Juan Luis Aróstegui Ruiz es Licenciado en Económicas. Director del IES Puertas del Campo, Secretario General de la Unión Provincial de Comisiones Obreras en Ceuta (CCOO) y Fundador del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) del que actualmente es Coordinador de Política Municipal. Fue concejal y diputado de la Asamblea de la Ciudad de Ceuta entre 1.987 y 1.999, ostentando el cargo de Concejal de Economía y Hacienda entre Octubre de 1.988 y Mayo de 1991 en el Gobierno de PSOE-PSPC-CDS.
Columnista semanal de "El Faro de Ceuta" desde el año 2.001, con una sección titulada "El Dardo de los Jueves", donde da su visión sobre temas políticos y socialres, de actualidad o con repercusión en nuestra Ciudad. En el año 2.002 publicó un libro "Ceuta, a corazón abierto", en el cual se mostraba una selección de esos escritos publicados cada Jueves. |
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El Dardo de los Jueves
Ceuta, 16 de abril de 2009
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El epitafio
Juan Luis Aróstegui
Ceuta vive permanentemente enredada en sus propias paradojas. De entre todas ellas destaca, de manera muy especial, nuestra proverbial incapacidad para la reflexión colectiva. Una Ciudad en la que concurren múltiples fenómenos sociopolíticos extraordinariamente complejos y de tratamiento aún ignoto, debería ser una efervescente caldera de debate y contraste de ideas. Yermo. Apenas alcanzamos a entablar un paupérrimo cruce de estériles descalificaciones mutuas sin orden ni objetivos. Un ejemplo palmario es la polémica suscitada por el acuerdo de colaboración entre los dos partidos localistas que siguen activos (UDCE y PSPC). La política se desarrolla en tres dimensiones indisociables pero nítidamente diferenciadas y priorizadas: ideas, intereses y personas. Sobre intereses y personas se opina con asiduidad y vehemencia. Resulta muy sencillo (accesible para cualquier persona por imbécil que sea) y probablemente entretenido, aunque absolutamente inútil. Pero discutir sobre ideas es árido, exige un esfuerzo intelectual, puede ser tedioso e incluso provocar vértigo. Así ha sucedido en esta ocasión. El citado acuerdo ha levantado un considerable revuelo mediático. Pero se ha limitado al ámbito de los comentarios basura. Se han hecho numerosas radiografías de las personas implicadas, a las que se les ha enjuiciado severamente por todos y cada uno de sus hipotéticos atributos (a gusto del consumidor); y se han escrutado con minuciosidad toda clase conjeturas sobre los intereses (fundamentalmente electorales) que pueden haber inspirado esta decisión. Nada que merezca la pena. Sin embargo, no se ha oído una sola palabra sobre la idea que subyace en este movimiento político. Nadie en Ceuta quiere hablar sobre la política de integración. Seguimos emulando irresponsablemente al avestruz demostrando que nos importa muy poco el futuro de esta tierra. Porque la realidad se impone inexorablemente y nos acosa por mucho que pretendamos escapar. La elocuencia de un solo dato es suficiente para explicar la necesidad de aplicarnos en la tarea de consensuar con urgencia las bases de futuro. En la actualidad, en el segmento de población de cero a doce años, de cada tres ceutíes, dos son musulmanes y uno cristiano. El cambio en la correlación demográfica es imparable y acelerado. Ya no podemos perder más tiempo atrapados y confundidos por ilusorios sentimientos banales, entremezcla de nostalgia y ensoñación, que no conducen más que a la inanición y a la impotencia. La primera cuestión que es preciso abordar es la definición correcta del término integración. Sigue prendida en sectores muy amplios de nuestra sociedad una acepción arcaica que entiende la integración como una adaptación de las minorías a los usos cívicos y sociales de la comunidad mayoritaria. Según esta forma de pensar, cada individuo tiene derecho a desarrollar su vida en un ámbito privado conforme a sus convicciones, pero tiene la obligación de acatar las señas de identidad públicas dictadas por la mayoría dominante. Este es un principio ya superado, que se ha revelado inoperante y obsoleto en las vigentes coordenadas dictadas por la irreversible globalización. La integración se concibe actualmente como un proceso de construcción del espacio público articulado en torno a un conjunto de nuevos valores comunes, definidos como la síntesis de la diversidad cultural que configura el cuerpo social. Ya no se trata de que "quien llegue, aprenda", si no de que "entre todos hagamos". En este sentido Ceuta está irracionalmente esclerotizada. No avanzamos ni un paso. El pánico a la huida de los votantes más fanáticos (que son muchos), impide que los partidos se muevan un milímetro de sus posiciones retrógradas. El único vestigio de conciencia sobre este trascendental desafío, se ciñe a hueros pronunciamientos protocolarios, carentes de compromiso, y sin reflejo alguno sobre la realidad. El propósito de encontrar las claves de un auténtico camino hacia la integración choca frontalmente con la política anacrónica que preconiza el PP. Este partido ha declinado la responsabilidad de transformar el modelo de Ciudad para adaptarla a los parámetros del siglo veintiuno, sustituyéndola por una simple estrategia electoral. Se erigen como la única vía para de defender la españolidad de Ceuta y frenar la "musulmanización", envueltos en el manto de la virgen de África, parapetados tras las armas que tomaron el islote Perejil, y al paso del himno de la legión; mientras que, de manera subrepticia, se afanan en captar votos de los musulmanes mediante la indecente técnica del clientelismo, aprovechando