Manuel Calleja Salado, Sevilla, 1974, licenciado en Derecho y en Filosofía por la Universidad de Sevilla, es profesor en el IES Luis de Camoens de nuestra ciudad. Así mismo, es miembro del Consejo Sindical de CC.OO. de Ceuta, consejero del CES de la Ciudad Autónoma y militante del PSOE ceutí.

Como autor, ha desarrollado temas relacionados con el Derecho Constitucional y el pensamiento contemporáneo en diversas publicaciones especializadas. Desde noviembre de 2006, cuenta con una columna semanal titulada "Asimetrías Urbanas" en el diario El Faro de Ceuta.

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Asimetrías Urbanas
Ceuta, 7 de febrero de 2007
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Cariño: ¿Qué hacemos con los niños?
Manuel Calleja

Hay grandes palabras, términos normalmente vacíos, que llenan horas de información. Se suceden los programas, los planeamientos y mil historias más sin que el dinero invertido ni las personas empleadas hayan servido para darse cuenta de lo más sencillo, de lo obvio.

Ceuta es una ciudad con muchos niños. Los padres se las ven y se las desean para encontrar lugares de esparcimiento para ellos, porque nuestra ciudad no tiene en cuenta a los niños. Poner tres columpios y un tobogán en una plazoleta o llamar “jardines” a lo que no es más que un parterre es un intento de insultar la inteligencia de todos los padres ceutíes.

Hay que reconocer que nuestros dirigentes no tienen en cuenta a la población infantil y menos aún a sus padres. A algunos se le llena la boca hablando de “protección a la familia”, pero no son capaces de liberar terreno de las garras de la especulación urbanística para construir parques y lugares aptos para los niños.

Puede parecer que este asunto es de poco calado político o de poca trascendencia. Quién así lo entienda está dando su perspectiva de lo que él entiende por política. Estos asuntos, por pequeños que puedan parecer, son los que diferencian una gestión atenta a las personas y a sus necesidades, de una política que sólo piensa en la permanencia en el poder, en los aires de grandeza y en el culto a la personalidad.

El parque de San Amaro se encuentra en un estado de abandono lamentable. Y ya no hay más. No tenemos una sola zona verde más en terreno urbano donde poder llevar a nuestros hijos, de forma cómoda para los padres y para los propios niños y, sobre todo, de forma segura.

Puede que los estrategas políticos piensen que darles a nuestros pequeños habitantes la posibilidad de jugar, de no estar todo el día encerrados en casa y hacer todo esto de forma segura no es rentable políticamente, esto es, que no van a arrancar ningún voto por hacerlo.

No sé si tienen razón o no la tienen. Pero lo que sí es meridianamente claro es que hay determinadas cosas que hay que hacerlas independientemente de los rendimientos electorales. No porque sea un capricho, sino porque tenemos derecho a ello. Proporcionar zonas verdes a los ciudadanos no es un regalo por parte de los políticos, sino que es darle efectividad al derecho a un medio ambiente sano, derecho fundamental tal y como lo ha reconocido en numerosas ocasiones por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, y normalmente en casos contra España, que algo querrá decir.

Los ciudadanos tenemos instrumentos en nuestras manos cuando los políticos conculcan nuestros derechos, cuando no tienen en cuenta a los pequeños de nuestra sociedad para favorecer a los que han conseguido hipotecar no metafóricamente nuestro presente, nuestro futuro y, si pudieran, nuestro pasado. Debemos pensar si merecen nuestra confianza los que hurtan a los niños el suelo para zonas verdes y lo entregan a constructores, dándonos las migajas del terreno como si fueran los parques que no tenemos.

Cariño, ¿qué hacemos con los niños? Pues nada, sólo queda ir a ver la construcción de edificios, porque hemos llegado al extremo de que en un pabellón deportivo siquiera dejan a los padres entrar para ver cómo sus hijos juegan al baloncesto.

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