Juan Carrasco De las Heras nació en Ceuta en abril de 1976, aunque desde hace años vive principalmente en Granada, donde cursa la carrera de Física.
Su mayor afición y pasión desde la infancia es el cine de todas las épocas y estilos, que lo ha convertido en un todoterreno de la materia. Colaboraciones en revistas universitarias entre otras publicaciones, cursos de crítica en la Facultad de Filosofía y Letras y otras actividades socioculturales han dado salida a sus inquietudes entre las que el cine siempre ha contado con un lugar de honor. Desde julio de 2004 es el responsable de una sección semanal titulada "La Opinión del Espectador" en el diario "El Faro de Ceuta". Se declara ferviente admirador del Clint Eastwood director de cine, de la corrosiva ironía de Groucho Marx y de Vito Corleone. En las largas temporadas que pasa fuera de su ciudad, siempre tiene un segundo de nostalgia cuando le cuenta a alguien que es un "homínido ceutí" en el exilio. Email: corleonne76@yahoo.es |
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Fila 7
Ceuta, 7 de marzo de 2008
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Dignidad política
Juan Carrasco
Hoy no es día para hablar de algo tan lúdico como el cine. No sólo estaría fuera de lugar, sino que, además, no me apetece en absoluto. Porque ha ocurrido lo que se venía barruntando hace tiempo: ETA ha realizado su particular contribución a la campaña electoral asesinando cruel, cobarde y vilmente a Isaías Carrasco, un pobre hombre que no había hecho mal a nadie y cuya sentencia de muerte ha sido haber desempeñado la labor de concejal en Mondragón como militante del Partido Socialista. Esta piara de asesinos, porque ni el nombre de "banda" se merecen, ha vuelto a conseguir que se hable de ellos (ya advirtieron que, de un modo u otro, "estarían en las elecciones"), y lo han hecho de la única forma que saben; porque, no nos engañemos, ni tienen disposición ni son capaces de expresarse de otra manera. Uno se para a pensar y no es capaz de entender -por mucho que se fanaticen las cosas y se tuviera auténtica convicción en esa supuesta lucha armada con un único contrincante-, cómo un ser humano es capaz de acercarse a otro por la espalda y erigirse con el derecho a quitarle la vida. ¿Cómo es posible que una persona pueda disparar en la nuca a nadie y poder dormir un solo minuto en lo que resta de su patética existencia sin sentido? España está hoy entristecida ante la injusticia, la rabia y la frustración de semejante canallada, y no para de pensar en qué situación quedan esa esposa y esos tres hijos, cuyas almas este asesinato ha agujereado a mordiscos para siempre. Los principales partidos políticos, con la lógica que debe imponerse, han anunciado que lo que ha ocurrido es tan grave que pone punto y final a la campaña electoral, y "alea jacta est". Pero, además, si de verdad existe dignidad política en este país, no es momento de disensiones, y lo único que se puede hacer, además de condenar, es estar unidos. Me gustaría ver en los próximos días en una manifestación, junto a muchos otros españoles anónimos, a los dirigentes de todos los partidos democráticos (porque, aunque últimamente lo parezca, no se reduce la carrera a dos únicos pilotos). La lección que le debe quedar a estos delincuentes es que su "hazaña" solamente ha conseguido lo que parecía imposible: que los políticos se pongan de acuerdo en algo (y más en plena campaña). Si de verdad se piensa en el pueblo, se olvidarán unos de intentar ganar votos con el "ya te lo dije", y otros de volver a decir "pues en mi legislatura ha habido menos muertos". Si de verdad hay vergüenza, los únicos que a partir de hoy mismo deberían usar a los muertos son los asesinos: y sería para unir a una dolorida España que se siente dividida políticamente, pero está de acuerdo en decir que ya basta. Y ese "ya basta" dicho al unísono y a gritos, en el pasado lo hemos comprobado, les debilita. Porque todo lo que nos haga navegar en el mismo barco les debilita a ellos. Dicen que no hay nada que una más que un enemigo común (cochina naturaleza humana); pues con gran diligencia ETA se ha encargado de recordar a todos el rostro (siempre encapuchado) del verdadero enemigo. Anhelo con todas mis fuerzas que mi país, además de un poco más triste, hoy también se sienta más unido.
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