Juan Luis Aróstegui Ruiz es Licenciado en Económicas. Director del IES Puertas del Campo, Secretario General de la Unión Provincial de Comisiones Obreras en Ceuta (CCOO) y Fundador del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) del que actualmente es Coordinador de Política Municipal. Fue concejal y diputado de la Asamblea de la Ciudad de Ceuta entre 1.987 y 1.999, ostentando el cargo de Concejal de Economía y Hacienda entre Octubre de 1.988 y Mayo de 1991 en el Gobierno de PSOE-PSPC-CDS.
Columnista semanal de "El Faro de Ceuta" desde el año 2.001, con una sección titulada "El Dardo de los Jueves", donde da su visión sobre temas políticos y socialres, de actualidad o con repercusión en nuestra Ciudad. En el año 2.002 publicó un libro "Ceuta, a corazón abierto", en el cual se mostraba una selección de esos escritos publicados cada Jueves. |
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El Dardo de los Jueves
Ceuta, 14 de mayo de 2009
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Tranquilidad malsana
Juan Luis Aróstegui
Todos los hechos delictivos violentos que se producen en nuestra Ciudad tienen como característica común su condición de aislados. Así los califican con rotundidad y suficiencia las autoridades locales entre cuyas competencias figura su análisis, diagnóstico y tratamiento. Es una suerte. Porque esta circunstancia exime a los políticos de cualquier tipo de responsabilidad y les proporciona sosiego y serenidad de espíritu. El mensaje que debe llegar nítido a la opinión es que ellos no yerran. La perfección se ha transubstanciado en los cargos públicos que nos gobiernan. Tranquilidad. En un periodo muy breve, a penas diez días, se han concentrado una serie de estos hechos aislados, que han infundido una razonable inquietud en los ciudadanos imperfectos que no gozan de esa cualidad tan útil que permite a los Gobiernos reducir los actos violentos a meras anécdotas irrelevantes. Un centenar de jóvenes han apedreado (y herido) a la policía, se ha producido un tiroteo en las calles, han aparecido varios vehículos ardiendo, han atracado a punta de navaja a un taxista y le han quemado el coche a un profesor. Por un momento los titulares de los periódicos nos trasladaban a indeseados tiempos pretéritos. Rápida y diligentemente nos han tranquilizado. En la arcadia feliz gobernada magistralmente por el providencial conciliábulo que forman "Vivas, Chacón y asociados", nunca pasa nada. Quienes se aparten de este dogma oficial se convierten en catastrofistas de mal agüero merecedores de ostracismo y repudio eterno. Esta es una consecuencia de una patología reciente que afecta a los propios cimientos del sistema democrático. Los partidos que se alternan en el poder coinciden en la conveniencia de narcotizar al cuerpo electoral. Los ciudadanos no deben pensar ni opinar. Se les reserva el papel de súbditos que transitan por el mundo sin más aspiración que la tranquilidad, constituida en un singular tótem de esta nueva religión de la opulencia y la insolidaridad acuñada por la civilización moderna. Por ello, ante cualquier adversidad, por dura que sea, lo prioritario es llamar a la tranquilidad. Voto seguro. El problema surge cuando se exceden en la dosis, se pervierte la realidad hasta el extremo de hacerla irreconocible, y terminan incurriendo en el insulto a la intelectualidad de los ciudadanos. Así está ocurriendo en nuestra Ciudad. Un Gobierno responsable estaría preocupado. Explicaría públicamente lo que está sucediendo pedagógicamente y argumentos. Y actuaría con determinación y prontitud. Estos brotes de violencia social no son fortuitos. Obedecen a un descontento larvado y creciente entre sectores muy considerables de la sociedad que es preciso comprender y atajar. Urgentemente. Las manifestaciones de esta justificada insatisfacción son todavía muy tenues; pero eso no deber servir de excusa para la inhibición. Porque la evolución de los procesos sociales es impredecible tanto en dirección como en intensidad. Quizá para luego sea demasiado tarde. Y nos tengamos que arrepentir. Se ha advertido hasta la saciedad del riesgo de fractura social que estamos asumiendo consintiendo un modelo de Ciudad dual, en la que comparten espacio un sector sumamente acomodado con otro sumido en la más absoluta precariedad. La economía sumergida entendida en sentido amplio (incluyendo las actividades delictivas), y las ventajas derivadas de la multiplicación de la renta que supone cobrar en Ceuta y gastar en Marruecos, están sirviendo como sostén vital del segmento de población más débil, que además aún no se muestra especialmente reivindicativo al aceptar su estatus actual como ventajoso en términos comparativos. Pero esta fórmula de frágil equilibrio inestable lleva implícita su propia caducidad. El PP debería empezar a reconocer que Ceuta no está tan bonita como ellos predican. Antes de que prenda la mecha.
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