Manuel Calleja Salado, Sevilla, 1974, licenciado en Derecho y en Filosofía por la Universidad de Sevilla, es profesor en el IES Luis de Camoens de nuestra ciudad. Así mismo, es miembro del Consejo Sindical de CC.OO. de Ceuta, consejero del CES de la Ciudad Autónoma y militante del PSOE ceutí.

Como autor, ha desarrollado temas relacionados con el Derecho Constitucional y el pensamiento contemporáneo en diversas publicaciones especializadas. Desde noviembre de 2006, cuenta con una columna semanal titulada "Asimetrías Urbanas" en el diario El Faro de Ceuta.

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Asimetrías Urbanas
Ceuta, 12 de septiembre de 2007
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La necesidad de recordar que Rajoy es el líder
Manuel Calleja

Los dos grandes partidos políticos norteamericanos se reunían en Convenciones nacionales, con delegados de todos los estados, para elegir a sus candidatos a la Presidencia y a la Vicepresidencia de los Estados Unidos. Con el tiempo, las Convenciones se han transformado en inmensos actos publicitarios, de tres días de duración, sin emoción ninguna, pues ya se sabe el nombre del candidato presidencial y es un clamor el nombre del vicepresidencial.

Los estrategas políticos españoles, a falta de un proceso similar a las primarias y caucus norteamericanos, se han quedado con los actos de proclamación, convenciones sin proceso electoral previo. Se quiere tener minutos en las televisiones, proclamando candidato al jefe del Partido.

Hasta ahora no he descrito nada más que la habitual técnica publicitaria de “cutre lux” con la que nuestros partidos políticos nos castigarán durante los próximos meses. Lo que llama la atención son las prisas por proclamar candidato al candidato natural, es sorprendente es la necesidad que tiene el Partido Popular de decir que su líder es su líder y, sobre todo, es anonadante las peleas por el segundo de la lista.

Cuando no tenemos dudas de algo, no tenemos que proclamarlo, porque se nos presenta a nuestro conocimiento con una claridad y distinción que denota su evidencia. No tiene sentido un acto para proclamar al Rey como Rey de España, porque lo es de forma indubitable.

Si hay que decir algo es porque esa cosa plantea algunas dudas, ha sido puesta en cuestión con fuerza o hay una abierta corriente de rechazo. Dentro del lenguaje codificado a través del cual nos llega a los ciudadanos la vida interna de los partidos, podemos intuir, sin demasiado esfuerzo, que la estructura nacional del Partido Popular está viviendo una profunda crisis.

La vuelta de Rodrigo Rato, las ganas de Gallardón de entrar en el Congreso de los Diputados (porque fue de la cámara no se hace nada en la política nacional como bien aprendió Hernández Mancha) y las insinuaciones del sempiterno Manuel Fraga sobre la necesidad de prepara la sucesión han provocado que el endeble liderazgo de Rajoy sea más evidente a público que nunca.

Mariano Rajoy ha hecho mal casi todo lo que en política ha hecho. Siempre ha sido un número dos, alguien que cuando ha gobernado ha sido a la sombra de otro. Su experiencia de cabecera de lista es un fracaso pasado y otro más que previsible. Rajoy no ha hecho oposición, se la han hecho y él ha sido un seguidor ciego de las consignas radicales que han descentrado al PP, quitándole la posibilidad de ganar las elecciones.

Todos han callado, pero casi todos han visto que esta estrategia iba dirigida al fracaso. Ahora que ya se preparan los trajes para los funerales políticos de la cúpula dirigente del PP y cada cual busca una buena posición en esos funerales, porque “a rey muerto, rey puesto” y corre la lista, de forma que el que era del montón se ve adelantado y el que estaba de mera comparsa sonriente se encuentra de líder.

La crisis del PP no es otra cosa que una especie de proceso de colocación electoral, pero no mirando al año 2008, sino al 2012 y después de haber hecho una oposición cabal. Nadie quiere quemarse ahora y por eso todo el mundo que aprecia su futuro político se procura un puesto discreto, para estar pero sin llamar la atención, tener su escaño sin soportar la hoguera redentora que entre los populares se preparan.

Todo ello es consecuencia de un vicio y de una virtud. El vicio no es otra cosa que entregarse a las más variadas “teorías de la conspiración” y a enseñar lo verdaderamente derechizado que está el PP. La virtud ha sido la del Gobierno de España: gobernar con orden, sin gritar y procurando el bienestar general de todos los ciudadanos.

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