Juan Carrasco De las Heras nació en Ceuta en abril de 1976, aunque desde hace años vive principalmente en Granada, donde cursa la carrera de Física.

Su mayor afición y pasión desde la infancia es el cine de todas las épocas y estilos, que lo ha convertido en un todoterreno de la materia. Colaboraciones en revistas universitarias entre otras publicaciones, cursos de crítica en la Facultad de Filosofía y Letras y otras actividades socioculturales han dado salida a sus inquietudes entre las que el cine siempre ha contado con un lugar de honor.

Desde julio de 2004 es el responsable de una sección semanal titulada "La Opinión del Espectador" en el diario "El Faro de Ceuta". Se declara ferviente admirador del Clint Eastwood director de cine, de la corrosiva ironía de Groucho Marx y de Vito Corleone. En las largas temporadas que pasa fuera de su ciudad, siempre tiene un segundo de nostalgia cuando le cuenta a alguien que es un "homínido ceutí" en el exilio.

Email: corleonne76@yahoo.es








Fila 7
Ceuta, 22 de noviembre de 2007
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La silla vacía de Fernando
Juan Carrasco
Cuando uno echa la vista atrás y se acuerda de figuras de talla mundial como Carlos V, Cervantes o Velázquez, se da cuenta de lo que ha sido España en otros tiempos. La muerte de Fernando Fernán Gómez nos hace hoy un poco más pequeñitos y nos arrebata el presumir de tener en casa viviendo a un Patrimonio Cultural de la Humanidad de la talla de este gran artista. Y digo artista porque llamarle actor sería pasar por alto su dilatado historial como director o escritor; y todo lo hizo bien. Algunos tendrán el mal gusto de colocar ahora encabezando sus méritos el haber puesto de moda la frase "¡a la mierda!". Y bien es cierto que este pelirrojo desgarbado tenía fama de hosco y huraño, él mismo decía que a veces maleducado: igual de cierto es que siempre lo quisieron y respetaron sus compañeros de profesión.

A su talento interpretativo nato había que sumarle una manera cercana y natural de trabajar, cosas de la experiencia, que te hacía pensar que para él, el plató de rodaje era como una salita de estar. En la retina deja actuaciones tiernas, divertidas, entrañables y desgarradoras, porque, como ya he comentado, se atrevía con lo que fuera y además lo hacía bien -enumerar ejemplos aquí sería una falta de respeto a todos (muchísimos) sus demás trabajos.

Se reconocía a sí mismo como un narrador: transmitía a través de sus personajes, con sus historias, con sus libros y con su inconfundible e inimitable voz (me quedo con ese anuncio de cerveza que aún están emitiendo por televisión: eso sí es dar vida a un texto cuando se lee).

Su currículum es sencillamente perfecto: protagonizó casi doscientas películas y dirigió una veintena, participó en innumerables obras de teatro y dejó manuscrito su legado en otros tantos libros. Por todo ello, el sillón B de la Real Academia Española -su silla se queda muy, muy vacía- recibió siete premios Goya (cuatro en 1986 en diferentes categorías, en 1992, 1998 y 2001: nadie ha conseguido tantos), el Premio Nacional de Cinematografía o el Príncipe de Asturias de las Artes (en 1995), el Premio Donostia del Festival de San Sebastián de 2000, el Oso de Oro del Festival de Berlín de 2005. Lo ha ganado todo en vida; afortunadamente no tiene muchos reconocimientos póstumos que recibir, que esos no sirven para nada y, por definición, siempre llegan tarde.

Se nos ha ido el padre de Belle epoque, El abuelo, el maravilloso profesor de La lengua de las mariposas, el señor de Murcia de Ninette y muchos otros... Al final de su vida, la grandeza de una personalidad de su talla artística reside en que gente como yo, que jamás lo llegó siquiera a ver en persona, se apene por su trágica desaparición y le eche de menos en el futuro. Como se dice en estas circunstancias, descanse en paz, maestro. Le seguiremos recordando en las pantallas, o entre sus queridas letras, ya sean de libros escritos por usted o los de Historia del mañana.
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