Juan Carrasco De las Heras nació en Ceuta en abril de 1976, aunque desde hace años vive principalmente en Granada, donde cursa la carrera de Física.
Su mayor afición y pasión desde la infancia es el cine de todas las épocas y estilos, que lo ha convertido en un todoterreno de la materia. Colaboraciones en revistas universitarias entre otras publicaciones, cursos de crítica en la Facultad de Filosofía y Letras y otras actividades socioculturales han dado salida a sus inquietudes entre las que el cine siempre ha contado con un lugar de honor. Desde julio de 2004 es el responsable de una sección semanal titulada "La Opinión del Espectador" en el diario "El Faro de Ceuta". Se declara ferviente admirador del Clint Eastwood director de cine, de la corrosiva ironía de Groucho Marx y de Vito Corleone. En las largas temporadas que pasa fuera de su ciudad, siempre tiene un segundo de nostalgia cuando le cuenta a alguien que es un "homínido ceutí" en el exilio. Email: corleonne76@yahoo.es |
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Fila 7
Ceuta, 15 de marzo de 2007
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Recapitulando
Juan Carrasco
La semana pasada tuve la suerte y el enorme placer de ser (estupendamente) acogido por la ciudad de Motril para participar en las VI Jornadas sobre Derechos Humanos e Inmigración, un evento magníficamente llevado a la realidad que para mi Ceuta y sus circunstancias quisiera yo. Los asistentes pudimos sumergirnos con escafandra en las complicadas profundidades de conceptos como libertad, solidaridad, temor a lo desconocido, desesperanza, justicia, igualdad de oportunidades, derechos y deberes, y tantos otros asuntos de trascendente actualidad. Me llamó la atención especialmente el comienzo de una ponencia parafraseando al escritor Max Frisch con su “buscábamos mano de obra y nos llegaron personas”, referido a la reconstrucción de la Alemania derrotada en la guerra con la inestimable ayuda del trabajador foráneo. Tampoco se le queda atrás alguien que dejó la siguiente pregunta en el aire: “¿de quién es el mundo?” -¿alguna vez han reflexionado sobre ello?; la respuesta, si es que sólo hay una, no tiene desperdicio, y daría para horas de interesante debate-.
Para suavizar tanta trascendencia y tomar algo de oxígeno, salíamos a la superficie a navegar un rato en las anécdotas e historias, mil, que los participantes estaban dispuestos a compartir generosamente. Algunas eran amables, como la del amparo que le otorgó Chile a sus hermanos españoles, refugiados políticos entre los que se encontraban enormes cerebros que contribuyeron de manera incalculable al desarrollo del país austral; otras anécdotas, por el contrario, eran terribles, como el caso del testigo presencial que nos contaba como en alguna ciudad de China existen colas enormes de personas en las puertas de las multinacionales por si hay algún despido, o alguien fallece, para ocupar automáticamente y por estricto orden de llegada el puesto vacante. Pero si he de quedarme con algo de estas jornadas, lo haré con un par de instantaneas mentales. La primera retrata a Fuad Lasdaoui, miembro de la organización de Tetuán Anjal, que trabaja con niños de la calle, mientras nos enseña de forma improvisada con cara de verdadero orgullo y felicidad fotos de “sus niños”, insertados en la sociedad y realizando actividades culturales. El segundo retrato mental tiene que ver con la conferencia del escritor chileno Luis Sepúlveda que, de entre tanta cara ilustre de juez, catedrático o abogado fue quien arrancó los aplausos más calurosos; pero es lo que tiene ser un cuenta historias profesional, y de los buenos. A mi lado, sentado con aspecto de interés por lo que allí se decía, había un muchacho moreno de tez cobriza claramente latinoamericana que no dijo una sola palabra en todas las jornadas. Sepúlveda nos contaba una anécdota sobre alguien que con la única ayuda de una bicicleta y unos guantes de goma saltó nada menos que la vaya electrificada que separa Estados Unidos y Méjico, y se convirtió en un mito gracias al boca a boca de los que allí se encontraban. Aparentemente estábamos oyendo una historia simpática, pero cuál fue mi sorpresa cuando me percaté de que a aquel muchacho hispanoamericano sentado a mi lado le estaban resbalando por las mejillas dos lágrimas enormes. Se las secó y siguió con el mismo interés el resto del relato. Aunque mi imaginación me da mil detalles del motivo de esas silenciosas lágrimas del misterioso compañero de asiento, el caso es que, como ya he apuntado, no dijo una sola palabra en todas las jornadas. El evento acabó, recogió sus papeles y se marchó de allí tal y como llegó, sin llamar la atención. Sin embargo, después de aquello yo me he sentido como nunca de “menos distinto” al resto de las personas que me rodean.
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