el estado de necesidad de la porción más débil del electorado. Es un tinglado electoral muy eficaz que, mientras dure, reportará magníficos réditos a sus beneficiarios. Pero no es inocuo. Está contribuyendo a que profundice y se extienda una brecha irreparable. ¿Qué ocurrirá cuando la población musulmana sea mayoritaria, si se siguen aplicando los principios que el PP enarbola? ¿Se invertirán los términos de la jerarquía de valores dominantes conforme a la nueva mayoría? ¿Se mantendrá el estatus quo de poder por la fuerza? El PP nos está conduciendo a una contradicción irresoluble. Lo ideal sería que el PP, en el ejercicio responsable de su liderazgo político, hiciera examen de conciencia, y cambiara un discurso tan miope como frustrante. Pero esto se intuye como una quimera. Están saturados de ensimismamiento, ensoberbecidos y el exceso de votos les obstruye la capacidad de razonar en perspectiva de futuro. Con el PSOE no se puede contar para casi nada. Son unas siglas muertas, que deambulan por el escenario político como un estrafalario zombi en la absurda creencia de que algún día heredarán por inercia el botín del PP siguiendo sus mismos métodos. Un patético club de aspirantes a la nada. Ante la deserción de los llamados a ser los actores principales de este obligado cambio de mentalidad, no queda más alternativa que una acción concertada de los partidos localistas a modo de revulsivo. La UDCE es el partido que aglutina, de manera muy mayoritaria, el voto musulmán. Es una malformación del sistema de la que todos somos responsables. En política no existen espacios vacíos, siempre se llenan. Si la UDCE se ha consolidado como proyecto es porque, aunque sea duro reconocerlo, los musulmanes de Ceuta se sienten desplazados, desatendidos o discriminados por el espectro político en su conjunto. Negar la evidencia nunca ha dado buen resultado. La UDCE es un partido político inexperto, que ha cometido errores de estrategia y posicionamiento, y que está sometido a fuertes tensiones internas como consecuencia de las diferentes sensibilidades que cohabitan en su interior. Pero es innegable que ha dado muestras de moderación y sensatez en sus planteamientos, que ha sabido sortear los riesgos de radicalización con notable éxito, y que ha contribuido muy activamente a la estabilidad de la Ciudad atenuando su discurso y canalizando a través de las instituciones sus reivindicaciones. Algunas personas piensan (y dicen) que se trata de una maniobra de distracción, y que en el fondo son radicales a la espera de su oportunidad. Pero esta es una opinión sin fundamento objetivo, generada en la mente enferma de racistas prejuiciosos a los que les resulta imposible concebir cualidades positivas en quien ellos consideran un enemigo genético. Lo único cierto es que UDCE ha expresado en reiteradas ocasiones su voluntad de superar el estigma de "partido musulmán" y formar parte de un proyecto político plural al margen del factor étnico. Es una apelación muy loable, máxime teniendo en cuenta la dura resistencia que muestra un sector de su entorno a esta mutación. Nadie, hasta ahora, lo había querido escuchar. Por su parte, el PSPC es un partido que sigue teniendo una gran importancia en nuestra Ciudad, a pesar de los denodados esfuerzos de sus detractores para aniquilarlo (así llevan un cuarto de siglo), y a pesar de sus fracasos electorales. El PSPC representa una idea a la que es imposible sustraerse. Todos los ceutíes saben que los dos grandes partidos (PSOE y PP) nos han vendido. Disimularán (nos engañarán) con más o menos acierto dependiendo de cada coyuntura concreta, pero la única verdad es que estamos solos. Por eso todos los ceutíes, en el silencio de su conciencia, comulgan con el PSPC en su lucha por la dignidad de nuestro pueblo. Además de esta causa indestructible, y de una probada fidelidad a los principios éticos más apreciados por la ciudadanía; el PSPC está integrado por un grupo humano de extraordinaria valía, profundamente convencido de sus ideas, dotado de una inagotable vocación de lucha y profusamente activo en la vida pública; y está arropado por una masa de votantes nada despreciable (mil quinientas personas) caracterizada por su formación e implicación. Por eso el PSPC tiene una cuota de influencia en la política local muy superior a sus resultados electorales. Por eso es inextinguible. Y, precisamente por el mismo motivo, por su inquebrantable espíritu de servicio a esta Ciudad, ha tomado la decisión de romper el corsé impuesto por insanos complejos decadentes, y demostrar con hechos palpables, más allá de la retórica, que la integración de todos los ceutíes en un tejido social único no sólo es una opción sino que es la única opción inteligente, noble y digna. Siendo consciente del riesgo que asume. Es evidente que esta operación ha despertado recelo e incomprensión en una parte del electorado del PSPC, que la pueden interpretar en clave de traición. Confiemos en que el tiempo convenza a los escépticos de que el esfuerzo (e incluso el sacrificio si fuera menester) están plenamente justificados. Quizá sea un momento óptimo para escribir el epitafio de esa ciudad hipócrita partida en dos mitades que se respetan formalmente mientras se miran de reojo rezumando desconfianza. Para que Ceuta alumbre su nuevo horizonte debemos caminar todos juntos por la senda de la confianza recíproca, sintiéndonos fraternalmente iguales, libres de ataduras psicológicas y de corrosivos prejuicios que minan la convivencia. Derribando muros. Elevando miras. Abriendo espacios. Ensanchando la vida.
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