Juan Luis Aróstegui Ruiz es Licenciado en Económicas. Director del IES Puertas del Campo, Secretario General de la Unión Provincial de Comisiones Obreras en Ceuta (CCOO) y Fundador del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) del que actualmente es Coordinador de Política Municipal. Fue concejal y diputado de la Asamblea de la Ciudad de Ceuta entre 1.987 y 1.999, ostentando el cargo de Concejal de Economía y Hacienda entre Octubre de 1.988 y Mayo de 1991 en el Gobierno de PSOE-PSPC-CDS.
Columnista semanal de "El Faro de Ceuta" desde el año 2.001, con una sección titulada "El Dardo de los Jueves", donde da su visión sobre temas políticos y socialres, de actualidad o con repercusión en nuestra Ciudad. En el año 2.002 publicó un libro "Ceuta, a corazón abierto", en el cual se mostraba una selección de esos escritos publicados cada Jueves. |
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El Dardo de los Jueves
Ceuta, 30 de julio de 2009
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Imperfecciones democráticas
Juan Luis Aróstegui
El sistema democrático que rige nuestro país presenta evidentes y preocupantes síntomas de degeneración. A pesar de que conserva formalmente intactos sus elementos básicos, el desarrollo de la actividad política se desliza hacia un modelo perverso en el que el protagonismo efectivo de los ciudadanos es prácticamente inexistente. Resulta muy complicado diagnosticar con exactitud este proceso porque son múltiples vectores de diversa índole e intensidad los que influyen. Pero lo cierto es que, entre la hegemonía de la cultura del éxito, el imparable poder de la imagen y el triunfo de la concepción mercantilista de la sociedad, han aniquilado el funcionamiento de los partidos como vehículos de participación política. Se han convertido en simples aparatos de poder, incapaces de generar y difundir ideas, y cuyo único objetivo es ganar elecciones sin ningún límite ético. Las personas más valiosas se alejan paulatinamente de la política. Porque ven en los partidos máquinas de triturar, manipuladas por individuos mediocres cuya única vocación es procurarse una relevancia social que jamás conseguirían por sus propios méritos. Ya no se hace política en los partidos. Sólo compiten. Su función ha derivado en un permanente ejercicio de mercadotecnia. Trabajan como una empresa más, cuya finalidad es captar votos en lugar de clientes. No importa renunciar a principios. No importa mentir. No importa traicionar ideales. Todo es secundario excepto el voto. La consecuencia directa e inmediata de este fenómeno, es que la ciudadanía empieza a percibir a política como una especie de espectáculo, mezcla de competición deportiva y ecos de sociedad, radicalmente alejada de su razón de ser primigenia. La primacía del resultado electoral por encima de cualquier otra circunstancia, y la prevalencia de los atributos personales de los políticos sobre las ideas que representan, constituyen imperfecciones del sistema que lo invalidan. Una anécdota referida por quien fuera secretario general de un partido de ámbito estatal en nuestra Ciudad, explica con rotunda nitidez esta patología. Se celebraba una reunión de un órgano de dirección nacional, y en un receso, preguntó a un líder autonómico que había ganado cuatro elecciones por mayoría absoluta: "Oye, ¿tú que haces para ganar las elecciones?". La respuesta es demoledora: "Muy sencillo. No me pierdo un entierro". El vínculo sentimental que se genera por el acompañamiento en momentos de fuerte carga emocional para los afectados, es muy superior a la hipotética concomitancia con sus propuestas a la hora de pedir el voto. Lamentablemente, la inmensa mayoría de la sociedad valora más las características personales de los políticos que sus ideas. La controversia se centra, no en el modo en que gestionan los asuntos públicos, sino en si son simpáticos o antipáticos, alegres o tristes, sosos o graciosos. Inapelable victoria de la forma sobre el fondo. En estos días hemos podido constatar en nuestra ciudad la fuerza con la que está vigente este planteamiento. El Concejal de Hacienda, despilfarrando irresponsablemente, ha llevado al ayuntamiento al borde de la suspensión de pagos, por lo que ha incrementado el endeudamiento hasta situarlo en más de treinta y cinco mil millones de pesetas; ha subido los impuestos que gravan artículos de primera necesidad (agua y gasolina) perjudicando a las familias más modestas; ha adjudicado promociones de viviendas públicas a empresas insolventes que han estafado a decenas de jóvenes; ha hecho desaparecer más de cuarenta pisos de una promoción financiada por el ministerio de la vivienda; ha contratado trabajadores prescindiendo de los procedimientos legales.... Todo esto ha pasado inadvertido para la opinión pública. Sin embargo, una intervención suya en un programa de televisión, efectuada al margen de su condición de cargo público, ha suscitado un enorme revuelo popular. Penoso. La ciudadanía (también la ceutí) tiene la insoslayable obligación de discernir con claridad entre los ámbitos público y privado. Sobre todo lo relacionado con la gestión política, le asiste el irrenunciable (y sano) derecho a ejercer la crítica tan dura y feroz como estime conveniente cada cual. Pero resulta desde todo punto de vista inmoral y reprobable agredir el espacio íntimo de cualquier persona. Todos los individuos, sin excepción, tienen derecho a ser escrupulosamente respetados (no sólo teóricamente), en el modo en que conciben su proyecto de vida personal. Esta una seña de identidad insustituible que distingue, por sí misma, a las sociedades modernas y democráticas respecto a las comunidades retrógradas, incapaces de entender el sentido de la libertad. Sólo los hipócritas farisaicos, víctimas confusas de sus vergonzantes complejos, se pueden entretener enjuiciando la conducta privada de los demás.
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