Juan Luis Aróstegui Ruiz es Licenciado en Económicas. Director del IES Puertas del Campo, Secretario General de la Unión Provincial de Comisiones Obreras en Ceuta (CCOO) y Fundador del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) del que actualmente es Coordinador de Política Municipal. Fue concejal y diputado de la Asamblea de la Ciudad de Ceuta entre 1.987 y 1.999, ostentando el cargo de Concejal de Economía y Hacienda entre Octubre de 1.988 y Mayo de 1991 en el Gobierno de PSOE-PSPC-CDS.
Columnista semanal de "El Faro de Ceuta" desde el año 2.001, con una sección titulada "El Dardo de los Jueves", donde da su visión sobre temas políticos y socialres, de actualidad o con repercusión en nuestra Ciudad. En el año 2.002 publicó un libro "Ceuta, a corazón abierto", en el cual se mostraba una selección de esos escritos publicados cada Jueves. |
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El Dardo de los Jueves
Ceuta, 5 de noviembre de 2009
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La ciénaga
Juan Luis Aróstegui
La lealtad se define acertadamente como un compromiso ineludible con la verdad. Ser leal en política no es fácil porque a menudo resulta sumamente incómodo para el que manda. Es por ello que las personas leales suelen terminar orilladas y remplazadas por dóciles figurantes sin más recorrido intelectual que aplaudir a rabiar por un sueldo. Es exactamente lo que le ha sucedido a nuestro Presidente. De una manera aún inexplicada ha transmutado en un adicto a la adulación que extermina cualquier vestigio de crítica, discrepancia o incluso advertencia. La consecuencia de este cambio de actitud no es baladí. La certeza de impunidad que provoca la eliminación de los controles éticos ha propiciado que la corrupción, en diversos grados y modalidades, haya ido contaminando paulatinamente toda la vida municipal. Ha convertido el Ayuntamiento en una ciénaga. El Presidente es plenamente consciente de la marea de corrupción sobre la que deambula su desangelada gestión de esta legislatura. Pero se niega a combatirla porque se siente muy seguro de la eficacia de su particular fórmula para ganar elecciones que ya es su única finalidad en la vida: Migajas para los inofensivos ignorantes y suculentos botines para los tiburones influyentes. No le importa que los corruptos hagan negocio a su alrededor, y a su costa, si permanecen callados y lo apoyan. Cuenta con dinero y capacidad de coacción suficiente para ocultar la podredumbre ante la opinión pública. Sabe que la verdad nunca llegará a la inmensa mayoría de la sociedad que, ajena al devenir de los asuntos públicos, se conforma con los destellos de falso oropel. Lo único importante es que la figura del Presidente quede indemne en cualquier caso y circunstancia. Todo lo demás es perfectamente prescindible. Probablemente así siga ganando todas las elecciones a las que se presente y quede como paradigma de bonhomía entre la población más desinformada (mayoritaria). Pero la tolerancia activa es también una forma intrínseca de corrupción de idéntica gravedad que no pasa inadvertida para todos. Para los sectores más dinámicos y concienciados de la sociedad, Juan Vivas, ha dilapidado miserablemente todo su crédito. Ha dejado caer el listón de su autoestima personal muy por debajo de las aspiraciones primigenias. Un político honrado que se precie como tal se autoimpone la obligación moral de perseguir y erradicar la corrupción cuando tenga conocimiento de su existencia. Con determinación y sin dilación. La teoría de exigir pruebas documentales antes de actuar, instaurada por quienes tienen vocación de cómplices, resulta muy apropiada en el ámbito judicial, pero es una mera coartada de indulgencia en el político. Porque los corruptos no son idiotas y nunca dejan huellas. Inhibirse hasta que existan pruebas concluyentes equivale a otorgar un salvoconducto definitivo a los sinvergüenzas. De hecho, la historia reciente demuestra palmariamente que la corrupción sólo aflora cuando se producen desavenencias en el interior de la organización delictiva, y son los propios implicados o sus allegados los que, interesadamente, provocan el estallido mediático. Así ha ocurrido en el último y descomunal escándalo que ha sacudido nuestra Ciudad. Desde hace mucho tiempo era de general conocimiento que el Vicepresidente de la Ciudad estaba utilizando su cargo para enchufar a quien le venía en gana. Las denuncias de todo tipo han proliferado sin cesar. A pesar de ello, el Presidente hacía oídos sordos y apoyaba incondicionalmente a quien él mismo llegó a calificar como su "alter ego". Hasta que llegó la grabación (cuya existencia conocen todos los ciudadanos españoles, excepto los diez miembros del Gobierno de la Ciudad, empeñados en hacer el ridículo constantemente). Si traficar con empleo público es, en sí mismo, una conducta indecente, hacerlo a cambio de favores sexuales, es decir, abusar del estado de necesidad de una persona hasta el extremo de arrebatarle su dignidad, es de una repugnancia insuperable. Toda sanción se queda pequeña ante la magnitud de la aberración. Sin paliativos. Pero como sucede siempre, tras esta acción no hay ningún ánimo constructivo de saneamiento de la vida pública. Ha sido un golpe maestro ejecutado con frialdad y milimétrica precisión por la banda rival, de su propio partido, en la que algunos (o muchos) incluyen al mismísimo Presidente. Esta es la clave para interpretar correctamente los hechos. El triunfo de una facción sobre otra es irrelevante desde la perspectiva de los intereses generales. No es más que una reorganización interna del ejército de la voracidad insaciable. La convulsión, no obstante, podría surtir un efecto positivo. El Presidente está ante una inmejorable oportunidad, acaso la última, de dar un giro radical a esta situación; reconociendo el terrible error de su planteamiento, depurando a fondo su entorno actual y volviendo a sus orígenes. Pero no hay mucha esperanza. Es un camino muy duro y áspero; y el presidente carece del espíritu, el coraje y el entusiasmo necesarios para acometer empresas difíciles. Es infinitamente más cómodo seguir chapoteando en la ciénaga oyendo aplausos y contando votos. Todo indica que no habrá cambios sustanciales. Sólo una alternancia de pilotaje en la sala de máquinas que dirige los fabulosos negocios que genera la corrupción municipal. La cabeza del perdedor será exhibida públicamente en un falso alarde de honradez. El que otrora, soberbio y poderoso, se prodigaba amenazante, es tratado como un apestado por sus propios correligionarios (fue elegido presidente del PP con el noventa y ocho por ciento de los votos), y pronto será pasto de la indiferencia, pasando a engrosar el extenso anecdotario de la política local. Mientras tanto, sus acérrimos partidarios se apresuran a borrar el pasado y se afanan por encontrar un hueco al sol en el nuevo orden, vituperando con furor a quien, hasta hace bien poco, elogiaban y ensalzaban fingiendo que no sabían nada de lo que estaba ocurriendo.
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