Manuel Calleja Salado, Sevilla, 1974, licenciado en Derecho y en Filosofía por la Universidad de Sevilla, es profesor en el IES Luis de Camoens de nuestra ciudad. Así mismo, es miembro del Consejo Sindical de CC.OO. de Ceuta, consejero del CES de la Ciudad Autónoma y militante del PSOE ceutí.

Como autor, ha desarrollado temas relacionados con el Derecho Constitucional y el pensamiento contemporáneo en diversas publicaciones especializadas. Desde noviembre de 2006, cuenta con una columna semanal titulada "Asimetrías Urbanas" en el diario El Faro de Ceuta.

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Asimetrías Urbanas
Ceuta, 21 de febrero de 2007
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Aceras y alcantarillas
Manuel Calleja

Hasta finales del siglo XIX la acción política se dedicaba a las grandes cosas: a la guerra, a la sucesión a una u otra corona, a la conquista de unos kilómetros cuadrados de territorio o restañar cualquier honor vilipendiado y perdido en la noche de los tiempos. Las cosas pequeñas no tenían nada que ver con la política. Las cosas pequeñas eran absolutamente descuidadas. Las calles no estaban pavimentadas y los sistemas de alcantarillados eran un recuerdo del pasado romano. Todo rezumaba suciedad y podredumbre. Los altos impuestos que soportaban los más desfavorecidos se destinaban a los asuntos y ambiciones de unos pocos, lo más favorecidos. La política era un simple instrumento de realización personal de quiénes se encontraban en la cúspide del sistema social.

Un complejísimo conjunto de factores determinó que la acción política tuviera que centrarse en el beneficio directo de sus ciudadanos, desviando determinados recursos de los grandes temas a los pequeños temas. Se descubrió que a las personas lo que realmente les preocupaba son los pequeños temas, aquellos que afectan directamente a su vida diaria, aquellos que hacen que su hábitat sea confortable, cómodo y digno de los seres humanos.

Muchas veces, las personas que nos dirigen en el ámbito local olvidan la importancia de las pequeñas cosas. Pavimentación y alcantarillado son parte de estas pequeñas cosas, que son de primera importancia, aunque su tamaño sea a veces insignificante.

Un agujero en una acera, con la anchura suficiente como para que una persona pueda introducir su pie en él y producirse una lesión no es, sin duda, una causa para que un gobierno dimita, pero sí es una verdadera trastada para esa persona, que tendrá que afrontar una inmovilización, cuidados médicos y un periodo de rehabilitación. Un pie lesionado o un tobillo roto pueden causar perjuicios para la empresa en la que trabaja, repercutir en sus expectativas si es un joven o un estudiante, o bien dejar a un familiar sin sus cuidados indispensables.

Una alcantarilla tiene pocos centímetros cuadrados, pero cuando cae una lluvia contundente, esa mínima extensión se convierte en crucial para que nuestras calles no se conviertan en ríos, para que el agua no se estanque dando lugar a un cultivo extraordinario para toda clase de insectos portadores de enfermedades y, además, impide que el agua acumulada se meta en los locales comerciales de los empresarios, causando desperfectos y pérdidas económicas, cuando no la ruina.

Un agujero en la acera o una alcantarilla taponada puede parecerle a muchos que son cosas pequeñas y sin trascendencia política. Puede que tengan razón, pero es igualmente verdadero que muchas veces las cosas pequeñas tienen consecuencias terribles para personas concretas, para ciudadanos con nombre y apellidos, con vida y familia, con un negocio o unas esperanzas puestas en algo venidero.

Es probable que los grandes estadistas no se ocupen por la pavimentación de las calles de sus ciudades ni sepan cuál es el estado de la red de alcantarillado de las urbes de su país. En cambio, hay personas que pensamos que los Estados, las naciones y los estadistas se construyen sobre la atención a las pequeñas cosas, a los servicios que los ciudadanos dan por descontado, sin réditos electorales y políticos. Se puede construir un país o una ciudad desde arriba, sin tener en cuenta los detalles vitales para las personas concretas; aún cabe otra opción: que las ciudades y los países se construyan sobre la atención a las pequeñas cosas, atendiendo a los intereses que no llegaran a ningún libro de historia, aunque sí se tendrá la conciencia tranquila de que se ha hecho lo posible para hacer más llevadera y feliz la vida de nuestros vecinos.

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