Juan Carrasco De las Heras nació en Ceuta en abril de 1976, aunque desde hace años vive principalmente en Granada, donde cursa la carrera de Física.
Su mayor afición y pasión desde la infancia es el cine de todas las épocas y estilos, que lo ha convertido en un todoterreno de la materia. Colaboraciones en revistas universitarias entre otras publicaciones, cursos de crítica en la Facultad de Filosofía y Letras y otras actividades socioculturales han dado salida a sus inquietudes entre las que el cine siempre ha contado con un lugar de honor. Desde julio de 2004 es el responsable de una sección semanal titulada "La Opinión del Espectador" en el diario "El Faro de Ceuta". Se declara ferviente admirador del Clint Eastwood director de cine, de la corrosiva ironía de Groucho Marx y de Vito Corleone. En las largas temporadas que pasa fuera de su ciudad, siempre tiene un segundo de nostalgia cuando le cuenta a alguien que es un "homínido ceutí" en el exilio. Email: corleonne76@yahoo.es |
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Fila 7
Ceuta, 13 de junio de 2005
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Juan Carrasco
El imparable comercialismo de la industria del cine, tanto en España como fuera, la asemeja a un trasatlántico de poderosa maquinaria navegando firmemente en grandes círculos. Lo peor de todo es que el del cine es y seguirá siendo un viaje sin rumbo definido, porque así cumple perfectamente con lo que se espera de él: beneficios económicos para todos (productores, directores, distribuidoras, cines y un largo etc.) Pero antes de caer en victimismos facilones o de ponernos autocompasivos, mal por desgracia tan extendido en nuestro país, hay que analizar el porqué de esta realidad: los productores –de hecho, es más complicado, pero hay que simplificar centrándose en lo principal– no suelen atreverse a confiar en directores que se desmarquen con guiones arriesgados e inteligentes, que se aparten de personajes acartonados y explosiones por doquier en historias carentes de contenido con las que se aseguran de recuperar al menos el presupuesto invertido. Exceptuemos algunos casos de directores ya consagrados, famosos y con un buen número de ceros en su cuenta bancaria, que poco tienen que perder y se pueden permitir la frivolidad de tratar de obtener prestigio. El cine argentino –y, en alguna ocasión, el español o el italiano– es un pequeño oasis en ese desierto de metros de cinta reseca y manida. Pero, aunque son condenadamente buenos, la supervivencia cinematográfica también contribuye. Suplen con grandes dosis de ingenio y talento la falta de medios, resignándose a centrarse en lo que ya han convertido en el género propio de hacer grandes las pequeñas historias. Mal vamos, sin embargo, si el talento sólo aflora cuando no se cuenta con recursos económicos para realizar un “proyecto más seguro” que garantice la rentabilidad. En España, aparte de “fenómenos” como Almodóvar y Amenábar, que han tenido la constancia, suerte y capacidad necesarias para triunfar con lo poco que tenían en sus inicios y poder así “dejarse llevar” por grandes presupuestos, nadie puede competir con los gigantescos estudios hollywoodienses de palomitas, acción y “diversión asegurada”. Y eso que en nuestro país no podemos quejarnos –aunque lo hagamos, porque somos así por definición– del apoyo institucional. El problema es que aquí los productores, auténtico motor de esta industria, no se atreven, comprensiblemente, a participar en “proyectos arriesgados”, tanto por falta de mentalidad positiva como sobre todo por carencia de público. Justo ahí es donde quería llegar a parar. Como negocio que es, en el cine priman los beneficios, pero la clave somos los espectadores. Una película no es absolutamente nada sin un público que vaya al cine a verla o al videoclub a alquilarla. Sabiéndolo, los grandes magnates de este negocio –desgraciadamente, casi siempre de EEUU–, intentan manipularnos con una publicidad agresiva como principal arma, para que consideremos divertido lo que les resulta más fácil de hacer. Con sus enormes presupuestos, el menos ingenioso de los directores “se saca de la manga” una macroproducción de esas que, con una buena campaña publicitaria, todo el mundo va a ver: éxito garantizado. Así, cuanto mayor sea la inversión, mejores serán los resultados. Todo esto hace que los grandes estudios sean más grandes y que los pequeños inversores, cada vez más abrumados, ni puedan ni se atrevan a competir. Sin embargo, no debemos llegar a conclusiones erróneas: lo que hay que censurar no es el exceso de capital, sino la falta de creatividad que hace que las películas parezcan cortadas con el mismo patrón, lo cual puede conducir al acomodamiento del público. Un paso para la posible solución a todo esto puede ser, aunque resulte más fácil decirlo desde aquí que llevarlo a la práctica, estrenar menos cantidad y más calidad; esto ayudaría a veces a evitar contradicciones como la de culpar a los cines de no tener en cartel películas españolas que, por otro lado, no tenemos ninguna intención de ver. Por mucho que nos disguste, hay que reconocer que esos “extraterrestres” llamados franceses, que tienen criterio propio –aunque de debatible gusto, al menos es propio– y tanto cuidan su cine, son un fenómeno envidiable y cada vez más difícil de encontrar.
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