Juan Luis Aróstegui Ruiz es Licenciado en Económicas. Director del IES Puertas del Campo, Secretario General de la Unión Provincial de Comisiones Obreras en Ceuta (CCOO) y Fundador del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) del que actualmente es Coordinador de Política Municipal. Fue concejal y diputado de la Asamblea de la Ciudad de Ceuta entre 1.987 y 1.999, ostentando el cargo de Concejal de Economía y Hacienda entre Octubre de 1.988 y Mayo de 1991 en el Gobierno de PSOE-PSPC-CDS.

Columnista semanal de "El Faro de Ceuta" desde el año 2.001, con una sección titulada "El Dardo de los Jueves", donde da su visión sobre temas políticos y socialres, de actualidad o con repercusión en nuestra Ciudad. En el año 2.002 publicó un libro "Ceuta, a corazón abierto", en el cual se mostraba una selección de esos escritos publicados cada Jueves.







El Dardo de los Jueves
Ceuta, 23 de abril de 2009
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Fantasías animadas
Juan Luis Aróstegui
 

El optimismo exacerbado es una cualidad inherente al ejercicio del Gobierno. Quien asume la dirección política de una comunidad se siente en la irresistible obligación de transmitir una visión idílica de la realidad. Técnica básica de psicología de masas al uso para reivindicarse a sí mismo como líder imprescindible. Es fácil comprobar cómo el entorno de cualquier gobierno actúa a modo de filtro mediático que refracta la verdad hasta irradiar satisfacción por todos los poros. Todos los políticos sucumben a la tentación de identificar el espacio que gobiernan con una suerte de paraíso terrenal. Un ejemplo muy reciente describe esta patología con asaz claridad. El PP, el pasado domingo, emitía una nota de prensa en términos radicalmente catastrofistas (así es como a ellos suelen denominar las críticas), de la que se deducía que España, por el hecho de haber alcanzado el doce por ciento de desempleo, se encuentra al borde del abismo de la historia, conducida por el "peor gobierno de la democracia". Sin embargo, Ceuta, que supera con creces el treinta por ciento de paro (triplicando la media nacional), es una ciudad magistralmente dirigida, envidia de propios y extraños, muy próxima al edén. Mentiras subjetivas en estado puro.

Esta forma de proceder, muy extendida, ha terminado por consolidarse porque la ciudadanía ha ido interiorizando que la mentira es consustancial con la política. El escaso respeto por la verdad es uno de los más graves problemas de nuestra improvisada democracia. Los ciudadanos son conscientes de que se les miente y lo toleran dócilmente porque "esto funciona así". La autoestima colectiva ha sufrido una penosa degradación.

No obstante, y a pesar de la indudable generalización de estos métodos, como en todo, existen grados. El problema se agudiza cuando se extrema tanto la exageración que se incurre en un absoluto divorcio con los hechos, desembocando abiertamente en los dominios de la fantasía. Este es el caso del Gobierno de nuestra Ciudad. La última víctima, el turismo.

Hace muy pocas fechas, y coincidiendo con la visita de un alto cargo del ministerio correspondiente, el Gobierno local nos obsequiaba con un impresionante despliegue de medios para loar su política turística. Cualquier espectador imparcial que se dejara llevar exclusivamente por el discurso oficial, quedaría extasiado ante el poderío del sector. Un coloso del mercado sin nada que envidiar a los destinos turísticos clásicos de España y el mundo, recelosos ante el empuje de Ceuta. Insultante ficción.

La Semana Santa, periodo caracterizado por una intensa actividad turística, nos sitúa ante la verdad desnuda. Ni un alma. A Ceuta no viene nadie.

Durante mucho tiempo, acaso demasiado, ha sido unánime la convicción de que Ceuta tenía serias posibilidades de abrirse camino en la industria turística. Apoyados en cambiantes argumentos de diversa índole, se han invertido cuantiosos recursos económicos  e ingentes esfuerzos humanos en alcanzar ese objetivo. Todo ha resultado baldío. Tras veinte años planificando, dinamizando, conviniendo y participando en infinidad de ferias y eventos; no hemos conseguido arrancar. Es probable que hayamos vivido en un (auto)engaño, y que Ceuta no reúna las condiciones precisas para ser enclave turístico en un mercado tan competitivo. O que hayamos equivocado la estrategia aplicada. En cualquier caso, lo que si parece evidente apelando a un elemental sentido de la responsabilidad, es que es necesario y urgente revisar a fondo esta idea. Con rigor y objetividad. Desapasionadamente. Porque lo que carece de sentido es seguir invirtiendo en una quimera, despilfarrando fondos públicos susceptibles de un uso alternativo.  No sería malo una incursión (aunque fuera breve) por el mundo real. Pero esto es mucho pedir a un Gobierno cuyo negocio está, precisamente, en producir y difundir entre la población fantasías animadas que nos reconfortan y transportan a un maravilloso universo virtual pletórico de felicidad. Aunque sea la felicidad de los idiotas.

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