Juan Carrasco De las Heras nació en Ceuta en abril de 1976, aunque desde hace años vive principalmente en Granada, donde cursa la carrera de Física.

Su mayor afición y pasión desde la infancia es el cine de todas las épocas y estilos, que lo ha convertido en un todoterreno de la materia. Colaboraciones en revistas universitarias entre otras publicaciones, cursos de crítica en la Facultad de Filosofía y Letras y otras actividades socioculturales han dado salida a sus inquietudes entre las que el cine siempre ha contado con un lugar de honor.

Desde julio de 2004 es el responsable de una sección semanal titulada "La Opinión del Espectador" en el diario "El Faro de Ceuta". Se declara ferviente admirador del Clint Eastwood director de cine, de la corrosiva ironía de Groucho Marx y de Vito Corleone. En las largas temporadas que pasa fuera de su ciudad, siempre tiene un segundo de nostalgia cuando le cuenta a alguien que es un "homínido ceutí" en el exilio.

Email: corleonne76@yahoo.es








Fila 7
Ceuta, 23 de julio de 2007
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La culpa es nuestra
Juan Carrasco
Recuerdo una época ya lejana en la que ver cine francés era símbolo de ser muy chic y entendido en la materia. El cine del país vecino, por definición, ya fuera maravilloso o vomitivo, era la releche en polvo: Truffaut, Renoir, Godard… los gabachos sí que sabían de arte, y no las “españoladas” esas. Después, con la globalización, las fronteras de lo cinematográficamente maravilloso por decreto “de los que saben de esto” se ampliaron al cine europeo en el amplio sentido de la palabra. Más allá de los Visconti, Jeunet o Haneke, estamos poniendo el punto de mira en la Europa nórdica y del este con esos pedazos de realismo en forma de cámara en mano a pie de guerra de los ex yugoslavos como Kusturika o del nombrado sucesor de Dreyer en Dinamarca, el reaccionario Lars Von Trier.

Pues ahora lo más “in” resulta que es el cine oriental: nuevamente la imparable globalización, que está eliminando las fronteras a patadas. Esos genios de ojos rasgados tenían que haber llegado a enseñarnos de cine mucho antes. Ríanse de Berlanga, Buñuel o Almodóvar. Estos, definitivamente, son los que saben.

Ironías aparte, yo no dudo que Kim Ki-duk, Wong Kar-Wai o Lars von Trier sean grandes cineastas; sería un necio negando la evidencia. Lo que sí que afirmo es que en todos lados cuecen habas, y que el arte no es cosa de modas. Al pseudo intelectualoide con gafas de pasta que sale del cine boquiabierto con una película por ser coreana o china (alguno me he topado últimamente) le hacía yo tragar cine insufrible-experimental de autor desconocido de Madagascar para desayunar; sin cámaras delante o espectadores mortales en la butaca de al lado a los que impresionar hablando de ángulos y planos con el piloto automático sin saber lo que están graznando. Harina de otro costal es el archifamoso topicazo del cine iraní… Señores, la calidad del cine no tiene pasaporte.

Si no tuvieran seguidorcillos talibanes que besan donde pisan, los grandes cineastas de nuestra era no se creerían la raza aria del séptimo arte, y talentos indiscutibles como von Trier  no nos vendrían con la cachondada del Dogma 95, que él mismo se pasa por el forro de sus santísimos cuando ya tiene miles de apóstoles; tampoco se reiría el danés del respetable con encuadres automáticos y cortes aleatorios en su última “comedia”, El jefe de todo esto, divertida pero desmejorada por ser tan “guay”. También me parece incomprensible la bola que se le ha dado a obras como Fallen angels, de Wong Kar-Wai, en la que hay personajes interesantes, momentos brillantes, pero acabas mareado de ver, pegue o no, cómo cada secuencia acaba con la cámara torcida, provocándonos tortícolis crónica; pero hay que decir luego que es un tipo valiente y arriesgado, un ejemplo del expresionismo de la nueva ola oriental.

Todo esto provoca un cisma enorme entre los que se consideran entendidos, que adoran nombres, y no trabajos, y los que ven basura y aburrimiento. Pues ni una cosa ni otra. Los genios experimentan, tropiezan, tienen momentos flojos y se equivocan, y saberlo les servirá para ser cada vez más grandes y no dispersarse en su propia grandeza buceando entre “lamerectos”. El cine se está muriendo y en manos de estos megalómanos está su supervivencia. Que los dioses nos pillen confesados. Alguien dijo alguna vez que la palabra genio siempre se concede a título póstumo. Mientras tanto, todo el mundo es de carne y hueso…

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