ganar el Congreso del Partido, que los estatutos de esta formación le obligaba a convocar, al ser el único superviviente a la guerra de los dirigentes comunistas. Esperó, siguió engañando, depurando, asesinando, difamando, hasta que cada uno de los delegados del Congreso no era otra cosa que un miserable servidor de su persona. Una vez que se hizo definitivamente con el poder, cíclicamente organizaba purgas para terminar con sus más íntimos colaboradores, renovando el equipo y aterrorizando a los pocos supervivientes. Nunca se les acusaba de nada, ya que el único cargo era lo que Mao interpretaba como una traición personal, por más que los supuestos traidores buscasen reorientar al PCCh o evitar la muerte por inanición de millones de chinos, como efectivamente sucedió. Mao no sólo fue cruel con el pueblo chino, sino también con los propios comunistas chinos. Todo era admisible con tal que él se hiciese en el poder. Todo, hasta la destrucción del Partido y de las personas que le sacaron de su perezosa existencia. En caso de peligro para seguir revolcándose en el poder aplicaba el lema: “cuanto peor, mejor”.
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