Manuel Calleja Salado, Sevilla, 1974, licenciado en Derecho y en Filosofía por la Universidad de Sevilla, es profesor en el IES Luis de Camoens de nuestra ciudad. Así mismo, es miembro del Consejo Sindical de CC.OO. de Ceuta, consejero del CES de la Ciudad Autónoma y militante del PSOE ceutí.
Como autor, ha desarrollado temas relacionados con el Derecho Constitucional y el pensamiento contemporáneo en diversas publicaciones especializadas. Desde noviembre de 2006, cuenta con una columna semanal titulada "Asimetrías Urbanas" en el diario El Faro de Ceuta. |
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Asimetrías Urbanas
Ceuta, 22 de agosto de 2007
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Karl Rove y el final de una época
Manuel Calleja
La dimisión de Karl Rove no marca el inicio de una época de declive en el mandato presidencial de George W. Bush (el llamado “año del pato cojo”), sino que es el máximo exponente de las tensiones que el mandatario republicano y que su partido están soportando desde hace más de tres años. El poyo incondicional que la clase política y la población estadounidense le prestaron en 2001, como respuesta al más grande ataque terrorista de la historia, se ha ido transformando en una desilusión y desconfianza, teniendo por consecuencia la sensación de traición respecto de la confianza depositada. Ahora todos los precandidatos republicanos, casi sin excepción, buscan la manera de separarse del actual Presidente tanto en algunas de las materias más decisivas como, sobre todo, en el estilo. Karl Rove y el poder atesorado como jefe de gabinete adjunto es un producto típico del sistema político norteamericano, en el que el poder ejecutivo federal se considera, constitucional y doctrinalmente, de carácter unipersonal. Es cada presidente el que diseña el juego de poderes dentro del poder ejecutivo, siendo el más poderoso el que tenga más acceso al presidente y cuyos consejos sean más escuchados. Él fue quién hizo de un gobernador poco carismático y con antecedentes familiares dudosos, un líder de todos los movimientos conservadores de los Estados Unidos. Una estrategia que no sólo se circunscribía a la figura del Presidente, sino que se extendía a todos los representantes y senadores del Congreso, con la idea de formar una base social e ideológica que pusiera en marcha un imperio conservador de mil años, parafraseando al poeta romántico Novalis. Los que miramos la política norteamericana según nuestros intereses nacionales, creemos que las elecciones en aquel país, así como los giros decisivos de su política, se deben a los éxitos internacional del Presidente. Nada es más contrario a la realidad. El elector norteamericano considera que la política internacional es más un entretenimiento de presidentes fracasados en la política nacional, y votan según criterios domésticos, no por la proyección internacional de su federación que es algo que dan por hecho dada su capacidad militar. Un grave problema deviene para un presidente cuando un asunto internacional se transforma en nacional. Bush, después de 2001 y con cierta razón, hizo de la lucha contra el terrorismo la principal cuestión de su Administración y por ello envió tropas a Afganistán y a Irak. Lo que fue inicialmente una marcha triunfal sobre Bagdad, se ha tornado en una interminable sucesión de atentados en terreno urbano, donde la superioridad militar y tecnológica de los norteamericanos queda en suspenso. El alto número de bajas entre los tropas estadounidense (una mínima cantidad en comparación con las bajas iraquíes) ha llevado a que una parte sustancial de los norteamericanos comenzaran a preguntarse no sólo sobre el sentido no de la permanencia de los soldados, sino sobre las justificaciones que se esgrimieron para desencadenar el conflicto. Ello ha llevado a tocar uno de los puntos fundamentales de la política presidencial y, traducido políticamente, ha dado en bandeja el control del Congreso al Partido Demócrata. El dominio conservador y la aniquilación de todo lo liberal (un sinónimo de “izquierda” en Estados Unidos) parecía asegurado. Después de Bill Clinton, el Partido Demócrata estaba sin líderes y poco cohesionado. Los errores de Bush y Rove (atrapado en sus propias trampas y que posiblemente le llevarán a sufrir algún procedimiento judicial) han dado alas a los demócratas, dirigidos por Pelosi, les ha otorgado hasta disciplina de voto (que es mucho decir en aquel país) y ha hecho que el candidato republicano favorito entre los votantes no partidistas sea un liberal, Giuliani. Si las anteriores elecciones se jugaban en terreno conservador, las actuales se disputarán en el liberal y, claro, ahora los demócratas juegan en casa.
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