Juan Carrasco De las Heras nació en Ceuta en abril de 1976, aunque desde hace años vive principalmente en Granada, donde cursa la carrera de Física.
Su mayor afición y pasión desde la infancia es el cine de todas las épocas y estilos, que lo ha convertido en un todoterreno de la materia. Colaboraciones en revistas universitarias entre otras publicaciones, cursos de crítica en la Facultad de Filosofía y Letras y otras actividades socioculturales han dado salida a sus inquietudes entre las que el cine siempre ha contado con un lugar de honor. Desde julio de 2004 es el responsable de una sección semanal titulada "La Opinión del Espectador" en el diario "El Faro de Ceuta". Se declara ferviente admirador del Clint Eastwood director de cine, de la corrosiva ironía de Groucho Marx y de Vito Corleone. En las largas temporadas que pasa fuera de su ciudad, siempre tiene un segundo de nostalgia cuando le cuenta a alguien que es un "homínido ceutí" en el exilio. Email: corleonne76@yahoo.es |
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Fila 7
Ceuta, 29 de marzo de 2006
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Juan Carrasco
Cuando un tipo con la cabeza rapada, camiseta negra que pone algo que sólo él entiende, pero a juzgar por su cara bien podría decir en klingon “Genius At Work”, con gafas de montura de pasta negra (esto muy importante), y que se hace denominar crítico de cine dice que una peli es una obra de un “director de culto”, mal asunto. Terrence Malick, el autor de El Nuevo Mundo, es, según numerosos y reputados entendidos, un “director de culto”. Por tanto, no ser del refinado gusto de sus “poesías hechas cine”, es síntoma de no saber de este arte, y de no engrosar la enorme lista de seres superiores del celuloide que tienen el don de ver más allá del entretenimiento. Pues bien, si me perdonan la osadía, y arriesgándome a no poder llevar nunca gafas de pasta negra, y quedándome atrás en la carrera de “soy el que más sabe de cine del mundo” -con nombre de programa de Cuatro escrito en mi propia camiseta friki y todo-, debo reconocer que soy un pobre mortal que fue superado por el tipo de estupefaciente que ingirió para desayunar Terrence Malik, el genio -ni los detractores de la cinta se atreven a dar mala puntuación, así que deberá serlo o algo…-, cada día del rodaje de ésta su “obra de culto”. Imagino también que seré considerado sacrílego y demencialmente osado por parte de mis colegas “opinadores de cine” al resaltar que me aburrí más que un delfín en un acuario, porque suena feo que no te guste la obra de un autor de prestigio, basada en la reflexión humana, el preciosismo y la metáfora existencial; pero no es toda esta lírica lo que la hace aburrida, sino el planteamiento minimalista – tanto que los personajes apenas hablan entre ellos, supliendo con voces en off que normalmente resaltan lo obvio o lo que no interesa-, y el ritmo cansino y soporífero (a veces hasta incoherente) capaz de aletargar al mayor fan del refinamiento visual. Que de eso hay que reconocer que tiene, porque la fotografía es absolutamente magistral, aunque deslucida por un montaje absurdo y demencial que enlaza con fundidos en negro cada vez que no se encuentra nexo de unión entre toma y toma; pediría que no se la perdieran (la fotografía, claro está), pero para ello tendrían que sufrir el resto de la obra durante dos horas y media. Haciendo alarde de autoadoración, el director, olvidándose de nimiedades como guión o interés general, se centra y recrea en los ascéticos planteamientos filosóficos y metafísicos que difícilmente tendrían los personajes que nos plantea, y en las circunstancias que nos propone. Igualmente desafortunada la intervención de Colin Farrell, en la piel del conquistador John Smith, enamorado por igual del nuevo mundo y de la princesa indígena. Últimamente está dando demasiados tumbos por los cines (a Alejandro Magno me remito), y parece querer ser recordado como creador del arte de la actuación con las cejas, sin mover ningún otro músculo del cuerpo, pero llega tarde: eso ya lo inventó mi socorrido Steven Seagal. La famosa Pocahontas –alias “mil modelitos” (eso sí, todos marrones) en esta peculiar visión de la historia- está encarnada por la primeriza Q'Orianka Kilcher, correcta en su papel, pero algo anodina interpretando un personaje que pretende ser inocente, pero logra parecer necesitar a “Super Nanny” para superar el parvulario, como el resto de su pueblo, por otro lado. Los secundarios, destacando un buen trabajo de Christian Bale (Batman Begins, American Psyco), bastante desaprovechados; como casi todo en esta cinta. Unos ven en esta película una maravilla inmortal, y yo me quedo como idea general con la parte de la historia en la que treinta soldados que pueden solos contra todo un pueblo indígena, después no son capaces de recoger cuatro plátanos entre todos para no morirse de hambre. Perdón por la insolencia. Dirección: Terrence Malick. Año: 2005. Duración: 150 min. Intérpretes: Colin Farrell (John Smith), Q'Orianka Kilcher (Pocahontas), Christopher Plummer (Capitán Newport), Christian Bale (John Rolfe), August Schellenberg (Powhatan). Música: James Horner. Fotografía: Emmanuel Lubezki. Puntuación: 3
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