Juan Carrasco De las Heras nació en Ceuta en abril de 1976, aunque desde hace años vive principalmente en Granada, donde cursa la carrera de Física.

Su mayor afición y pasión desde la infancia es el cine de todas las épocas y estilos, que lo ha convertido en un todoterreno de la materia. Colaboraciones en revistas universitarias entre otras publicaciones, cursos de crítica en la Facultad de Filosofía y Letras y otras actividades socioculturales han dado salida a sus inquietudes entre las que el cine siempre ha contado con un lugar de honor.

Desde julio de 2004 es el responsable de una sección semanal titulada "La Opinión del Espectador" en el diario "El Faro de Ceuta". Se declara ferviente admirador del Clint Eastwood director de cine, de la corrosiva ironía de Groucho Marx y de Vito Corleone. En las largas temporadas que pasa fuera de su ciudad, siempre tiene un segundo de nostalgia cuando le cuenta a alguien que es un "homínido ceutí" en el exilio.

Email: corleonne76@yahoo.es








Fila 7
Ceuta, 28 de julio de 2006
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La Ley de Murphy
Juan Carrasco
¿En qué narices estaría yo pensando cuando decidí que no merecía la pena llevarme de viaje el coche para cuatro días? Nada más llegar al andén de la estación, al meter mi bolsa en el portaequipajes del autobús, la primera en la frente: un fulano rapado al cero, vestido con una camiseta de Ronaldo de cuando estaba en el Barcelona (a la última, el muchacho), y con cara de asesino en serie que come niños para merendar, me arrea un pisotón que aún estoy viendo las estrellas, sin inmutarse, como si yo fuera invisible; y todo ello para acercarse al maletero y lanzar cual fardo su enorme maletón encima de mi delicada bolsa de viaje –casi no exagero si les digo que prácticamente la oí gimotear tras el ¡chooof! de la abusona del mangurrino en cuestión-. Y aún no había subido al autobús...

Una vez dentro, me siento en mi sitio y al poco aparece mi compañero de viaje del asiento de al lado. ¿Adivinan? Cincuenta plazas que tiene el vehículo y, puñetera Ley de Murphy, el comeniños tenía que tocarme a mí. Porca miseria.

“Bueno, no seas negativo, que igual se duerme o algo”, me decía a mí mismo para animarme, pero a los diez segundos ya estaba arreándome un codazo o un pisotón cada vez que se meneaba, y no veas lo intranquilo que puede ser un becerro de viaje. Enseguida me di cuenta de que lo de ignorar mi presencia no era nada personal, porque se comportaba como si estuviese él solito en la terraza de su casa en vez de en un transporte público atestado de gente.

Total, a esas que el bus arranca y los dos tipos que tengo delante (uno vestido con pantalón corto-safari, chanclas de playa, camiseta, gorra de “Terra Mítica” y chaqueta de vestir; el otro vestido como una persona) comienzan a hablar en árabe, creo, ya que para mí era como arameo, y no hay cosa que me maree más cuando viajo que oír hablar como cotorras en un idioma que no entiendo, porque me cuesta un mundo abstraerme.

Pienso que debo haber hecho algo malo en otra vida y, seguidamente, oigo a una tipa bramarle a grito pelado a su hija: “¡Zirviaaaa, baha er mepetré, que te vah a queá zorda!”. “Argggg, prefiero el arameo, prefiero el arameo; prometo no ser un quejica”, pienso mientras miro por la ventana buscando sin suerte la manera de salir de allí. Por cierto, que el volumen del chunda-chunda que tenía puesto la criaturita era, efectivamente, casi tan alto como el del grito de la madre.

Pasada una hora de suplicio con el cabestro de al lado ocupando literalmente su butaca y media de la mía –yo pensaba: “cualquiera le dice algo al animal éste sin que te mate”, mientras ponía pinta de: “te vas a librar porque soy educado y no quiero montar un espectáculo”-, llegó el momento de la parada para estirar las piernas, y con ella mi oportunidad. El gachó se levanta y me dice (sabía hablar y todo): “ví a bahá, si viene arguien, er sitio tá ocupao” –“o te doy doh gofetás”, le faltó añadir al elocuente discurso-, se dio media vuelta y bajó. Para cuando volvió, su sitio ya lo ocupaba una oronda señora a la que yo mismo había ayudado a sentarse. “Oye, que yostaba ahí”, le dice el Ronaldo de pega, y yo me partía de risa por dentro cuando ella le respondió: “¿ein?”, con cara de: “¿tú y cuántas grúas vais a levantarme de aquí?”. El tío había encontrado la horma de su zapato, y tuvo que irse para atrás despotricando mientras yo, muy sonriente, me encogía de hombros con cara de: “yo se lo he dicho pero no me ha hecho caso”, y pensando: “anda y vete a pisar y dar codazos a tu señora madre”.

Poco después, Zirvia volvió a subir el volumen de su mepetré. El viaje iba a ser largo...

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