Juan Carrasco De las Heras nació en Ceuta en abril de 1976, aunque desde hace años vive principalmente en Granada, donde cursa la carrera de Física.
Su mayor afición y pasión desde la infancia es el cine de todas las épocas y estilos, que lo ha convertido en un todoterreno de la materia. Colaboraciones en revistas universitarias entre otras publicaciones, cursos de crítica en la Facultad de Filosofía y Letras y otras actividades socioculturales han dado salida a sus inquietudes entre las que el cine siempre ha contado con un lugar de honor. Desde julio de 2004 es el responsable de una sección semanal titulada "La Opinión del Espectador" en el diario "El Faro de Ceuta". Se declara ferviente admirador del Clint Eastwood director de cine, de la corrosiva ironía de Groucho Marx y de Vito Corleone. En las largas temporadas que pasa fuera de su ciudad, siempre tiene un segundo de nostalgia cuando le cuenta a alguien que es un "homínido ceutí" en el exilio. Email: corleonne76@yahoo.es |
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Fila 7
Ceuta, 27 de febrero de 2007
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Honor
Juan Carrasco
Eastwood lo ha vuelto a hacer. Ha vuelto a colar una película con todo merecimiento en lo que puede llamarse mejor del curso cinematográfico. Menuda racha lleva; a ver quién duda que esté en plena forma (más bien como nunca) a su edad. Este film viene a repasar la otra cara de la misma moneda que nos planteó hace un mes con Banderas de nuestros padres, la primera de las dos visiones (la estadounidense) sobre la tremenda y trascendente batalla en la pequeña isla de Iwo Jima, de gran importancia estratégica. En esta ocasión, es el bando japonés en el que el realizador se adentra para mostrar desde la humanidad lo terrible e inútil de la guerra. En conjunto, estas dos estupendas películas se antojan uno de los mayores alegatos antibelicistas que ha dado el género. El realizador plasma con extrema sobriedad, colorido casi sepia y la maestría a la que nos tiene acostumbrados la cara cercana del soldado más desconocido, que a fin de cuentas es la misma que la de cualquier soldado con otro uniforme, en otro campo de batalla, o en otra época. La perfecta comunión entre director y magníficos actores -destacando a un impecable Ken Watanabe en el papel protagonista, que injustamente se ha quedado fuera de la nominación al Oscar- nos hace asistir conteniendo la respiración a la situación poco antes del desembarco enemigo de un grupo de hombres con mentalidad disciplinada, estricto código de honor, pero de carne y hueso, con sus miedos, sus odios, desconfianzas o desesperanzas. Saben que van a morir, tienen muy claro cual es su obligación, y cada cual lo lleva como puede o debe. Con respecto a la visión americana de la contienda, esta segunda película afianza conceptos que a aquélla le quedaban algo sueltos y logra dar el salto de buena a memorable. Consigue armar un guión mucho más completo que el de Banderas de nuestros padres en lo que a las relaciones de los soldados se refiere, centrándose con inteligencia en seguir la pista a unos pocos y distinguibles personajes para que el público no se pierda entre tanto ojo rasgado. Así, conectamos fácilmente con unos protagonistas que nos llenan más, funcionando mucho mejor el seguimiento de sus historias y de los flashbacks que se van sucediendo. Por todo, esta cinta prácticamente no necesita de la primera más que para seguir paralelismos y disfrutar con escenas vistas desde las dos orillas, mientras que la visión norteamericana sí se nutre y completa con la espera japonesa de la batalla. Esta ojeada nipona es claramente un proyecto bastante más intimista y personal de Eastwood (Spielberg, coproductor, ha influido en el cómo bastante poco), que con sus ya clásicos (en el amplio sentido de la palabra) planos claroscuros contemplativos y espirituales se aleja de todo convencionalismo comercial; por ello y por estar rodada (otro detalle que aporta veracidad) en japonés, muchos no conectarán con su tono poético y otros la acusarán de ser lenta. Maneja un tema tan terrible y emotivo desde la contención típicamente propia del pueblo nipón, y así huye con honestidad de sentimentalismos efectistas, como sólo un gran narrador sabe hacer. Así las cosas, nos encontramos ante la cinta más arriesgada de la ya dilatada carrera como director de este grande del cine, pero también una de las más personales. Mientras escribo estas líneas, todavía desconozco lo que vaya a acontecer en la noche de los Oscar, pero la opinión que de verdad importa es la de cada uno, y Cartas desde Iwo Jima es para mí, la mejor película (americana) del año. Dirección: Clint Eastwood. Duración: 140 min. Intérpretes: Ken Watanabe (general Tadamichi Kuribayashi), Kazunari Ninomiya (Saigo), Tsuyoshi Ihara (barón Nishi), Ryo Kase (Shimizu), Shidou Nakamura (teniente Ito), Nae (Hanako), Hiroshi Watanabe (teniente Fujita). Guión: Iris Yamashita y Paul Haggis. Producción: Clint Eastwood, Steven Spielberg y Robert Lorenz. Fotografía: Tom Stern. Puntuación: 9
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